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ESTADOS UNIDOS

La bolañomanía se impone

Ha sido la crónica de un éxito anunciado. Desde que en 2007 se publicara Los detectives salvajes, los críticos más renombrados de Estados Unidos comenzaron a prestar atención a la obra del recordado escritor chileno. Casi dos años después, Roberto Bolaño ha sido oficialmente consagrado en las páginas de la New York Review of Books con motivo de la traducción al inglés de 2666, su novela póstuma y más ambiciosa.

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El fenómeno Bolaño se inició en España en los noventa a partir del descubrimiento de Los detectives salvajes (1998) por parte de lectores que se convirtieron en fans o, incluso, groupies de este rebelde con múltiples causas: el desarraigo desde su juventud, el nomadismo como modo de vida, el repudio a los esquemas literarios establecidos, la pasión por la poesía.
 
Aunque sus primeros años transcurrieron en Chile, siendo adolescente Bolaño se traslada con sus padres a Ciudad México, y eso lo marcaría para siempre: fue su inicio como poeta salvaje y descarriado, infrarrealista y apegado a lo visceral, de la mano de otro provocador, el poeta mexicano Mario Santiago, con quien recorrió todos los bares del DF y lanzó manifiestos que reivindicaban el surrealismo y se burlaban de los escritores oficiales y oficiosos, como Octavio Paz. Sus aventuras junto a Santiago fueron el germen de su primera gran novela.
 
La crítica estadounidense no tardó en comprender que Bolaño era, probablemente, la figura principal de un relevo generacional que dejaba atrás al célebre grupo del Boom y el realismo mágico latinoamericano, con Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez a la cabeza. De hecho, muy pronto supieron que para este autor, cuya vida se truncó trágicamente en 2003, un outsider como Jorge Luis Borges era el modelo a seguir.
 
Bolaño, muy en su papel de enfant terrible de la narrativa contemporánea, siempre renegó del estilo garciamarquiano, con sucedáneos como las populares sagas de Isabel Allende. El pasado 12 de noviembre Jonathan Lethem escribía en la revista literaria del NYT que Roberto Bolaño representaba la réplica a García Márquez, Vargas Llosa y Carlos Fuentes como David Foster Wallace a Norman Mailer, John Updike y Philip Roth. Cosas del destino. Foster Wallace, quien no tenía más de cuarenta años, apenas hace un mes se suicidó, dejando atrás una obra de dimensiones monumentales y una legión de admiradores dispuestos a descifrar las claves de su "mega y meta literatura", algo que, según Lethem, también definía la escritura de su homólogo chileno.
 
Roberto Bolaño.La lista de los diez mejores libros de 2008 que acaba de publicar el NYT incluye 2666, la desbordante novela que ha quedado como el testamento último de Roberto Bolaño. El fruto de un descomunal esfuerzo en los últimos diez años de su vida, cuando, consciente de que la muerte lo acechaba, escribió como un poseso con el objetivo de dejar con cierta holgura económica a su compañera sentimental y sus dos hijos. Quizás porque tenía la fuerza de quien se sabe herido mortalmente, durante esa década se asentó, renunciando a su pasado con alma de Beat, sus excesos con el alcohol y las drogas, sus intensos romances, incluso su primer y más grande amor, la poesía en estado puro y salvaje, como los detectives que un día fueran él y su amigo Tomás Santiago, cuyos alter egos literarios son Arturo Belano y Ulises Lima.
 
Una cosa es que el NYT, oráculo de la intelligentsia estadounidense, o el New Yorker, exquisita revista para esnobs irredentos, coloquen en un altar a un autor de culto (más aún, un escritor de escritores). Lo que resulta extraordinario es que la mismísima Oprah Winfrey, reina indiscutible del prime time de la televisión y gurú de las amas de casa, haya recomendado la obra de Bolaño como lectura imprescindible. Cuando Oprah alaba un libro, las posibilidades de que éste se convierta en un bestseller se multiplican por mil. En las revistas dirigidas al público femenino también han aparecido reseñas muy favorables, y semanarios como Time y Newsweek se han hecho eco de esta bolañomanía.
 
Roberto Bolaño vivió a pulso su vocación de escritor errante, desapegado de los bienes materiales para poder dedicarse en cuerpo y alma al fuego de la literatura. Apuró la vida como quien se traga un vaso de tequila, y luego otro y otro más. Bolaño supo rodearse de una coterie de discípulos que lo erigieron como la respuesta al establishment del panorama literario en lengua castellana. Muertos James Dean y los díscolos muchachos de la Generación Beat, fue proclamado el más salvaje de los poetas vivos, porque hasta Tomás Santiago había fallecido, precisamente el mismo año en que Anagrama publicó Los detectives salvajes.
 
En una ocasión tuve la oportunidad de ver a Roberto Bolaño. Debió de ser a finales de los noventa. Una fundación médica lo había invitado a dar una conferencia en Madrid sobre literatura y enfermedad y para entonces tenía la experiencia de entrar y salir de los hospitales, aquejado de una cirrosis hepática. Su voz y sus palabras eran las de un hombre melancólico que se enfrentaba a su destino con una dosis de lúcido desánimo. Habló de Rimbaud, del Norte de África, de la gente que había conocido en sus incursiones hospitalarias. Su tono era como un río entre susurrante y caudaloso, como el propio ritmo de su prosa y sus historias llenas de meandros. Me impactó comprobar que su rostro, afilado y pálido, revelaba la impronta de lo que había sido su periplo vital: una vida de novela.
 
En la actualidad, Roberto Bolaño es un escritor consagrado en dos idiomas, santificado por la crítica internacional y con pasaporte a la gloria literaria. De estar vivo hoy, me pregunto cómo habría reaccionado frente a su propio triunfo alguien a quien le gustaba reírse de los Nobel de Literatura y en su juventud más traviesa rompía los actos del entonces deificado Octavio Paz. Si en vísperas de 2009 y con casi sesenta años Bolaño siguiera escribiendo profusamente instalado en la costa catalana, me pregunto si Oprah lo hubiese incluido en su club de libros. ¿O será que era necesario agonizar en la habitación de un hospital, a la espera de un hígado sano que nunca llegó, para que el poeta acariciara la popularidad de la que siempre receló? Así son las historias de los poetas viscerales y salvajes: impredecibles y misteriosas.
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