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HISTORIA

La construcción del Estado liberal

El cuestionamiento de la legitimidad del Estado está en el trasfondo de la violencia política que hoy se padece. El acoso de las opciones políticas radicales, tanto de la izquierda como del nacionalismo, pone a debate el proceso y el modo de construcción del Estado contemporáneo en España. Es importante tenerlo presente, porque ese Estado nació en un siglo, el XIX, marcado por la lucha entre la libertad y la reacción. Y aquella disparidad se tradujo en guerras civiles, golpes de estado, revoluciones y derrocamientos o cambios de dinastías.

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El proceso político español estuvo inmerso en el cambio europeo, con problemas similares y soluciones parecidas. Armonizar el orden y la libertad, asegurando los derechos individuales y el gobierno representativo y preservando la cohesión social y la prosperidad, fue un reto al que se enfrentó la mayoría de los políticos europeos en la tarea de modernizar el Estado.
 
Antonio Martínez Mansilla ha escrito un magnífico libro sobre esta cuestión. Premio Ateneo Jovellanos de Investigación Histórica 2006, la obra recupera el pensamiento y los proyectos de Lorenzo Arrazola (1795-1872), uno de esos políticos que desempeñaron un papel fundamental en la configuración del Estado liberal. Conservador, católico, fiel a los Borbones, leal al general Narváez, receloso de la revolución tanto como de la reacción, este miembro del Partido Moderado fue uno de los políticos mejor preparados del reinado de Isabel II.
 
Presidente del Gobierno en 1864, ministro de Gracia y Justicia en seis ocasiones y de Estado –hoy Exteriores– en dos, senador vitalicio, presidente del Tribunal Supremo de Justicia, catedrático de Instituciones Filosóficas y rector de la Universidad de Valladolid, Arrazola fue un político de talla cuya actuación, así como la de un Joaquín Francisco Pacheco, un Ríos Rosas o un Bravo Murillo, estuvo encaminada, con mayor o menor acierto, a modernizar el Estado.
 
Esos ministros burócratas (la expresión es de Alejandro Nieto) vivieron no menos de cuatro revoluciones, otras tantas constituciones, dos guerras civiles y el derrocamiento de los Borbones. Contemplaron el ascenso imparable de las ideas democráticas y los albores de variopintos socialismos. Vivieron en una sociedad española muy plural, anclada en el romanticismo tradicionalista –en lugares como Cataluña y las provincias vascas– o en el realismo y el sentido revolucionario –en los centros urbanos–. Por esto buscaron una fórmula política que facilitara la integración y, por ende, la estabilidad del régimen liberal.
 
Ubicados entre el radicalismo revolucionario y el carlismo retrógrado, los moderados como Arrazola buscaron la integración de ambos. Con tal sentido utilizaba éste la expresión "liberalismo expansivo", que se traducía en la adopción de una política pragmática, posibilista, dentro de los límites intocables del gobierno representativo y constitucional.
 
Era la búsqueda del centro político. Se trataba, en palabras de Carlos Seco Serrano, de una "línea integradora" homologable al conservadurismo europeo. La fuente más importante para los españoles conservadores fue el doctrinarismo francés, que concebía la norma constitucional como un eje político capaz de ser reconocido por todos los partidos (o cuando menos por los más representativos), una fórmula intermedia entre los radicalismos políticos. Este pensamiento tuvo en España un eco determinante, como señaló Díez del Corral, e incluso, en opinión de Ortega y Gasset, un mayor y mejor desarrollo, en especial en su forma canovista.
 
La labor de aquellos hombres, liberal-conservadores en su mayoría, fue lo que Martínez Mansilla llama el "Estado liberalcatólico". La búsqueda de esa fórmula común pasaba por la centralización administrativa, único instrumento capaz de liberalizar por igual todo el país, coordinar la modernización interna y enfrentarse al mercado internacional. A esto era preciso añadir la unificación de códigos, y aquí el papel de Arrazola se antoja decisivo, pues fue el promotor del Código Penal de 1850. Martínez Mansilla señala, además, la labor desempañada por su biografiado en la integración de la España carlista. Y es esto, quizá, lo más relevante del personaje. Su liberalismo expansivo pretendía, sobre la base de la victoria de la libertad sobre la reacción, la adopción de fórmulas aceptables para esos españoles que perdieron la guerra civil.
 
Lorenzo Arrazola, apunta Martínez Mansilla, se empeñó, por un lado, en la inserción del carlismo político en la vida parlamentaria isabelina y, por otro, en llegar a acuerdos con la Iglesia que pusieran fin al viejo choque entre liberalismo y catolicismo. El éxito más sonado fue el Concordato de 1851, que normalizó las relaciones entre la Santa Sede y la España de Isabel II.
 
Donde no tuvo tan buen resultado Arrazola, ni otros liberal-conservadores, fue en la integración de los progresistas. Su Gobierno de 1864, destinado a ordenar el sistema de partidos, fue un completo fracaso, lo que acabaría llevando –aunque hubo otras causas– al derrocamiento de los Borbones en 1868.
 
En esos últimos cuatro años Arrazola perdió todo el amor a la libertad que había demostrado en su juventud, e hizo política junto al Narváez dictador. La dictadura fue la peor solución contra el peligro revolucionario, al que alimentaba y justificaba, pues en el mejor de los casos aumentó los deseos de cambio profundo en la sociedad española. Arrazola acabó reconociendo esto y apoyó la restauración canovista, que tenía un perfil civil y pacífico.
 
Todo esto se encuentra en el estudio de Martínez Mansilla. Un buen libro para conocer con todo lujo de detalles el esfuerzo de los grandes burócratas del XIX, liberales y conservadores en su mayoría, por construir un Estado moderno y próspero.
 
 
ANTONIO MARTÍNEZ MANSILLA: LORENZO ARRAZOLA O EL ESTADO LIBERALCATÓLICO. Ateneo Jovellanos (Gijón), 2007, 507 páginas.
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