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Real Madrid: cuando jugar finales se convierte en algo cotidiano

Los blancos juegan finales de Champions como si lo hicieran cada día. Pasó lo esperado, pero decidió lo imprevisible.

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Karius, portero del Liverpool, apesadumbrado tras la final. | Cordon Press

Da la impresión de que para el Real Madrid jugar una final de la Champions League se ha convertido en algo cotidiano. Quizá por ello vimos un inicio de partido mucho más igualado de lo que dictaba el potencial de ambas plantillas. Los blancos empezaron serenos, esperando su momento, ante un Liverpool mucho más intenso, casi sobreactuado en el arranque, hasta que su adrenalina inicial se empezó a disipar.

Si algo igualaba los pronósticos en la previa, era la presencia de Salah en el Liverpool y la capacidad de empuje en la presión de los Reds. Por ello, no sé si el bajón de los ingleses se produjo por su lesión, aunque sí fue coincidente en el tiempo. Seguramente influyó la pérdida del egipcio, pero es un hecho que a partir de ese momento la final fue al terreno más previsible, con un Madrid que claramente dominaba el partido, ante un rival cada vez más cansado y con menos optimismo.

Y sin embargo, pese a que el partido entrara en la escena de lo esperado, decidió lo imprevisible. Nadie podría imaginar dos errores de tanto calado de Karius. Tampoco era previsible, aunque en absoluto descartable, un golazo tan descomunal como el de la chilena de Bale. Fue una final a la que se llegó a la lógica, a través de no pocas circunstancias ilógicas que, como no podía ser de otra forma, ocurrieron en las áreas.

Y ahí el Madrid no perdona. Ni en los metros finales, ni en los partidos decisivos. Quizá Gary Lineker podría reformular su famosa frase sobre la selección alemana. La Champions League es una competición que juegan once contra once, y que se decide a un partido que si lo juega el Madrid, siempre lo gana.

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