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UNA VISIÓN CRÍTICA SOBRE LA REPÚBLICA Y LA GUERRA CIVIL

Las elecciones del 12 de abril

Los artículos anteriores nos permiten ver hasta qué punto suelen ser romas y convencionales las apreciaciones más corrientes sobre actitudes como la de Azaña, o sobre la conspiración republicana de 1930. Ni Azaña se proponía una democracia liberal, en el verdadero sentido de la expresión, ni a los conspiradores se les ocurrió prepararse para las próximas urnas, sino organizar un clásico pronunciamiento militar, en una tradición izquierdista bien asentada. Tenerlo en cuenta es indispensable para entender la evolución del nuevo régimen.

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Ya mencionamos cómo el golpe militar fracasó, en diciembre, y cómo los monárquicos demostraron su ausencia de liderazgo y tendencia al suicidio. Según Beevor, "el general Emilio Mola, que era el director general de Seguridad, detuvo a todos los miembros del comité que consiguió encontrar"; en realidad, lo explica mucho más autorizadamente Miguel Maura, principal conspirador del momento, Mola sólo detuvo a quienes se dejaron detener, y algunos hasta tuvieron que hacerse prender, presentándose en comisaría. Prueba de hasta qué punto conocían la ausencia de peligro, pese a la ejecución, en aplicación de la ley pero políticamente precipitada, de dos insurrectos, a quienes los republicanos convirtieron en mártires: dos militares golpistas, detalle significativo y poco anotado en muchas historias. También debe observarse que los políticos golpistas serían admitidos sin obstáculo en las previstas elecciones, como si nada hubiera pasado.
 
Continúa Beevor: "Pero la rueda de la conspiración seguía girando (…) La toma de posición de los intelectuales y las manifestaciones estudiantiles fueron cruciales en los días que siguieron. El 14 de febrero de 1931, el rey, acorralado por la presión prerrepublicana, sustituyó a Berenguer por el almirante Juan Bautista Aznar, con órdenes de que convocara elecciones municipales". Un historiador serio no debe permitirse decir "los" intelectuales, o "los" obreros, "los" catalanes, etcétera, un desliz muy frecuente y peligroso, porque introduce una falsificación de base en el análisis historiográfico. No "los" intelectuales, sino una parte de ellos, aunque destacada. Y cualquier régimen de mediana solidez resistiría los alborotos estudiantiles. El problema estaba en los monárquicos mismos; lo expone Cambó: "El movimiento revolucionario [es decir, republicano] no contaba, en el fondo, con otra fuerza que la que le daba el descorazonamiento, el cansancio, de los que tenían el deber de hacerle frente".
 
Los cambios mencionados por Beevor no vinieron de la presión prorrepublicana, en realidad poco efectiva, sino de la claudicación monárquica, inducida en especial por el conde de Romanones. Éste forzó la salida de Berenguer para poner en su puesto a un almirante políticamente más inepto, si cabe; y, en clásica y atemorizada maniobra caciquil, convocó elecciones municipales antes de la generales, por parecerle las primeras menos peligrosas. Si alguien encarnaba el antiestadista, el politicastro marrullero e irresponsable que tanto había contribuido a hundir la Restauración, era Romanones, e iba a dar cumplida muestra de sus talentos.
 
Merece la pena detenerse en las palabras con que termina Cambó su anterior reflexión:
 
"Yo, que nunca había sido monárquico de sentimiento, creía, después de lo que había visto en Barcelona el año 1919, que España había entrado en un período en que ya no eran posibles las revoluciones políticas sin que fueran inmediatamente devoradas por una terrible revolución social. Por eso el advenimiento de la República me causaba verdadero terror".
 
Precisamente Cambó había jugado, tan hábil como irresponsablemente, a la "revolución política", empujando el sistema liberal al borde del abismo; pero al menos había llegado a comprender el peligro de tales aventuras.
 
Asegura osadamente Beevor: "Para entonces se había apoderado ya de todo el país un sentimiento que veía en la República, confundida con la democracia, el único camino de salvación de España". ¿Salvación de qué? Y ¿ "todo" el país? Nuevamente, la distorsión de base.
 
Que distaba mucho de ser así lo iban a probar, precisamente, las elecciones municipales del 12 de abril. Beevor se conforma con anotar: "La conjunción republicano-socialista había ganado en casi todas las capitales de provincia de España". Bennassar, más ajustado a la realidad, escribe: "Un nacimiento ilegítimo… pero reconocido", aunque, un tanto vagamente, añade: "¿Dio el escrutinio del 12 de abril la mayoría a los republicanos? En las ciudades, sin duda: 41 capitales de provincia de 50 apoyaron sus listas. Los demás municipios, cuyos resultados se fueron conociendo poco a poco, dieron por el contrario una ligera mayoría a los candidatos monárquicos". En cuanto a la pintoresca historia editada semanalmente por El Mundo con pretensiones de superar todo lo escrito hasta ahora, y sobre cuya peculiar metodología ya he dicho algo, informa: "Las candidaturas monárquicas obtienen, en el conjunto de la nación, más votos que los republicano socialistas, aunque menos concejales. Frente a los 19.035 concejales que obtienen los monárquicos, los republicanos logran 34.368 y los socialistas 4.813". ¡Y esto con menos votos…!
 
En fin, veamos a Ricardo de la Cierva, incomparablemente más fiable, pese los intentos de "erradicarle" de la universidad por parte de sus inferiores: "La prensa del 14 de abril publicó un primer avance de resultados [que] arrojaba 22.150 concejales monárquicos y 5.775 republicanos, lo que significaba una abrumadora mayoría de concejales monárquicos. Sin embargo estas cifras sólo equivalen a un poco más de la cuarta parte de los concejales elegibles. ¿Qué sucedió con los demás? La república nunca lo comunicó oficialmente; y una elección en la que no se comunican los resultados no es, evidentemente, democrática". Ni Bennassar ni Beevor, ni ningún historiador de izquierdas que recuerde ahora, señalan este punto crucial, buen indicio del rigor dominante en esa historiografía. Desde hace años, parece que cuanto más se escribe sobre la República y la guerra, menos se sabe de ambas. Señalemos de paso que la ocultación oficial de los resultados se produciría nuevamente en las elecciones del Frente Popular, en 1936, una vez alcanzado el poder por las izquierdas.
 
Pese a tales resultados, aquellas elecciones decidieron el advenimiento de la República, basándose en los votos de las capitales de provincia, tan sólo una fracción del total. Diversos autores han justificado el hecho pretendiendo que sólo los votos de las grandes ciudades tenían valor, porque en el resto dominaba el caciquismo. Especulación interesada, pues si tal hubiera sido el caso, ¿por qué se habrían presentado los republicanos? Además, el caciquismo se había hundido con Primo de Rivera, y tanto Miguel Maura como otros políticos izquierdistas reconocieron la "sinceridad", o sea, la corrección de las votaciones. La argucia recuerda a Lenin, cuando intentaba rebatir las críticas de Rosa Luxemburgo alegando que los votos realmente válidos eran los de Petrogrado y Moscú.
 
Por estas razones se ha hablado muchas veces de fraude, acusándose a la República de llegar mediante un golpe de Estado. A eso alude Bennassar acertadamente. Fraude hubo, sin duda, habiendo acreditado ya los republicanos su talante golpista. Pero ni el fraude ni el golpismo pueden achacárseles en esta ocasión: fueron los monárquicos los que actuaron fraudulentamente y contra su propio régimen. Antes de conocer siquiera un avance de las votaciones globales, Aznar, Berenguer y, sobre todo, Romanones dieron por liquidada la Monarquía y maniobraron para facilitar la toma del poder por sus adversarios y la retirada del rey.
 
Largo Caballero.De hecho, los republicanos no se percataron al principio de sus posibilidades. Maura y los socialistas Largo Caballero y Fernando de los Ríos salieron contentos de la Casa del Pueblo, en la madrugada del 12 al 13. De los Ríos comentó que el relativo triunfo conseguido en las grandes ciudades les daba esperanzas para las elecciones generales, previstas para octubre, "y entonces el éxito, si es como el de hoy, puede traernos la República". Maura miró a Largo, y "con asombro vi que asentía (…) Recuerdo la vehemencia con que les hice ver el error en que estaban, anunciándoles que antes de cuarenta y ocho horas estaríamos gobernando (…) Me llamaron iluso, y nos despedimos".
 
Al día siguiente, el derechista y ex monárquico Maura, principal organizador del Pacto de San Sebastián, dedicó todos sus esfuerzos a convencer a sus escépticos colegas para que tomasen el poder sin demora. Por su parte, los monárquicos no hicieron otra cosa que alentarles.
 
Enseguida percibieron otros la ocasión, en particular los círculos masónicos muy activos en el Ateneo de Madrid. De allí y de la Casa del Pueblo salieron, en la tarde del día 13, grupos de activistas gritando por las calles la falsa noticia de la marcha del rey, y difundiendo el texto de un telegrama en tal sentido, igualmente falso. La gente fue agrupándose por curiosidad, y así nació un movimiento de masas, conducido hacia la Puerta del Sol y el Palacio de Oriente, en convergencia con las maniobras de Maura.
 
Salieron a la calle extrañas banderas republicanas con la franja morada, surgida de un equívoco: creían de ese color el pendón de Castilla. El 14, diversos ayuntamientos proclamaron la República, pero el hecho decisivo sería el acuerdo del comité republicano con Romanones para ocupar el poder inmediatamente. Maura arrastró a sus aún inseguros colegas al palacio de Gobernación, en la Puerta del Sol, entre una multitud entusiasta. Llevaba con él a Azaña, convencido de que en cualquier momento la Guardia Civil terminaría la fiesta y los arrestaría a todos. Desde el golpe militar de diciembre, Azaña había permanecido en un cómodo ocultamiento, sin dejar de cobrar su sueldo de funcionario.
 
Y con tan chuscas maniobras, que parecen el guión de un espectáculo de revista, nació la II República española, oportunidad histórica para las fuerzas que habían hostigado despiadadamente al régimen liberal de la Restauración, no habían dado problemas a la dictadura de Primo de Rivera y parecían convencidas de poder resolver drástica y rápidamente los males de la patria.
 
 
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