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TOTALITARISMO VS. DEMOCRACIA

Terrorismo y magnicidio en el historia

Dentro del esfuerzo que a través de la colección Astrolabio está llevando a cabo la editorial Eunsa para acercarse al problema estratégico más acuciante de nuestro tiempo destacamos dos títulos recientes: Terror.com, de Alfonso Merlos, y la obra colectiva –dirigida y coordinada por Mercedes Vázquez de Prada– Terrorismo y magnicidio en la historia.

Óscar Elía Mañú
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Terrorismo y magnicidio... es una obra multidisciplinar –en la que participan filósofos, historiadores, juristas y psicólogos– fruto de unas jornadas organizadas por la Universidad de Navarra en el año 2007. Son quince capítulos dedicados al magnicidio y su justificación, al terrorismo internacional y nacional, a las víctimas y a la lucha contra el terror. De entre todos destacan los escritos por Juan Fernando Sellés, Francisco Javier Navarro, Amalio Blanco, Darío Díaz, Jesús María Usunáriz y Álvaro Ferrary.
 
La obra arranca con el magnicidio que más ha atraído a politólogos, historiadores y filósofos. Si hay un episodio que muestre toda la complejidad moral del magnicidio, y que lo simbolice, es, precisamente, el que tuvo por víctima a Julio César. ¿Cómo se justifica el asesinato de la más alta autoridad? ¿Bajo qué circunstancias está permitido hacerlo? ¿Quiénes están legitimados para hacerlo? La pregunta que atañe a la legitimidad de la violencia en el caso de César es paradigmática: inquiere sobre las intenciones morales, las consecuencias institucionales, los cálculos en la lucha por el poder. Más la pregunta por el magnicidio y por el terrorismo es, en verdad, una pregunta política.
 
En el de Julio César se dan cita todas las dudas que sobre el magnicidio recorrerán la historia posterior. Y esta reflexión tiene una parada necesaria en nuestro país. Los españoles desconocemos hasta qué punto la Escuela de Salamanca representa un hito en la historia del pensamiento económico y político mundial. Sus autores no sólo se adelantaron en la defensa del libre mercado y en la reflexión sobre el derecho internacional: reflexionaron sobre el poder político, los gobernantes, la sociedad y la violencia.
 
Francisco de Vitoria, Bartolomé de las Casas o Domingo de Soto llegaron a la reflexión sobre el regicidio a partir de la reflexión sobre el poder: éste, en propiedad, reside sólo en Dios, y sólo después queda depositado en el Gobierno. Y éste, al fin y al cabo, no es sino una pieza más en el orden natural humano. Por eso nuestros autores dieron tanto valor a las virtudes del gobernante... y a las del gobernado, subrayando que ambos tienen, ante todo, deberes que cumplir.
 
El poder del gobernante está sometido a múltiples limitaciones: las del Derecho Natural, las del consentimiento de la comunidad, las de las Cortes. El problema surge cuando el rey se convierte en tirano: atenta entonces contra el orden natural y social de las cosas. Y llega la terrible conclusión de Bartolomé de las Casas, citado por Jesús María Usunáriz en su texto: "El que usa mal del dominio no es digno de señorear, y al tirano ninguna fe, ni obediencia ni ley se debe guardar (…) tienen derecho los señores a hacer la guerra contra el tirano y también tienen derecho los súbditos" (p. 103).
 
Desde la jerarquía natural, la Escuela de Salamanca defendió el tiranicidio, precisamente, porque el poder político no era el poder más alto. Le sobrepasaban la ley y la ley natural, que podían justificar el asesinato del gobernante en determinadas circunstancias: quien lo cometa ha de estar legitimado para ello, y ha de hacerlo sobre la base de unos fines legítimos de restauración y siempre y cuando no quede prácticamente más remedio.
 
Todo cambió con la modernidad. El poder político pasó a ser el único legítimo, y la ley natural fue sustituida por el derecho natural y la ideología. Ésta, la concepción total del hombre, de la política y de la historia, acabó imponiendo sus brutales necesidades: ¿qué no está permitido al hombre cuando busca el paraíso anarquista, socialista,  islámico? "Para construir un orden nuevo, para edificar el paraíso pensado sobre la faz de la tierra, es necesario primero destruir todo orden existente: la destrucción del orden social vigente señala el camino áspero que conduce al reino de la libertad", señala Alvaro Ferrary (p. 255). La ideología señala que todo está permitido porque el objetivo es tan absoluto que se impone incluso violentamente al ser humano.
 
Es así como la violencia se convierte en instrumento político; un instrumento necesario. Por eso bastó que Bakunin, en su Catecismo revolucionario, hiciera de la violencia un elemento central, y que Lenin la institucionalizara en el Partido y los sóviets, para que el progresismo la ejerciera o defendiera, incluso hoy en día, si se dirige contra el sistema liberal-parlamentario.
 
La identificación entre ideología y violencia ha tenido otro efecto: la atracción de los intelectuales por la destrucción y el fuego revolucionarios. Se muestran obsesionados con un mundo ideal, "ante el cual no cabe neutralidad, sino un compromiso activo y decidido, cuyo desenlace último no puede consistir en otra cosa más que en un triunfo total y decidido" (p. 254). Desde la más completa irresponsabilidad, escritores, pensadores y artistas acabaron por defender, jalear y justificar la violencia revolucionaria, por salvaje y bárbara que fuera. Hemos vuelto a verlo, estupefactos, a partir de septiembre de 2001.
 
La identificación del terrorismo con la ideología es casi automática, sea ésta socialista, nacionalsocialista o islamista, pues consideran urgente la ruptura del orden. Por cierto, y pese a la interpretación que hace el progresismo: el origen del terrorismo no está en la pobreza, sino en las mismas ideologías totalitarias, tanto cuando ejercen la violencia como cuando, desde la frustración, la provocan. Como afirma Maria Eugenia López-Jacoíste, "la mala gobernanza, la falta de derechos civiles y los abusos de los derechos humanos son condiciones que favorecen las situaciones de violencia extrema" (p. 356). El resto, en la sociedad de la información, es bien sabido: la frustración ante regímenes árabes impresentables, internet y la globalización de nuestras vidas nos llevaron al 11 de Septiembre.
 
Fue con el World Trade Center, el 11 de Marzo o el 7 de Julio cuando la presencia del mal se hizo patente a media humanidad. Y precisamente al mal dedica Juan Fernando Sayés unas reflexiones antropológicas y filosóficas muy interesantes. El mal alcanza dramáticamente a las víctimas del terror, física y psíquicamente. Pero además su ejercicio consume poco a poco al propio terrorista, erosiona su humanidad, lo convierte en un ser despiadado y desalmado. Cuanto más se ejerce el terror, más banal parece, más necesario, más lógico. Hacer el mal empuja a hacer el mal, y el terrorista se hace más terrorista conforme actúa. Como afirman Amalio Blanco y Darío Díaz, el terrorista tiene una intención explícita de dañar y asesinar, lo que cada vez adquiere menos importancia, al fungir el fanatismo ideológico de justificación.
 
Para el terrorista el uso de la violencia puede terminar siendo algo rutinario, banal, pero a sus víctimas esa violencia les asalta brutalmente, empequeñeciéndolas, acosándolas: "De pronto la existencia se paraliza, como si todos los mecanismos que la animan hubieran quebrado al unísono; queda en suspenso, rodeada de espantos, taladrada de dolor y estremecida por las sombras. Estamos solos, perdidos en medio de una vasta explanada carcomida por las ruinas" (p. 309).
 
Y esto es sólo al principio, cuando aparecen las secuelas psíquicas, las pesadillas, los sobresaltos. Luego, a medida que pasa el tiempo, es cuando afloran las consecuencias emocionales, que son las que rompen definitivamente a la víctima. El estudio de Elena Iñigo muestra cómo la víctima lo es de manera integral, porque es su vida en cuanto tal lo que ha sido atacado en su raíz, tanto física como psicológicamente. No basta, por tanto, con cubrir las necesidades afectivas o psicológicas. Debe ser la sociedad entera la que institucional, moral y jurídicamente sostenga a aquellos que han caído en nombre de la democracia.
 
Y ello porque la cuestión fundamental que se esconde tras el terrorismo es la lucha total entre el totalitarismo y la democracia. Es el totalitario el que ejerce el terror, continuación necesaria de su ideología. Ante esto, la cuestión es saber cuál es la capacidad de aguante de la sociedad democrática.
 
Volvamos ahora al principio: el asesinato de César no formó parte de ningún plan de restauración republicana, sino repartirse el poder entre los más poderosos de los conjurados. Éstos eran una minoría, como minoritarios son los grupos totalitarios. Eso sí, están bien organizados y conocen los puntos débiles de la sociedad moderna.
 
He aquí el problema, y la actualidad del libro. Como afirma Ferrary en la conclusión, hay que prestar atención al "peligro que supone la subordinación de las libertades y de la democracia al predominio político hegemónico de esas minorías y grupos supuestamente capaces de garantizar una buena política y una buena moral" (p. 414). Es ley eterna de la política que una minoría bien organizada, provista de una ideología lo suficientemente fanática, y con los medios necesarios, puede acabar con un régimen político. Y eso es tan cierto ahora como en tiempos de Julio César.
 
PS: Dejamos fuera de comentario dos colaboraciones institucionales, esperpénticas, que deslucen la obra. Una corre por cuenta de Cándido Conde-Pumpido: este "Terrorismo y poder judicial" resulta, tras el escándalo de la legalización de ANV, obsceno; la otra es de Miguel Sanz, que tras denunciar valientemente la negociación de Rodríguez Zapateo con ETA se convirtió en un decidido partidario de su política antiterrorista, dando inicio a un espectáculo lamentable que traerá aún muchos disgustos.
 
 
MERCEDES VÁZQUEZ DE PRADA (ed.): TERRORISMO Y MAGNICIDIO EN LA HISTORIA. Eunsa (Pamplona), 2008, 421 páginas.
 
ÓSCAR ELÍA MAÑÚ, analista del Grupo de Estudios Estratégicos (GEES).
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