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La deflación no ajusta los precios

Si todo cae, se pierden las referencias relativas, y al cabo de cinco años estamos peor porque en términos reales esos pisos no se han abaratado; incluso se han podido encarecer para los que han visto caer sus rentas.

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Rallo ha hecho un esfuerzo de calidad y ha escrito un artículo muy bueno. Lo que pasa es que sigo disintiendo de él. Es cierto –y creo que estamos de acuerdo en ello–, que los precios relativos han de ajustarse para que bajen los inmuebles y suban los precios de otros sectores que deben ser los que despunten ahora. Pero obsérvese que he subrayado los precios relativos. Es la variación de los precios relativos la que emite las señales precisas para que los productores se guíen en sus planes de inversión. Sigo diciendo que esto, por definición, es un problema de microeconomía, de ajuste de sectores en decadencia hacia otros nacientes, que son los que deben de absorber los recursos ociosos abandonados por aquéllos.

El problema de la deflación es un problema de caída general de precios, de todos, no de unos precios relativos a otros. Esto es de efectos muy distintos, pues en vez de corregir se autoalimenta, e invita a la desinversión profunda y prolongada, pues no hay sector alguno que destaque por su promesa de rentabilidad. Si todos los sectores están contrayendo sus precios, difícil es que alguno decida aumentar su capacidad y contratar plantilla. Ya he explicado los efectos acumulativos de la deflación: un choque inesperado dispara la desconfianza y retira el dinero en circulación, que se va en busca de refugio seguro y líquido –letras del tesoro– como explica el Premio Nobel R. Lucas en su último artículo del Wall Street Journal. Todos quieren vender a la vez sus activos y sus bienes, pero si la oferta de dinero no aumenta, los precios se despeñarán a velocidad creciente. Esta ola tiene la perversa tendencia a entrelazarse con caídas del PIB. A ello ha de añadirse el perverso efecto sobre las deudas, cuyo valor real aumenta con la caída de precios y de la renta real.

Hasta ahora este movimiento no ha hecho más que empezar, pero puede temerse su continuidad si miramos a las materias primas, como el petróleo, tras la contracción mundial de la demanda. Desde luego, la caída del IPC de Estados Unidos, dos meses seguidos, en una tasa que anualizada sería del 17% es otro signo inquietante y no tiene antecedentes desde la Segunda Guerra Mundial.

De modo que yo creo que nos diferenciamos, Rallo y yo, en que él cree que la deflación cumple un papel en el ajuste que ambos admitimos como absolutamente necesario, pero yo niego rotundamente que en una deflación pueda producirse algo más que un aumento constante de la incertidumbre y la desconfianza; esencialmente me parece que si todos los precios caen, mal va a poder distinguirse qué sectores son los que van a destacar en el futuro. Peor aún si el Gobierno se entromete a decidir hacia dónde se han de orientar las inversiones; entonces la deflación se prolonga simplemente porque la desconfianza se ve alargada por la torpeza del Estado y el aumento de la deuda.

El dinero es un bien especial: es el único bien cuya presencia es necesaria en todos los mercados, que aumenta su velocidad de circulación a medida que aumenta la confianza, y, súbitamente, ante un shock inesperado, desaparece por un largo periodo.

Quizás piense Rallo que ese proceso tendrá un fin natural, que no hay más que esperar pacientemente. Desde luego, hay una teoría sobre ello, el efecto "Pigou", que reclama que cuando los precios caen suficientemente, el valor real de los saldos de dinero circulante aumenta, que es como un aumento de la cantidad de dinero. Pero el efecto Pigou, de meritorio valor teórico, no ha pasado la prueba de la realidad.

No veo la necesidad de sufrir un proceso opuesto a la inflación con secuelas tan graves o más que ésta. ¿Hasta cuándo se debe permitir? Esta pregunta me obsesiona, pues los que como Rallo propugnan no hacer nada, me gustaría preguntarles: ¿Hasta dónde han de caer todos los precios? ¿Tienen una idea de cuánto ha de durar el proceso? Desde luego, los precios de la vivienda se han reducido en todas partes, ¿Pero deben de volver a sus precios previos a la burbuja, hace siete o diez años? Pero, ¿se sabe cuándo comenzó ésta?

Debe de estar pensando Rallo que en un momento dado serán considerados baratos y la gente los volverá a comprar. ¿Pero lo harán cuando los salarios, las rentas y el empleo hayan caído de tal manera que esos pisos sean, en términos reales, más caros aún que antes de empezar a caída? ¿O cuando los activos financieros se hayan derrumbado igual o más que los pisos, y estén en el mismo precio relativo que al principio de la crisis?

Repito, si todo cae, se pierden las referencias relativas, y al cabo de cinco años estamos peor porque en términos reales esos pisos no se han abaratado; incluso se han podido encarecer para los que han visto caer sus rentas o se han quedado en paro o han visto desaparecer su patrimonio. Nunca he creído que los procesos acumulativos, alcistas o bajistas, sean buenas guías para el ajuste, regeneradores de una nueva economía, sino más bien empobrecedores hasta dejar en la estacada a un par de generaciones. Y tienen la escasa virtud de aumentar el gasto y la deuda disparatadamente.

Para terminar me gustaría hacer una breve referencia al ajuste exterior. Si esperamos que para recuperar la competitividad perdida el mejor camino es una deflación, con aumento del paro y caída de la producción –cuando los demás países van a sufrir un proceso similar– puede desencadenarse una verdadera competición a ver quién se deprime más. Al cabo del proceso, la competitividad no tendría por qué haber mejorado, pero el paro, el bajón de las rentas reales y el aumento de la deuda pública serían dignos que marcaran época.
Luis Hernández Arroyo es autor del blog Cuaderno de Arena.

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