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UNA VERSIÓN CRÍTICA SOBRE LA REPÚBLICA Y LA GUERRA CIVIL

Los nacionalismos catalán y vasco ante la República

Si la incidencia del anarquismo en la crisis de la República, especialmente en el primer bienio, suele aparecer un tanto difuminada en las historias corrientes, y pocas veces tratada a la altura de su auténtico papel, algo semejante ocurre con los nacionalismos catalán y vasco. Generalmente se los considera, sobre todo al primero, movimientos "naturales" cuyas demandas la República tendría la misión de satisfacer, resolviendo así el "problema catalán", y quizá más tarde el vasco, de forma racional y definitiva.

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Nada más lejos de la realidad. Aquellos nacionalismos constituían una invención históricamente reciente, que sólo había adquirido algún fuste a raíz de la quiebra moral causada por el Desastre del 98, tres decenios atrás.
 
Había diferencias interesantes entre los dos nacionalismos. El vasco consistía en un racismo omnicomprensivo: la raza vasca era muy superior a la despreciable de los maketos, y tenía su idioma y hasta su religión "raciales", pues, según Sabino Arana, los vascos venían a ser católicos por raza, mientras que los maketos eran refractarios a la moral católica. Así, "Euskadi" debería liberarse radicalmente de la detestada España. El nacionalismo catalán pretendía que España no existía, a no ser como un Estado, bajo hegemonía castellana, opresor de Cataluña desde tiempo inmemorial. Pero más que a la secesión aspiraba a sustituir a Castilla –que en realidad pintaba poco en el conjunto del país– por Cataluña, en una confederación de naciones ibéricas "desde Lisboa al Ródano". Cataluña orientaría el conglomerado a la construcción de un imperio en África y quizá en Asia.
 
Un programa tan extravagante y anacrónico sólo podía crear frustración y victimismo, en círculo vicioso, y dio lugar a diversas tendencias, desde la que preconizaba la plena separación y un imperialismo restringido a los que llamaron països catalans, a la que en la práctica integraba Cataluña en el conjunto de España como una región con ciertas peculiaridades. Esta última tendencia, derechista y representada por Cambó, iría perdiendo fuerza a favor de un izquierdismo cada vez más separatista y violento.
 
Como se recordará, los nacionalismos catalán y vasco, secundariamente el gallego, se disponían en 1923 al empleo conjunto de la acción armada, lo cual fue una de las causas de la crisis que abocó al hundimiento del régimen liberal y a la dictadura de Primo de Rivera. Durante la dictadura los nacionalismos no opusieron resistencia alguna, a no ser la grotesca intentona de invasión desde Francia organizada por Macià, un gran terrateniente por matrimonio y hombre verboso y algo infantil o perturbado, según indican Josep Pla, Amadeu Hurtado, Cambó o el mismo Alcalá-Zamora, que sin embargo simpatizaba mucho con él.
 
Francesc Macià.Los nacionalistas vascos no entraron en el Pacto de San Sebastián, pero sí los catalanes, aunque no creían que del pacto saliera nada, y apenas colaboraron en las tareas previstas para traer la República. Trataron de imponer al principio la secesión ("autodeterminación") y luego aceptaron la autonomía. Sin embargo, cuando llegó la República, en abril del 31, sorpresivamente aprovecharon el desbarajuste inicial para dar un golpe de estado, apoderándose de los edificios oficiales, y Macià proclamó "República Catalana" dentro de una imaginaria confederación ibérica. Llamó a defender aquélla "hasta el sacrificio de la propia vida", y amenazó: "Quien perturbe el orden de la naciente República Catalana será considerado agente provocador o traidor a la Patria"; apeló también a "todos los pueblos del mundo" para "afirmar la paz internacional".
 
Con ello rompía los acuerdos de San Sebastián y provocaba una crisis muy peligrosa. Hubo frenéticas llamadas y contactos desde Madrid, y la crisis quedó resuelta formalmente sobre la base de los acuerdos mencionados. Pero, bajo las formas, los nacionalistas se habían apresurado a nombrar autoridades de su partido en toda la región, imponiendo así una autonomía de hecho antes de la decisión de las Cortes. De paso, y en pago a los votos anarquistas, facilitaron a la CNT-FAI una sangrienta y coactiva reimplantación en las fábricas y barrios obreros.
 
En las primeras elecciones de la República la recién montada Esquerra actuó, según Cambó, con las violencias y coacciones propias de un partido fascista, y el catalanismo de derecha retrocedió, mientras triunfaban en toda la línea Macià y Companys. Hubo una verdadera explosión de sentimentalidad patriotera en torno al primero, bien descrita por Cambó:
 
"Macià, a quien nadie tomaba en serio en los primeros años de la Dictadura, cuando hacía ridículas maniobras en los alrededores de París, se había convertido en un símbolo entre las cabezas calenturientas y las masas revoltosas".
 
Pla, con su típica irreverencia, observa: "A Macià le llaman l'Avi (el Abuelo) y él está encantado. Gassol llama a todos hermanos. La terminología de la Esquerra está llena de todos los tópicos del humanitarismo más insincero y tronado. Los políticos catalanes hacen grandes gestos, se ponen cada dos minutos la mano en el pecho, dan chillidos sentimentales y hacen unos terribles aspavientos de bondad. Todo el mundo pone los ojos en blanco, va con el corazón en la mano y canta confusas romanzas que hacen llorar. Toda la pornografía del exilio, el onanismo de los catalanes de América, los estados más abyectos de la mugre sensorial se han implantado. La gente se pregunta: ¿Qué es la política de la Esquerra? ¿Qué será? Es muy sencillo: serán tres años de anarquía sindical, de predominio de las ideas de la Asociación de Viajantes y el correspondiente caviar".
 
La política nacionalista se basaba, con unos u otros matices, en la pretensión de Prat de la Riba:
 
"Son grandes, totales, irreductibles las diferencias que separan Castilla y Cataluña, Cataluña y Galicia, Andalucía y Vasconia. Las separa, por no buscar más, lo que más separa, lo que hace a los hombres extranjeros unos de otros, lo que según decía San Agustín en los tiempos de la gran unidad romana, nos hace preferir a la compañía de un extranjero la de nuestro perro, que al fin y al cabo más o menos nos entiende: les separa la lengua".
 
Esta gansada no encerraba una realidad, sino un programa: un catalán debía preferir la compañía de su perro a la de un gallego, un vasco o un andaluz, a pesar de que todos se entendían perfectamente en el español común o castellano. El disparate tenía, sin embargo, un efecto considerable, al venir envuelto en gruesas capas de victimismo y narcisismo, sin ser apenas contrarrestado por una propaganda contraria.
 
Francesc Cambó.La demagogia resultante y la aprobación en Cataluña de un proyecto de estatuto desmesurado provocaban un recelo creciente en amplias capas de la población, y entre fuerzas políticas no sólo de derecha, también de izquierda, incluidos los socialistas. Por ello la tramitación de la autonomía en las Cortes se estancó.
 
La inquietud general había sido una de las causas de la intentona de Sanjurjo. Sin embargo, la intensa reacción emocional y política al fracaso de la sanjurjada había facilitado a Azaña la rápida votación aprobatoria de la autonomía. Con un estatuto bastante más razonable que el proyectado por los nacionalistas.
 
Azaña lo explicó como la solución del "problema catalán", es decir, como el acomodo legal y en principio definitivo del nacionalismo catalán en la República. Ello podría haber satisfecho, posiblemente, al sector de Cambó, pero ¿pensaban lo mismo la Esquerra y otros grupos radicales? La experiencia demostraría pronto que no. Para éstos, el estatuto no era una meta sino un punto de partida para nuevas reivindicaciones, en una escalada incesante, a menudo violenta, que desestabilizaría gravemente la República, como pronto había de comprobarse antes de que pasara un año.
 
El nacionalismo vasco siguió una trayectoria peculiar. Intentó al principio imitar a la Esquerra declarando una práctica independencia y apoderándose de los órganos de poder, pero se encontró enseguida aislado. Ante las agresiones a la Iglesia, tomó sobre sí la defensa de los sentimientos e intereses heridos, lo cual le valió gran popularidad y una rápida expansión en las provincias con mayor influencia del clero de toda España. En un primer momento el PNV se sintió tentado por el golpismo, al lado del general Orgaz. En alianza con el carlismo, maniobró por otra parte para obtener una autonomía que abarcase a Navarra. Las dos líneas de acción fracasaron, y las izquierdas bloquearon la autonomía por temor, como dijo el socialista Prieto, a que se crease "un Gibraltar vaticanista en el norte".
 
No obstante, el PNV iría aproximándose a la izquierda, pese al anticatolicismo de ésta, y llegaría a establecer una colaboración reticente, pero efectiva, incluso con los sectores más revolucionarios, al paso que saboteaba los esfuerzos unitarios de la CEDA para detener el creciente desorden. Una política en apariencia suicida, que probablemente se explica por la estrategia diseñada por Sabino Arana: "Tanto nosotros podemos esperar más de cerca nuestro triunfo, cuanto España se encuentre más postrada y arruinada".
 
La leyenda de que las izquierdas republicanas trajeron la solución al "problema catalán" o al "problema vasco", es decir, a los problemas creados por los respectivos separatismos, tiene muy poca relación con los hechos, como habrá ocasión de ir viendo.
 
 
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