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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Los liberales y el fantasma de Fernando Siete

Los centenarios suelen, más allá de su inútil rimbombancia, que no cambia el destino intelectual de casi nadie, producir o dar oportuna publicidad a algunas obras que en otras fechas pasarían con menos gloria. Fue el caso, por ejemplo, de la Vida de Don Quijote y Sancho, de Unamuno, escrita al hilo del tercer centenario cervantino. Este segundo centenario del alzamiento popular de 1808 es prolífico en novedades, no pocas de ellas útiles reediciones de clásicos, como Los afrancesados de Miguel Artola o, lateralmente, las Memorias de Godoy.

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En medio de esa babel entre fernandina y afrancesada destaca una obra sobre los liberales que se encontraban exactamente en el medio de esos dos focos de tensión: Liberales de 1808, de Jorge Vilches, joven doctor en Ciencias Políticas y Sociología, editado por Gota a Gota. El texto, muy objetivo y hasta se diría con una buscada distancia emocional, resulta por momentos conmovedor, supongo que porque la verdad, asumida y expuesta, siempre lo es. Y lo que Vilches cuenta y analiza no sólo es verdadero, sino que lo es trágicamente.
 
Hubo españoles movilizados contra Bonaparte por sencillo y noble patriotismo. Un patriotismo que, a pesar del falaz discurso histórico actual de los nacionalismos, fue común a todos hasta no hace mucho tiempo. Hace cuarenta años visité la muy bella ciudad de Gerona por primera vez, acompañado por una gerundense de pura cepa, con una indiscutible ristra de apellidos catalanes y nada afín al régimen, aún vigente, del general Franco. Y tengo muy presente el orgullo con que me mostró un castillo en el que aún se conservaban las heridas de la metralla del francés. Después, como narra ejemplarmente Albert Boadella en Adiós Cataluña, los franquistas devinieron nacionalistas. Pero ésa es otra historia. El caso es que Vilches documenta perfectamente las actitudes de vascos, catalanes y gallegos, integrantes todos de una misma nación, que, por cierto, no nació entonces: sólo se hizo visible, pero preexistía al movimiento.
 
Mientras el deseado rey Fernando tejía bufandas y quemaba libros herejes de la biblioteca de su anfitrión francés, el señor de Talleyrand, quien le había alojado a pedido del Emperador y vivía desesperado por el destino de sus preciosos volúmenes, aquí sucedían otras cosas. Fernando era un individuo casi inmaculadamente repugnante, capaz de escribir una carta a Bonaparte diciéndole que no podía haber mejor elección para el trono de España que su hermano José. En Bayona, era un muerto político; y ya se sabe lo que ocurre con los muertos cuando hace falta: se los inventa. En nombre del rey ausente se hizo todo, desde las Juntas hasta la Constitución de Cádiz, pasando por la independencia de la mayoría de los países hispanoamericanos, que se dieron gobierno de facto hasta tanto regresara el monarca: en 1813 ya era tarde, no había retroceso posible.
 
En América, esos hechos se recuerdan como revoluciones. En España, la revolución que se incubaba en el interior de la guerra contra el francés acabó por darse de bruces con el rostro de escasa nobleza de Don Fernando. Los liberales que la habían promovido se sintieron fracasados y murieron antes de comprender que, a pesar del monarca y sus casi veinte años de reinado absolutista, habían cambiado tal vez más cosas de las que se habían propuesto cambiar.
 
En un capítulo sobre la guerra de propaganda entre españoles y franceses, titulado "Patriotas en el papel", llega Vilches a un importantísimo asunto, que tendría que hacer reflexionar muy seriamente a todo el mundo acerca de los vínculos de España con los Estados Unidos. Los liberales españoles, que se cuidaron muy bien de emplear un lenguaje jacobino en sus arengas, periódicos o libelos, no podían tomar como modelo para su enfrentamiento con el Antiguo Régimen la Revolución Francesa: primero, porque Bonaparte era su heredero y la consecuencia más evidente del Terror del 93; segundo, porque, lisa y llanamente, se luchaba contra Francia, y tercero, porque nadie quería evocar el Terror. La Revolución Americana, en cambio, era un modelo de movimiento popular que había triunfado con escasos recursos y un enorme esfuerzo humano y que no había necesitado del Terror para imponerse (continúa siendo la única gran revolución que no fue seguida por un período de terror).
 
La cuestión del afrancesamiento, y la compleja deriva intelectual y emocional de no pocos liberales de entonces, la explica Vilches en el capítulo "Españoles por la libertad" con envidiable sencillez:
Unos (...) tomaron partido por la lucha contra toda tiranía, otros vieron en la sustitución de los Borbones por los Bonaparte una oportunidad para la regeneración de la patria, para el restablecimiento del despotismo ilustrado carlostercerista. Fueron los casos de Meléndez Valdés, Cabarrús, Moratín y Gonzalo O’Farrill, entre otros.
Y finaliza el capítulo "La hora de los liberales", ya en la derrota de la revolución que había tenido su punto más alto en la Constitución del 12, con dos párrafos de tremenda, rabiosa actualidad:
Los liberales cometieron varios y graves errores estratégicos, como ligarse a un fernandismo que mitificaba la figura de un rey cuyas opiniones políticas desde 1808 se desconocían. La exaltación de Fernando como salvador hacía imposible un régimen constitucional o representativo basado en la reducción considerable de sus facultades regias. Tampoco los liberales supieron ganarse a los altos mandos del ejército, y no crearon hasta poco antes del golpe de estado de 1814 su propia fuerza armada, la milicia nacional; aunque esto de poco hubiera servido ante un ejército y un pueblo que mayoritariamente se postraba ante su rey absoluto.
 
Pero el gran error fue no llegar a un acuerdo más amplio con los realistas en materia constitucional, lo que podría haber sujetado a un rey titubeante en los primeros momentos de su vuelta a España, a costa de reducir el radicalismo del texto de 1812. En suma, el discurso de la nación como sujeto político que tomaba el protagonismo para darse una nueva Constitución, el que sostuvieron los liberales desde 1808, debía haber considerado también a los no liberales como parte de esa nación. En respuesta, y sin justificación que valga, los enemigos de la libertad se tomaron su revancha, su turno: el golpe de Estado de mayo de 1814, y la cruel e ingrata represión posterior.
Palabras de un maestro que, sin duda, será en poco tiempo uno de nuestros historiadores más leídos. Tiene el tiempo, las ganas y la información necesarios para emprender una seria tarea pendiente: una biografía definitiva, desde el punto de vista liberal, que no afrancesado, del Rey Felón. Precedida, desde luego, por La España de Fernando VII de Artola. Por ahora, con Liberales de 1808 ha puesto en nuestras estanterías una obra imprescindible. Creo que nadie hasta la fecha había reunido y ordenado de manera tan inteligente los materiales que poseemos sobre el período, confuso como pocos.
 
 
JORGE VILCHES: LIBERALES DE 1808. Gota a Gota (Madrid), 2008, 352 páginas.
 
Pinche aquí para acceder a la página web de HORACIO VÁZQUEZ-RIAL.
 
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