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'EL MITO DE LA VIOLENCIA RELIGIOSA'

Otra desmitificación

Uno de los fenómenos editoriales más llamativos de las últimas décadas fue la aparición de Los mitos de la Guerra Civil, de Pío Moa. No sólo por su éxito de ventas; es que, además del daño infligido a la visión dominante sobre aquella contienda, era como si quienes detentaban el monopolio de la desmitificación hubieran empezado a perderlo. Y digo "empezar" porque, en el común sentir, la legitimación moral para desmitificar sigue en las mismas manos.

Alfonso García Nuño - Otra desmitificación

El conocido historiador comenzaba exponiendo qué se entiende normalmente por mito, consciente de que el uso que le daba Platón era distinto:

Suelen denominarse mitos los relatos inspiradores de sentimientos y conductas religiosas o éticas, que también refuerzan la identidad comunitaria. Deben de responder a una necesidad psicológica, porque incluso las ideologías antirreligiosas producen sus mitos, piénsese en el buen salvaje o el proletariado, con su cortejo de relatos más o menos históricos o literarios, que fundan la adhesión a ellas. En nuestra época, no muy religiosa, la publicidad y la propaganda crean sin tregua mitos, generalmente triviales. Así son llamados figuras y sucesos variopintos (...) por su capacidad para inspirar en la gente identificación emocional e imitación, erigiéndose en modelos de conducta o de sentimientos.

Pero los mitos no son en sí mismos perversos. El hombre necesita del lenguaje simbólico para expresar realidades o remitirse a fines imposibles de comunicar en afirmaciones meramente nocionales. El problema aparece cuando el mito se utiliza para distorsionar la verdad, manipular las conductas, pervertir las costumbres, etc. Tampoco la desmitificación es buena en sí misma: las hay que lo hacen no destapando lo podrido que pueda haber en un mito falsificador, sino deformando o calumniando lo que se pretende desarticular.

William T. Cavanaugh se empeña en una tarea desmitificadora, a primera vista imposible, en su libro El mito de la violencia religiosa. Ideología secular y raíces del conflicto moderno. La primera impresión ante este título fácilmente puede ser de extrañeza, como suele ocurrir con los mitos y lugares comunes firmemente asentados. Quien vive en un mito da por sentado que las cosas son como éste las muestra, nunca se plantea su justificación racional e histórica y no suele concebir que la necesite, o que pueda ser refutado.

El mito que trata de desmontar el autor, tal como él lo plantea, se basa en la creencia de que la religión es algo radicalmente distinto y escindible de lo llamado secular, un componente transcultural y transhistórico de la vida humana, sea cual fuere su concreción en una determinada confesión religiosa, que tiene una propensión peculiar a promover y ser causa de violencia; en consecuencia, la religión es algo que debe ser arrinconado o reprimido y, en cualquier caso, desalojado del espacio público. ¿Pero es esto cierto, o sólo se considera socialmente que es algo indiscutible porque se nos ha hecho creer que es evidente? ¿Es separable, que no es lo mismo que distinguible, lo religioso de lo político, lo económico, lo social, etc.? ¿Con qué finalidad se emplea el mito de la religión como algo intrínsecamente violento? ¿Es una herramienta para moldear la sociedad y configurar el poder?

El autor, frente a las posibles acusaciones que le puedan hacer para arruinar su tentativa, se cura en salud:

No pretendo negar las virtudes del liberalismo ni excusar los vicios de otros tipos de ordenamientos sociales. Creo que la separación de iglesia y estado es, en general, algo bueno. Por otro lado, no admite discusión que ciertos tipos de creencias y praxis musulmanas promueven realmente la violencia. Dichas formas se deberían examinar y criticar. Sin embargo, no ayuda en nada emprender esa crítica bajo la óptica de la dicotomía religioso-secular, pues esa dicotomía nos impide ver con claridad las formas seculares del imperialismo y la violencia.

La finalidad del libro no es presentar una teología política alternativa, sino sencillamente favorecer el fin del mito de la violencia religiosa. Para ello, en primer lugar, pone de manifiesto la imposibilidad de separar de forma coherente y racional la violencia de origen religioso de la de génesis secular; lo cual viene dado principalmente por la inviabilidad de intentar escindir lo religioso de lo secular. A continuación se dedica a mostrar cómo la concepción de la religión como un género que tendría concreciones específicas en el cristianismo, el judaísmo, el budismo, el islamismo, etcétera es una creación moderna imposible de mantener; la religión sería más bien una virtus. El siguiente capítulo es sumamente sugerente, interesante y con una batería de datos que dan que pensar; en él, Cavanaugh afronta el más difícil todavía, pues lo dedica a demostrar que las llamadas guerras religiosas europeas, aunque fueron guerras, no fueron religiosas.

Cavanaugh concluye examinando los modos en que este mito es empleado en EEUU, tanto en la política doméstica como en la externa; sin perjuicio de que el resto del libro esté salpimentado con afirmaciones sobre cómo es usado para legitimar determinados modos de violencia y cómo se ha empleado para el establecimiento de un tipo de estado y el crecimiento continuo de las competencias del mismo.

El lector, tras leer este libro, podría dar un final alternativo. En lugar de la aplicación al análisis de la política estadounidense, fácilmente puede hacer la traducción al caso español, en el que curiosamente la mitología sobre la segunda república y la guerra civil se hermana con el mito de la violencia religiosa.

 

WILLIAM T. CAVANAUGH: EL MITO DE LA VIOLENCIA RELIGIOSA. Nuevo Inicio (Granada), 2010, 441 páginas.

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