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¿LA 'GRAN NOVELA AMERICANA'?

Libertad (¿para qué?) de Franzen (¿por qué?)

"En las últimas cien páginas emerge, sin pudor y sin retórica, el credo de Franzen", leo en la contraportada del libro, de una reseña en La Repubblica. ¿Credo? La novela, o el catecismo, tiene 677 páginas. ¿Qué estaba sumergido en las anteriores 577 páginas y de repente salió a la superficie? Pues las pretensiones, nada más y nada menos, de revelar el Zeitgeist (el "espíritu del tiempo") de los EEUU de inicios del siglo XXI.

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Algunos novelistas norteamericanos tienen como misión literato-nacionalista reflejar el sueño americano en un determinado momento de la historia; o la pesadilla, según de qué pie cojeen o con cuál se hayan levantado. Lo que se ha venido en llamar "la gran novela americana", un tipo de relato que no tiene por qué ser literariamente perfecto pero sí debe contener una serie de valores sociales, históricos, morales e incluso económicos que haga emerger una "verdad poética" sobre lo que son y lo que van a ser los norteamericanos.

De Las aventuras de Huckleberry Finn a Mason & Dixon pasando por Las uvas de la ira, El guardián entre el centeno o En la carretera, la Gran Novela Americana (GNA) confunde frecuentemente a los lectores de otras partes del mundo, que malinterpretan tanto la calidad artística como la labor social que trata de llevar a cabo. Por cierto, que hubo un tiempo en que los grandes literatos patrios también escribían la Gran Novela Española (GNE), pero sin pretenderlo, con naturalidad no impostada; y claro, les salían cosas como Fortunata y Jacinta, La Regenta o Las inquietudes de Shanti Andía. Los de ahora parecen estar más ocupados en copiar el estilo y las maneras de la tradición norteamericana y, obvio, no les sale ni la gran GNA ni mucho menos la GNE.

No dudo de que Libertad de Jonathan Franzen sea un acontecimiento revelador de su idiosincrasia para los lectores cultos norteamericanos, que no suelen ser los que tienen mejor gusto ni mucho menos los más inteligentes, pero en otras latitudes la novela constituirá una profunda decepción en el mejor de los casos o una completa confusión en el peor. Y eso que empieza fluida, brillante, en tensión. Apunta a novela familiar a lo Tolstoi en un vuelo rasante tipo Thomas Bernhard (explícitamente mencionados ambos por Franzen, que da así claves al crítico despistado; pero les prometo que se me había ocurrido antes de que Franzen las diese). El problema es que el americano no tiene la capacidad literaria del ruso ni las competencias para la vivisección del austríaco. Y la fuerza inicial se va perdiendo, se desinfla la novela entre unos personajes plúmbeos, atrapados en problemas insípidos, y una prosa cansina solo de vez en cuando animada por algún electroshock aforístico.

Es decir, que desde ya es candidata a ser adaptada para la gran o la pequeña pantalla y a siete oscars o nueve emmies en el apartado dramón prefabricado para los sospechosos intelectuales habituales. Se lo van a pasar bomba Sam Mendes, George Clooney, Sean Penn y Kate Winslet adaptando e interpretando a la familia Berglund, que (les copio la trama de un crítico de los que comparten el credo del que Franzen es profeta)

luchan por trazar su camino vital de forma coherente: la intachable Patty sufre por no seguir los dictados de su corazón, el ecologista William intenta proteger a una especie de pájaro en peligro de extinción...

A través de las vivencias de los Berglund se reflejan las miserias que subyacen bajo la apariencia de una nación orgullosa de sí misma, que se cree superior y que parece encantada de haberse conocido. Franzen descubre la capa superficial de autocomplacencia y deja a la vista los desconchados que no interesa enseñar: la envidia, el rencor, el egoísmo, la competitividad y la infelicidad que genera un mundo en el que los valores son impuestos por las leyes del mercado.

Franzen parte de un presupuesto respecto de la libertad semejante al que planteó Lenin a Fernando de los Ríos cuando éste le preguntó por el carácter dictatorial de la revolución socialista en la Unión Soviética: "Libertad, ¿para qué?". Porque, en lugar de considerar la libertad como un valor absoluto a partir del cual hacer pivotar la sociedad, lo que cuestiona Franzen es el uso fraudulento de la misma, corrompida por el mismo sistema que dice defenderla. Es decir, que se incentiva el ser libre, pero esa libertad está constreñida por una serie de trampas sociales que la desvirtúan y corrompen. Los personajes de la familia protagonista se ven atrapados en una red de intereses creados que terminan por desviarlos de sus primigenias buenas intenciones, camino a Perdición.

Mucho peor todavía que la falta de nervio conceptual, la inanidad prosística, la simpleza estructural y la unidimensionalidad de los personajes resulta ser la moralina final (¡el credo!) que cierra como un broche de bisutería barata un relato al que se notan muchísimo los costurones ideológicos... no de los personajes, sino del autor.

La retahíla moralista se va engranando sin prisa pero sin pausa hasta llegar a su clímax en la historieta ecológico-capitalista a propósito de la reinita cerúlea, un ave canora autóctona y que va a devenir en símbolo de la maldad moral y la idiocia política que se habría enseñoreado de Estados Unidos, Occidente y el mundo entero. En la página 181, Walter Berglund, el ecologista progresista, critica

el gusto degradado del público norteamericano, que se presentaba a millones en los conciertos de Dave Matthews Band (...) y la banalidad de las letras: "Tengo que ser libre, muy libre, yeah, yeah. No puedo vivir sin mi libertad, yeah, yeah." A eso se reducen todas las canciones.

Patty, Walter y Richard son nuestro triángulo erótico y amoroso. Pocas veces el erotismo en una novela ha sido más rutinario y el amor menos interesante. Pero es que Patty, Walter y Richard son

de esas raras personas que aún leen libros y realmente piensan acerca de las cosas. ¿Que cómo lo sabemos? Por ejemplo, Richard tranquiliza a los inquietos padres que creen que su hijo les ha salido un facha y un vivalavirgen: "Cuando un chico tiene una gran personalidad, pueden surgir grandes conflictos de individuación". (pág. 191)

La novela pretende captar el Zeitgeist, como apuntamos, de la América de Reagan I, Reagan II, Bush I, Bill Clinton (sin numeral, es uno de los suyos) y, por supuesto, "Bush II, el peor régimen de todos". Un régimen que fue muy malo para Walter porque de ser un músico rockero de garitos de mala muerte pasó a tener éxito. Pero mantuvo la calma, la cabeza fría ante el peligro de volverse millonario: ya se sabe lo malo, lo contaminante y lo sucio que es el dinero para las almas bellas.

Muy a semejanza de una carpa, se sacudió en el suelo, forzando en vena sus agallas psíquicas para extraer oscuro sustento de ese ambiente de aprobación y plenitud. Se sentía libre como no se había sentido desde la pubertad, y al mismo tiempo más cerca que nunca del suicidio. (pág. 235)

¿Van captando el leitmotiv de la obra? Podría haberse llamado también La maldición del capitalismo, que nos hace ricos y vulgares, que nos brinda la oportunidad de disfrutar de la libertad. Pero, ay, la libertad filistea, grosera y plebeya de la elección de horarios comerciales, se entiende. ¿Y la Auténtica Libertad? ¿La libertad "metafísica, plena, absoluta"? La del Hiperión de Hölderlin, la de los bosques sagrados de Thoreau, ¿dónde está?

La Gran Libertad Absoluta frente a la farsa de la libertad pequeñoburguesa de los tenderos: ahí la metáfora de la diminuta ave canora en vías de extinción debido a esos pequeños felinos depredadores que son los gatos y esos grandes felinos todavía más depredadores que son los multimillonarios. Como si fuese una viñeta de Forges o de El Roto, Franzen se burla con eficacia no exenta de simpleza y ternura del idiota útil de Walter, el ecologista que se echa en brazos de un ricachón con un razonamiento similar al que debió de emplear Felipe González para transitar de los brazos de Karl Marx al acogedor regazo de Carlos Slim:

La razón por la que Vin Haven empezó a aplicar medidas conservacionistas en sus ranchos de Texas es que le gusta cazar las aves más grandes y contemplar las pequeñas. Un interés egoísta, desde luego, pero ahí sí tenemos todas las de ganar. A la hora de cerrar el hábitat para salvarlo del desarrollo urbanístico, resulta mucho más fácil convertir a un puñado de multimillonarios que educar al votante estadounidense, que está la mar de contento con su televisión por cable, su Xbox y su banda ancha.

La libertad se percibe como una fuerza angustiosa, una trampa en la que se entra pero de la que no se sale. Así, Joey, el hijo de Patty y Walter, sentía pánico de que sus padres apenas lo llamasen, cosa que él les había solicitado:

Él había pedido la libertad, ellos se la habían concedido, y ahora ya no podía volverse atrás. (pág. 294)

Franzen tiene la habilidad de hacer de un panfleto político de baja estofa una novela existencialista con pretensiones. Algo habitual por otro lado en cierta narrativa de éxito jaleada por las revistas culturales de izquierda, que dominan el paisaje editorial, y que ha contaminado la pretensión que anidaba en el origen del concepto Gran Novela Americana, que un día llegó a dar obras como Moby Dick o Las aventuras de Huckelberry Finn –frescos inmortales del alma americana– pero que hoy ha degenerado en soporíferos zombis literarios como esta Libertad.

La pobre, ignorante y mendaz acidez crítica de Franzen al sistema liberal y sus pretensiones –según él, espurias–, a una libertad corrompida que llevaría a la alienación frente a la libertad de grado superior, se recoge en la declaración del underground, cínico pero en el fondo buen tipo –solo que demasiado rápido con la bragueta (peccata minuta, claro)– Richard, que declara con esa mezcla de superioridad moral y cerebro devastado por las drogas:

Llegar a tener tu propio iPod es en sí mismo lo que convierte el mundo en un lugar mejor. Y eso es lo que considero tan refrescante en el Partido Republicano. Dejan en manos del individuo la decisión de cómo podría ser un mundo mejor. Es el partido de la libertad, ¿no?

Y a continuación una proclama tipo 15-M y Occupy Wall Street que hará derretirse de felicidad a los indignados, en el caso de que alguno de ellos consiguiese llegar a la ya cansina página 245.

Una pena que desistan, rendidos a unos personajes inexistentes, una trama vacía, una prosa deshilachada, sólo a ráfagas consistente. Porque un poco más adelante llega el momento culminante, el cliché afrodisiaco para que la intellingentsia establecida en las poltronas críticas sancione este tostón sin tensión argumental, emotiva o estilística como la novela que hay que leer: la conexión de la cultura de la libertad con la invasión de Irak en el diálogo entre Joey, el hijo descarriado por republicano, y el oligarca judío, prosionista y belicista que encarna el estereotipo del derechista ricachón, profundamente superficial y embrutecido por las lecturas:

–Pero eso es porque son libres –dijo Joey–. ¿La libertad no es eso? ¿El derecho a pensar lo que uno quiere? Y sí, lo admito, a veces es un coñazo.

–En eso tienes toda la razón –convino el padre de Jenna–. La libertad es un coñazo. Y por eso precisamente es tan importante que aprovechemos la oportunidad que se nos ha presentado este otoño. Conseguir, por cualquier medio a nuestro alcance, que una nación de personas libres se desprenda de su lógica defectuosa y se adhiera a una lógica mejor.

Volvamos atrás. Walter, nuestro ecologista ejemplar, engañado por su mujer, engañado por su multimillonario, se engaña también a sí mismo cuando se envuelve en un elitismo socialdemócrata de pacotilla que desprecia al pueblo llano, al que quiere salvar; Walter, digo, dicta su condena contra la democracia liberal:

El problema de los gobiernos es que los eligen mayorías a las que les importa un bledo la biodiversidad. Los multimillonarios, en cambio, sí suelen preocuparse por eso. (pág. 258)

Franzen tiene otro problema –relativo, claro está–: que a esa mayoría sus libros pseudointelectuales le importan un bledo; sus libros en realidad son cosa de multimillonarios que quieren adornar sus carísimas estanterías con tochos que les den brillo y esplendor y de masoquistas culturales que comulgan con sus recetas culturales simplonas y creen que el tedio, como un día lo fue la arruga, es bello.

En El País mencionan como precedentes del escritor norteamericano a Dickens y a Balzac. Así que ya tenemos a Franzen equiparado a Tolstoi, Bernhard, Dickens y Balzac, y encarnando la tradición norteamericana. También podríamos citar, ya que estamos, a Thomas Mann con sus Buddenbrook o a los Thiebault de Roger Martin du Gard. Sin embargo, por su tono grisáceo, tanto en la forma como en el fondo, lo que me vino a la cabeza como comparación más esclarecedora fue Los cipreses creen en Dios de Gironella. Es lo que hay.

JONATHAN FRANZEN: LIBERTAD. Salamandra (Barcelona), 2011, 672 páginas. Traducción de Isabel Ferrer Marrades.

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twitter.com/santiagonavajas

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