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Supongo que las cicatrices son heridas que nunca se van. Sin embargo, hay algo extraño en ellas: ya no duelen.

Luis Herrero Goldáraz
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Me acuerdo de que durante los primeros días ella me pasaba los dedos por las cicatrices de mi frente y me preguntaba cómo me las había hecho. Yo no sabía qué responder porque, la verdad, para mí que un día aparecieron de repente, como marcas prematuras de la pubertad o como un salvoconducto milagroso que me eximía de sufrir esas heridas en algún futuro próximo. Una mañana me desperté y allí estaban. O al menos ese es el recuerdo que me he inventado y que me parece más probable que que un hechicero oscuro tratara de asesinarme cuando aún era un recién nacido. La cuestión es que desde entonces tengo una excusa perfecta para hacerme el interesante.

Con ella no lo hice, váyase a saber por qué, pero al cabo de unos años nos separamos y ahora tengo varias cicatrices más profundas de las que no me gustaría hablar. Alguna vez pienso mucho y creo llegar a recordar que podría ser que me las hiciese siendo muy pequeño, jugando en el parque. Aunque en realidad no lo tengo claro porque juraría también que tropecé y caí de cabeza contra un radiador en el colegio. Lo único que sé es que una mañana que he olvidado reparé en ellas. Y aún a veces, de repente, vuelvo a verlas en el espejo y me quedo intrigado con la vida alucinante que debió llevar algún yo mío del pasado. Puede que por aquel entonces apuntase maneras de hombre de mundo, pero que al olvidarme de todo me quedase en este apacible vago sedentario que soy hoy. Tampoco puedo estar seguro. Lo que no se recuerda no ha llegado a suceder, y yo sólo sé que tengo cicatrices.

¿Qué más puedo decir? Supongo que las cicatrices son heridas que nunca se van. Sin embargo, hay algo extraño en ellas: ya no duelen. Las miras y a lo mejor con suerte eres capaz de imaginar el escozor que te causó su nacimiento, cuando aún no eran lo que son hoy porque podías sentirlas. De esa forma uno puede gastar horas, regodeándose en un pasado que jamás será capaz de hacer volver, aunque fuese desastroso y dejase un rastro eterno de diminutas marcas que ahora se ven pero no emiten ningún pulso.

Por eso es bastante sorprendente que la palabra cicatriz encaje tan bien a la hora de describir las heridas del alma. Uno escucha esa expresión, oye a alguien mencionar que tiene cicatrices del pasado de las que no le gustaría hablar y lo entiende perfectamente. Todos tenemos cicatrices. Pero las cicatrices no duelen ni generan reacciones inconscientes cuando pasamos el dedo sobre ellas. Yo lo que tengo es una herida abierta de la que mana un dolor inmaculado en cuanto urgo un poco. Si digo que es una cicatriz es únicamente porque tiene que ver con el recuerdo. Las cicatrices son retazos de memoria incrustados en la piel y por eso debe ser que nos parece tan acertado usarlas para hablar de los dolores que regresan de forma parecida a cuando surgieron por primera vez. En realidad son cosas contrapuestas. Unas se ven pero no existen y otras sólo existen donde no se pueden ver.

Es curioso que algunos lunáticos prefiramos vivir así, sin permitir que las heridas cicatricen, quizás llevados por la paranoia de que el dolor es mejor siempre que la nada. Si duele y se recuerda uno honra lo que amó, supongo. Se redime del presente mentiroso. O consigue hacerse digno para revivir lo arrebatado. El martilleo constante de lo que fue es la prueba fidedigna de que pasó, al fin y al cabo, de que aquello a lo que uno se entregó tuvo sentido, de que incluso todavía no ha acabado o de que a lo mejor, quién sabe, volveremos a sentir los mismos dedos recorrer nuestra frente una vez más y preguntar por cicatrices que ni sabemos que tenemos. La cruel alternativa de que nada de eso vuelva a suceder, aunque probable, sigue siendo preferible. Porque lo contrario significa claudicar. Extender un manto sobre un mueble, igual que en una casa abandonada. Ocultar la vida que sucedió y cambiarla pobremente por su rastro tenue. Mero color de inexistencia.

En esa encrucijada, entre la necesidad sanadora del olvido y la ilusión ficticia del retorno a lo perdido, es como mi generación se enfrenta a los partidos de la Selección.

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