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Luis Herrero

A Casado le crecen los enanos

Es difícil saber si el PP no arrima el hombro porque no quiere, como dicen en Moncloa, o porque no le dejan, como dicen en Génova.

Luis Herrero
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Es difícil saber si el PP no arrima el hombro porque no quiere, como dicen en Moncloa, o porque no le dejan, como dicen en Génova.
EFE

A Pablo Casado le crecen los enanos. Al ninguneo del Gobierno, empeñado con éxito en la tarea de restarle visibilidad,  se le unió después el desgaste provocado por la ejecución de Cayetana Álvarez de Toledo, emblema de renovación que soliviantaba a la vieja guardia. Ahora es justamente ese viejo partido, todo él, el sorayista y el cospedalista, la terrible bifurcación que partió el marianismo en dos, quien se pone en pie de guerra ante el amago del presidente del PP de romper con el pasado para sofocar el incendio de la Operación Kitchen. Así que ahí está, miradlo, tratando de sobrevivir en medio de una balacera de fuego cruzado, sin saber muy bien —si lo sabe, lo disimula— qué debe hacer para salir de la emboscada.

A la política de voladura de puentes de Sánchez, empeñado en presentar al PP como un apéndice de Vox sin más interés que el de debilitar al Gobierno a toda costa, Casado respondió con una política de brazos cruzados que aún daba más pábulo a la campaña monclovita. El principal partido de la Oposición, en efecto, parecía haber apostado por la estrategia de avanzar electoralmente no por méritos propios, sino deméritos de su adversario. Lo único que parecía interesarle es que el PSOE se fuera cociendo en su propia salsa y que el deterioro de la situación general, económica y sanitaria, le permitiera mostrarse como alternativa al desastre que se nos viene encima. Un curioso caso de estrategias concurrentes: lo que Sánchez cree que es bueno para él (aislar al PP), Casado cree que es bueno para sí mismo (no acercarse al PSOE). 

Hemos llegado a un punto en el que es difícil saber si el PP no arrima el hombro porque no quiere, como dicen en Moncloa, o porque no le dejan, como dicen en Génova. Si la cosa sigue así, al final los ciudadanos tendrán que elegir entre un Gobierno que ha llevado al país al borde del abismo, y todavía más allá, y un partido que no ha hecho gran cosa por evitarlo. El mismo ahínco que ponen los miembros del Consejo de Ministros en culpar a Casado de todos los males que asolan al país, lo ponen los dirigentes populares en denunciar el desprecio y el ninguneo al que les somete la aguja de marear de Iván Redondo. ¿Quién tiene más que perder en ese juego de apariencias? La respuesta me parece sencilla: quien menos cobertura mediática tenga para hacer que prevalezca la suya. Verde y con asas.

Creo que la primera persona que lo vio claro en el PP fue Cayetana Álvarez de Toledo. A medida que pasa el tiempo y se puede analizar con perspectiva el episodio de su defenestración queda más claro que el motivo principal que le costó la portavocía fue su empeño en solicitar un Gobierno de concentración constitucionalista capaz de encarar las reformas que España necesita. ¿Ayuntamiento PP-PSOE? ¿Los dos en la misma barca? ¿Casado vicepresidente de Sánchez? Solo de pensarlo a los dirigentes de Génova se le ponían los pelos como escarpias. Vade retro, Satanás. Fue por eso que la cabeza de la diablesa rodó de fulminante tajada. Y con ella, no solo el susurro de un Gobierno a pachas, sino también el símbolo de un partido realmente nuevo, capaz de mirar a los albaceas del viejo sin complejos.

El precio de la decapitación de Cayetana aún está por determinar. No son pocos quienes han visto caer en el mismo patíbulo las últimas esperanzas de regeneración ideológica que tenían. La ex portavoz era la imagen de marca de una batalla cultural empeñada en sacar al PP del tancredismo tecnócrata en que lo había sumido Rajoy. Al precipitar su caída,  Casado abrió un frente nuevo, menos peligroso que el que él columbraba si seguía defendiéndola. La decapitó para tranquilizar a la vieja guardia, sin sospechar que pocas semanas después la Operación Kitchen iban a volver a ponerla de los nervios. Ahora, los barones del antiguo régimen ya no se encabritan con Casado por proteger a Cayetana, sino por haber amagado con arrancarse el marianismo de la piel, por mucho que duela, para salvarse de la quema que se avecina.

Los datos son estremecedores. Mientras Rajoy presumía de haber presentado el mayor paquete legislativo contra la corrupción y de permitir que las Fuerzas y Cuerpos de la Seguridad del Estado y los jueces actuaran con libertad, su ministro del Interior estaba financiando con fondos reservados una operación policial, urdida en las cloacas de Villarejo, para impedir que las pruebas que guardaba Luis Bárcenas en su casa sobre la caja B del partido llegara a manos de la Justicia. De momento está acreditada la participación de 14 agentes, a las órdenes de Eugenio Pino y García Castaño —los otros dos triunviros de la ciénaga policial— y el pago en sobornos de más de 50.000 euros. La Unidad de Asuntos Internos de la Policía sostiene que Rajoy estaba al tanto de todo. Así las cosas, ¿qué debería hacer Pablo Casado?

Los mismos que clamaban por la defenestración de Cayetana piden ahora que el PP cierre filas con el ex presidente del Gobierno y el equipo que le rodeó durante los años de autos. ¿También les complacerá en esto? Si no querías arroz, Pablo, toma tres tazas.

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