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Aznar asume el mando

Reconozco que la mayoría de las veces Aznar me ganaba a pádel por aburrimiento. No corría riesgos. Salía a la pista dispuesto a no fallar ningún golpe.

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El expresidente Aznar y el líder del PP, Pablo Casado. | David Mudarra.

Hubo un tiempo, durante la década de los noventa, en que solía jugar al pádel con Aznar. Veraneábamos juntos en Oropesa y nos veíamos las caras casi todas las tardes. En la pista aprendí a conocerle mejor. Su juego era la expresión de su carácter. Siempre salía a la pista dispuesto a no fallar ningún golpe. Se limitaba a devolverlo casi todo. Nunca corría riesgos. Debo reconocer que la mayoría de las veces me ganaba por aburrimiento. Luego, fuera de la pista, cuando le llegaba el turno a la política, hablaba de moderación, de paciencia, de durabilidad, de firmeza. Su discurso seguía las mismas pautas que su estilo de juego. Tengo tan nítido el recuerdo de aquel hombre que nunca decía una voz más alta que otra —ni daba un golpe más fuerte que otro— que aún me sobresaltan sus aldabonazos. No los prodiga mucho pero suelen ir cargados de dinamita.

El viernes, en Las Palmas, recurrió a uno de ellos para llevar el debate preelectoral al lugar que a Sánchez menos le conviene. Dijo que el PSOE ya había suscrito un compromiso con los independentistas para que en la próxima legislatura, si Sánchez sigue en el poder, pueda celebrarse un referéndum en Cataluña que reconozca la secesión en España. No conjeturó, aseveró. Nos trajo la noticia de que ese pacto ya existía. Admito que la rotundidad de la afirmación me dejó perplejo. Pablo Casado llevaba varios días tratando de llevar el toro a ese terreno sin conseguirlo. Ni su contundencia ni su autoridad moral —todavía en cuarentena para muchos votantes de la derecha— son equiparables a las del expresidente del Gobierno. No sé si ahora la ayuda por alto de Aznar surtirá efecto, pero sí estoy seguro de que si fuera así la campaña daría un giro radical.

Los socialistas consiguieron acallar la indignación de muchos de los suyos tras las conversaciones de Pedralbes gracias a la conjunción astral de dos circunstancias casi simultáneas: la devolución de los Presupuestos Generales del Estado —coartada perfecta para desmentir el pacto con Torra— y la irrupción en escena, tras el pacto a la andaluza, del partido de Abascal. De repente, a los votantes de la izquierda comenzó a inquietarles mucho más la amenaza de la extrema derecha que la ruptura de España. Para muchos de ellos, Sánchez pasó de ser un vendepatrias peligroso a convertirse, en horas 24, en un valor seguro para mantener a salvo la democracia. Desde ese momento, lo mejor que podía pasarle al presidente del Gobierno es que las cosas siguieran así. El plan consistía en hablar de Vox e ignorar a Cataluña. Las declaraciones de Aznar pretenden arruinarlo.

Y ha elegido un buen momento para intentarlo. La vergonzosa actitud del Gobierno durante el sainete burlón del desafío de Torra por los lazos amarillos en los edificios públicos, y luego el intento más vergonzoso aún de Isabel Celaa de disfrazar de diligencia la inhibición gubernamental, han vuelto a poner de manifiesto la complacencia con que Sánchez se enfrenta a las reivindicaciones separatistas. Para colmo, el presidente no ha tenido mejor ocurrencia, acto seguido, que recuperar su discurso habitual, tan buenista como inútil, de huir de la confrontación y recuperar el diálogo para resolver el conflicto. Vistos los resultados obtenidos hasta ahora mediante la aplicación de esa fórmula, si esas palabras no alcanzan para dar pábulo a la afirmación de Aznar de que el pacto de la secesión ya está suscrito, se aproximan bastante.

Claro que el aznarazo no solo exige un acto de fe de los votantes. Para que sea eficaz debe mover a la acción. "La parte constitucional —ha dicho Aznar— tiene que agrupar su voto en torno a Pablo Casado. Si no lo hace corre el riesgo máximo de que las elecciones caigan en manos de la izquierda y el secesionismo. Es decir, que el régimen constitucional que hemos conocido desde 1978 se termine. Eso es lo que está en juego en estas elecciones". Como se ve, el llamamiento al voto útil no puede ser más claro. ¿Pero servirá de algo? Pincho de tortilla y caña a que no. En la derecha, las vísceras casi siempre pueden más que la cabeza.

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