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JESÚS DE NAZARET

Si el libro es de Ratzinger, nunca es tarde

El pasado 28 de agosto, fiesta de San Agustín, salió a la venta la primera parte del libro de Joseph Ratzinger/Benedicto XVIJesús de Nazaret. Unos días después, el 3 de septiembre, fiesta de otro doctor de la Iglesia, San Gregorio Magno, el presidente de la Conferencia Episcopal Española, monseñor Ricardo Blázquez, hizo su pública presentación. Algunos, no sin razón, podrán pensar que tarde, pues el libro se publicó, en su diáfano alemán original, en el mes de abril.

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A pesar de ser España la octava potencia económica y el lugar de nacimiento del idioma que hablan la mitad de los católicos del mundo, ha habido que esperar algo más de cuatro meses y dejar que más de treinta idiomas se adelantaran en la traducción. ¿Es esto sólo una anécdota o "indica lo que denota"? Este hecho, junto con otros, da que pensar sobre el mundo cultural español, y no ayuda a disipar la sospecha de esclerosis del mismo. Pero, tratándose de JR/B-XVI, no se puede hablar de demora, porque nunca es tarde si la dicha es buena. Y, en este caso, lo es. Estamos ante un hecho cultural, no solamente teológico, de importancia. Entre tanta enana roja sobredimensionada por los medios de comunicación, este libro brilla como una supernova.
 
Entre el espléndido prólogo de esta primera entrega, que abarca desde el bautismo de Jesús hasta su transfiguración, y la primera parte del capítulo octavo, JR/B-XVI desata el nudo gordiano que ha estrangulado a gran parte de las interpretaciones que de Jesús se han hecho en los últimos siglos, para poder avanzar libremente en su exposición del "Jesús de los Evangelios como el 'Jesús histórico' en sentido propio y verdadero" (p. 18).
 
A lo largo de la modernidad se ha ido angostando el concepto de lo que la razón humana es, de modo que de este proceso reduccionista ha sido víctima también el concepto mismo de realidad, y con él el de verdad. Si el hombre solamente puede conocer lo que pueden percibir los sentidos o algún aparato científico, entonces solamente es real lo sensorial y empíricamente cognoscible, y esto será, por tanto, lo únicamente verdadero. Si solamente la razón es la razón matemática, entonces solamente será real y verdadero lo expresable en fórmulas matemáticas. De esta galopante anorexia no se pudo librar la concepción de lo que es la Historia. Ésta quedaría jibarizada por la hegemonía de la facticidad y despojada, en buena medida, de la significación y el sentido.
 
Desde un concepto erróneo de lo que es Historia (cf. p. 272), en la crítica de las fuentes evangélicas se fue abriendo un abismo cada vez más infranqueable entre –ya la denominación que se dio es significativa– el "Jesús histórico" y el "Cristo de la fe", como si ante un nuevo rebrote del averroísmo latino estuviéramos, como si hubiera dos verdades del único Jesucristo. Por un lado, estaría el Jesús de la facticidad histórica, que penosamente había que rescatar de las fuentes bíblicas con las herramientas de la crítica histórica. Por otro, el mito leyendario creado por los escritores eclesiales, y que sería el que queda plasmado en los evangelios.
 
Jesús, expoliado de su bermeja túnica inconsútil, de su significación y más profunda identidad, fue quedando reducido a un pelele a disposición de las más diversas ideologías que clavaban su propio sentido sobre Él (p. 8), creando, éstos sí, verdaderos mitos, o incluso dando lugar a algunos a poner en duda que Jesús hubiera sido realmente un personaje histórico (Bauer, Drews, etc.), es decir, sería pura leyenda, puro mito. Tampoco, tras esta estela, han faltado creaciones tan burdas como difundidas, incluso entre muchos supuestos licenciados universitarios, cual es el caso del Código da Vinci de D. Brown. Esta escisión, aderezada con un punto de vista marxista, ha llevado a muchos a la creencia de que la Iglesia habría ocultado la inconveniente verdad de Jesús tras el velo de un mito que ayudaba a aquélla a mantenerse en situaciones de poder.
 
Ante este divorcio entre el "Jesús histórico" y el "Cristo de la fe", en algunos casos incluso beligerancia, JR/B-XVI se pregunta, con muchos: "¿Qué puede significar la fe en Jesús el Cristo, en Jesús Hijo del Dios vivo, si resulta que el hombre Jesús era tan diferente de como lo presentan los evangelistas y como, partiendo de los Evangelios, lo anuncia la Iglesia?" (p. 7). Sencillamente nada o, como piensan muchos, un engaño, acaso una dulce narcosis. Pero la túnica de Cristo no fue desgarrada, no perdió su unidad. Para ello, JR/B-XVI se vale de un determinado concepto de Historia, de un tipo de exégesis y de un modo de hacer teología en el que destacan las claves de interpretación que usa.
 
El concepto reduccionista de la Historia lleva a la siguiente encrucijada: "Si por 'histórico' se entiende que las palabras que se nos han transmitido de Jesús deben tener, digámoslo así, el carácter de una grabación magnetofónica para poder ser reconocidas como 'históricamente' auténticas, entonces las palabras del Evangelio de Juan no son 'históricas'" (p. 272). Lo cual se podría decir también de los otros tres y de los hechos de Jesús. Pero "la verdadera pretensión del Evangelio es la de haber transmitido correctamente el contenido de las palabras, el testimonio personal de Jesús mismo con respecto a los grandes acontecimientos vividos en Jerusalén, de manera que el lector reciba realmente los contenidos decisivos de este mensaje y encuentre en ellos la figura auténtica de Jesús" (p. 273).
 
Los Evangelios no son una grabación magnetofónica, porque la Historia es mucho más densa que la mera facticidad externa, el acontecimiento es lo propio de ella (cf. p. 33). Los evangelios son poíesis, son creación, no mera trascripción de literalidades, porque éste es el modo en que mejor comunicamos la realidad, no sólo la de Jesús, sino cualquier realidad histórica; mucho más si no solamente es humana, sino además divina. No son poesía en el sentido griego de trasmisión de mitos que comunican verdades atemporales, ni son creación en el sentido de invención. Los hombres necesitamos el arte porque la realidad, si la queremos comunicar entera, la tenemos que decir conjuntamente como verdad, bondad y belleza. Más en el caso de Jesús.
 
Pero esto no quiere decir que los Evangelios sean simple literatura, pues "el autor no habla como un sujeto privado, encerrado en sí mismo. Habla en una comunidad viva y por tanto en un movimiento histórico vivo que ni él ni la colectividad han construido, sino en el que actúa una fuerza directriz superior" (p. 16). Por ello, basándose en Hengel, JR/B-XVI nos dice (pp. 273 y ss.), refiriéndose al Evangelio de San Juan, pero podría aplicarse a los otros tres, que en su composición entran cinco factores con una determinada correlación interna: la realidad histórica y la memoria personal del autor ("la memoria permite descubrir el sentido del hecho y sólo de esta manera hace que el hecho mismo sea significativo"), la tradición eclesial y la guía del Espíritu y el enfoque teológico del evangelista.
 
Las fuentes evangélicas, en su modo de hacerse, han sido fieles al acontecimiento histórico que han querido entregar; la exégesis lo ha de ser al texto que lee, entre el decir y el escuchar ha de haber una correlación. Por ello, JR/B-XVI, en consonancia con la Dei Verbum, apuesta por "la 'exégesis canónica', que se propone leer los diversos textos bíblicos en el conjunto de la única Escritura, haciéndolos ver así bajo una nueva luz" (p. 14), lo cual no se opone "al método histórico-crítico, sino que lo desarrolla de un modo orgánico y lo convierte en verdadera teología" (p. 16). Con estas premisas, y sin perder de vista la tradición viva de la Iglesia, muy especialmente el testimonio de ella en los Santos Padres, y la analogía de la fe, JR/B-XVI se pone a hacer eso, teología.
 
Para ello, como si fueran la trama y la urdimbre de una túnica sin costuras, se sirve de dos claves de interpretación, que atraviesan todo el libro. Desde la perspectiva de lo que Jesucristo es de suyo, una es la Encarnación. Desde lo que es entre nosotros y para nosotros, la otra es su misterio pascual, su Cruz y Resurrección. Y así va tejiendo.
 
Al estudioso de la teología seguramente le resultará difícil encontrar datos nuevos. JR/B-XVI se sirve principalmente de piedras de sillería y de algunas soluciones constructivas que otros han aportado; su originalidad está, ante todo, en el modo de conjuntarlo todo, dando como resultado un bello y sólido edificio. En éste, la profundidad teológica no va reñida con la claridad, que es también la cortesía del teólogo y no sólo del filósofo, ni con la elegancia, incluso hermosura, en la expresión literaria; tal vez estemos ante una de las principales plumas de las letras germánicas contemporáneas. Si el estilo es el hombre, al leer este libro hay momentos en los que el lector puede quedar estremecido al sentir la intimidad de un alma extraordinaria.
 
Y así, JR/B-XVI va haciendo teología. Sí, teología, solamente teología, pura teología y, por ello, expresión de la personal búsqueda de Alguien y no de algo. Como él mismo se encarga de señalar (p. 20), es eso, el trabajo de un teólogo (JR), que además es Papa (B-XVI), que modestamente lo pone en manos de la benevolencia del lector y que sutilmente pide que entre en la discusión académica su aportación. Porque así se hace teología, en el diálogo de unos con otros, con los maestros vivos del presente y del pasado.
 
La traducción española podría matizarse en algún que otro punto. Pero me ha llamado, sobre todo, la atención una cuestión (pp. 41 y ss.). En español, teológicamente no es lo mismo infierno (lugar de los condenados) que infiernos (morada de los muertos); es de las pocas palabras que en nuestra lengua cambia de significado al cambiar el número gramatical. Esto no ocurre en alemán. Die Hölle (sing.) sirve tanto para decir lo uno como lo otro. Lo cual se ve claramente comparando las versiones en las dos lenguas del número 633 del Catecismo de la Iglesia Católica, en cuya redacción tuvo destacadísimo papel el entonces cardenal Ratzinger: "La Escritura llama infiernos, sheol o hades a la morada de los muertos donde bajó Cristo después de muerto" (Die Schrift nennt den Aufenthaltsort der Toten, zu dem Christus nach dem Tod hinabgestiegen ist, Hölle, Scheol oder Hades). Me parece que, por el contexto, habría que traducir, en el párrafo aludido, infiernos y no infierno. El significado varía notablemente.
 
Y ahora, a esperar la segunda parte. ¿Cuándo será? Esperemos que pronto; aunque, tratándose de un libro de JR/B-XVI, seguramente no será tarde, porque la dicha será buena.
 
 
JOSEPH RATZINGER/BENEDICTO XVI: JESÚS DE NAZARET. La Esfera (Madrid), 2007, 448 páginas. Pinche aquí para leer el prólogo.
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