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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Las fuentes de la historia

Hay libros perpetrados por periodistas (y por escritores de actualidad) que entran en el montón de lo desechable. La mayoría. Pero otros, contados, se convierten por necesidad en fuentes de lo que la historia será en el porvenir, cuando este momento nuestro sea pasado. Es el caso de Los que le llamábamos Adolfo, de Luis Herrero.

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Casi todo el mundo sabe que Luis Herrero (Luis Herrero-Tejedor y Algar) es uno de los hijos de don Fernando Herrero-Tejedor, que fue ministro secretario general del Movimiento y padrino político de Adolfo Suárez. Don Fernando sucedió en el Ministerio a José Utrera Molina, suegro de nuestro alcalde Alberto Ruiz Gallardón, y se llevó como vicesecretario a Suárez. Son muchos los que piensan que, de no haber muerto Herrero-Tejedor en un accidente de carretera, en junio de 1975, hubiese sido él, con la colaboración de Suárez, sin duda, quien prohijara la reforma política.
 
De modo que, además de parafrasear un título archiconocido (el de Josefina Carabias sobre Azaña, Los que le llamábamos Don Manuel), Luis Herrero dice una verdad de a puño: él estuvo junto a Adolfo Suárez desde el día en que nació. En cierto sentido, pese a la diferencia de edad, fue su hermano. No es el periodista hombre que haga alarde de sus relaciones políticas, ya que ni siquiera usa el apellido compuesto de su padre y se ha abierto su propio camino sin apoyarse en esas muletas.
 
No tenía yo demasiada ansiedad por leer Los que le llamábamos Adolfo, que compré ya en su cuarta edición, pero el azar me puso en medio de un debate entre amigos, algunos de los cuales venían de CDS y UCD y habían colaborado directamente con Suárez en uno u otro momento de la revolución democrática emprendida por éste en 1975, cuando Carlos Arias Navarro aún era presidente del Gobierno.
 
Las posiciones respecto de la memoria de Luis Herrero eran encontradas. Unos encontraban razonable el público enfado de Adolfo Suárez Illana con Herrero, a raíz de una frase que sólo con mucho esfuerzo es posible sacar de su contexto para eliminar su sentido humorístico. Se trata de un comentario jocoso, al despedirse Herrero de Suárez, cuando hacía mucho tiempo que el ex presidente estaba alejado de la vida política, en 1994. Narra Herrero:
Antes de despedirnos me dijo en broma que le iba a decir al Rey que me llamara y que él mismo le propondría que me diera a mí también un título nobiliario.
 
– ¡Ni se te ocurra! –le dije entre risas.
 
Ya en el umbral de la puerta de su despacho, a modo de despedida, me dijo:
 
– No descarto la posibilidad de que, muy pronto, me toque ir al despacho del Rey para decirle: "Majestad, no tiene usted más remedio que abdicar por el bien de España".
Otro de los presentes en la reunión argumentó que no sería improbable que Suárez Illana hubiese recibido una llamada de Zarzuela para que se pronunciara como lo había hecho. A mí no me pareció un comentario sensato, pero reconsideré mi imagen pocos días después, cuando salió a la luz la conversación mantenida por el Monarca con Esperanza Aguirre a propósito de Federico Jiménez Losantos, en el transcurso de una cena, que nadie ha desmentido. Entonces empecé a pensar que, como se dijo por ahí, era cierto que el Rey había empezado a borbonear, lo cual, y no descarto el imperio de lo genético, puede ser nefasto para él mismo. Y, por supuesto, me lancé a leer el libro de Luis Herrero.
 
Nadie puede poner en tela de juicio nada de lo que en sus páginas se narra. No lo digo a la ligera, sino con la evidencia a mano: nadie lo ha hecho seriamente. Y estoy convencido de que, si alguien hubiese podido refutarlo, aunque fuera en una coma, ya lo hubiera hecho, y no sólo en la prensa, sino ante los tribunales, con enorme eco mediático e incontables consecuencias.
 
¿Qué es lo que cuenta Herrero? Nada que perjudique, en ningún momento, a la figura de Adolfo Suárez. Me parece perfectamente posible que éste haya bromeado a propósito del Rey y de un poder político del que carecía en el momento de pronunciar la famosa frase. Por eso me sorprendió oír, en la misma reunión de la que me tocó ser testigo, que Herrero había hecho mal en publicar el libro ahora, cuando Suárez "no se puede defender": no hay nada de lo que deba defenderse.
 
En cambio, cuenta cosas sobre Don Juan Carlos, sobre presiones de la Casa Real en relación con el libro de Herrero sobre Mario Conde, en las que correspondió a Suárez el papel de mediador y que determinaron cambios en un capítulo de la obra. Dudo que en Zarzuela, donde tanta inquietud produce la COPE, esas partes del libro hayan pasado inadvertidas. No creo que ese fantasma del republicanismo que recorre España en estos días tenga asiento verdadero en la cabeza de los españoles, pero sí me parece evidente que la Corona está a la defensiva.
 
Y aquí y allá, en las 310 páginas de Los que le llamábamos Adolfo (con un utilísimo índice onomástico), aparecen personajes que siguen teniendo relieve en la vida política española, o que han elegido un tranquilo último plano, que preferirían no ser nombrados, ni por Herrero ni por nadie. Lo que pasa es que la memoria es tenaz y que la historia (que se construye con memorias pero se va distanciando de ellas según pasa el tiempo) es implacable.
 
Tengo para mí que el principal objetivo de la parcialización de la historia en lo que a la Guerra Civil se refiere, es decir, la pretensión de que sólo se recuerde al bando republicano, es el de asegurar la limpieza de sangre izquierdista de los muchísimos descendientes de franquistas, falangistas, procuradores en Cortes y hasta ministros del Generalísimo que hoy por hoy nutren las listas cerradas del PSOE. Nadie quiere ser "el hijo de" o "la hija de" tal o cual del Régimen. Pero hay unos cuantos. Y que un hombre como Herrero sepa lo que hicieron en el último verano del Caudillo resulta siempre perturbador. Tal vez a Don Juan Carlos le moleste que se recuerde el pecado original de su reinado, nacido como sucesión del Régimen mediante su designación por Franco, más allá de todas las pruebas de carácter democrático dadas a lo largo de los años.
 
Don Juan Valera decía que Dafnis y Cloe, que él había puesto en español, era un libro que "recordará de amor al que ya ha amado, y enseñará el amor a quien no ha amado nunca". Los le que llamábamos Adolfo, de Luis Herrero, recuerda muchas cosas a quienes las han vivido, como protagonistas o como testigos, y enseña muchas más a quienes pasaron ante ellas con indiferencia imperdonable o aún no habían nacido. Dentro de medio siglo, será una fuente imprescindible.
 
 
LUIS HERRERO: LOS QUE LE LLAMÁBAMOS ADOLFO. La Esfera (Madrid), 2007, 310 páginas.
 
Pinche aquí para acceder a la página web de HORACIO VÁZQUEZ-RIAL.
 
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