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LA CONFESIONES DE WAT

Una existencia pensada

Mi siglo. Confesiones de un intelectual europeo es una conversación grabada en la que un interlocutor de excepción, Czeslaw Milosz, consigue que el poeta polaco Aleksander Wat (1900-1967), un hombre enfermo y aquejado de agudos dolores, consecuencia del ataque de apoplejía que sufrió en 1953, desgrane una extensa reflexión sobre aquel fantasma que recorrió Europa desde finales del XIX hasta fines del XX y que entrado el XXI todavía pretende colear.

Leah Bonnín
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Puede que el texto carezca de la fuerza documental que tuvo en el momento de su aparición, en la Francia de 1977, diez años después de la muerte del autor y en un ambiente caldeado por la aparición de las memorias de Nadezhda Mandelstam (publicadas en 1970 y 1973) y el Archipiélago Gulag de Solzhenitsyn (1973). Puede que al lector actual no le sorprendan algunos de los hechos referidos ni le estremezca la realidad de la mentira soviética. Pero la intención de Wat no fue la de convertirse en cronista de su siglo o reconstruir los hechos, sino analizar lo que había ocurrido y buscar a través de las lecturas "la respuesta a unas cuantas preguntas fundamentales" y el significado secreto de los acontecimientos. Por eso, más de treinta años después de su aparición, continúa vigente, aunque ahora –coincido con Adam Zagajewski– reclame una lectura más filosófica y poética que centrada en los hechos.

Aleksander Wat tenía una situación intelectualmente privilegiada, al decir de Czeslaw Milosz, pues "no sólo era un intelectual, sino también un erudito con profundos conocimientos filosóficos, y de origen judío, lo que introducía un matiz muy apreciable: la capacidad de mantener cierta distancia frente a los hábitos polacos...". Había crecido en la frontera entre el judaísmo (entre sus antepasados lejanos figuraban el comentarista Rashi y el cabalista Isaak Luria, y el gran rabino de Kutno era su tatarabuelo por parte de madre) y un catolicismo absorbido de la mano de una nodriza que lo llevaba a la iglesia y cuya liturgia se le quedó "grabada de por vida".

Educado en el seno de una familia religiosa y tolerante, en una casa "transformada por la literatura, no sólo por la polaca, pero sobre todo por ella", casi sin darse cuenta aprendió a leer en tres o cuatro idiomas y accedió temprano a Nietzsche, Kierkegaard, Stirner y Schopenhauer, y más tarde a Proust, Joyce y Kafka, sus grandes referentes. Se había impregnado de la actitud del buscador insaciable y, en consecuencia, estaba dispuesto a asumir errores, éticos y estéticos, la culpa consiguiente ("Esta es mi herencia judía [...] percibo el mundo, la vida y a mí mismo en términos de culpa y castigo, lo cual no es nada bueno") y hasta el castigo ("Pagar, pagar con mi propia persona por aquellos dos o tres años de paranoia moral"), en forma de enfermedad.

En su juventud Aleksander Wat se siente fascinado por la literatura vanguardista (dadaísmo y futurismo), que proclama que cada uno puede hacer con las palabras lo que le dé la real gana, y se contagia de la ideología comunista, más que nada por su "incapacidad de soportar el escepticismo absoluto, definitivo, y, por consiguiente, aceptar el absurdo de la existencia". En la época en que el general Pilsudski se rebela contra el ejército ruso, los marxistas ortodoxos constituyen una pequeña minoría y los obreros están bajo la influencia del Partido Socialista Polaco, ni marxista ni leninista. A finales de los años veinte funda y dirige Miesiecznik Literaki, una revista que aglutina a un grupo de intelectuales marxistas y que resulta un fracaso desde un punto de vista literario. La suya es, por tanto, una elección libre y subjetiva, no condicionada por factores ajenos a su voluntad. Y de eso se dolerá.

En 1931 la revista es clausurada y Wat, encarcelado. A partir de este momento, pasadas las trescientas páginas, Mi siglo. Confesiones de un intelectual europeo se desplaza hacia lugares más existenciales y filosóficos. Éticos e ideológicos, por supuesto, pero también estéticos, porque en las cárceles –once en total, cada una diferente, cada una un mundo nuevo– Wat comprende que la lengua debe ser "respetada y protegida", para que pueda ayudarnos a "expresar la experiencia existencial en los momentos difíciles".

La experiencia es definitiva. Hambre, penuria, piojos, chinches, compartir once metros cuadrados con otras veintisiete personas. La sabiduría carcelaria de Aleksander Wat es tan dilatada que le permite diferenciar entre las cárceles polacas, entre cuyos internos había cierto espíritu comunitario, y las soviéticas, que favorecían el aislamiento y el acceso a una literatura que tenía como objetivo la descomposición de la estructura mental del preso, por su pertenencia simultánea a "dos realidades totalmente distintas". El comunismo quiere la remodelación de la mente, la eliminación de la vida interior, un racionalismo depurado de emociones y supeditado a la propaganda; de hecho, "se trataba de crear símbolos potentes, de cristalizar fuerzas totalmente irracionales", como en una secta.

En las cárceles lee a los Padres de la Iglesia y La ciudad de Dios agustiniana; a Maquiavelo lo reencuentra como poeta. Y es allí donde tiene una experiencia de conversión religiosa al catolicismo, a pesar de la desconfianza que le producen las revelaciones místicas. Un catolicismo que no lo conduce a renegar de su condición judía, por más que entienda el judaísmo como una religión "decididamente passé", sino a identificarse con un Jesús "alfa y omega del judío, la máxima encarnación no solamente de la psicología judía, sino también del destino judío". Sin ser creyente ni considerarse un converso y en convivencia con la voz de su padre, en la que resonaban innumerables generaciones de judíos.

El valor de Mi siglo procede de la autenticidad y la honestidad del autor. De la verbalización ("La boca es para decir la verdad o para mentir, los ojos están destinados a las percepciones estéticas") de una existencia que fue en busca de la verdad y el sentido.


leahbonnin@yahoo.es

ALEKSANDER WAT: MI SIGLO. CONFESIONES DE UN INTELECTUAL EUROPEO. Acantilado (Barcelona), 2009, 1.070 páginas. Traducción de J. SLAWOMIRSKI y A. RUBIÓ.
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