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Luis Herrero

Cada loco con su tema

No se puede decir que Rajoy estuviera ni mejor ni peor. Estuvo como siempre. Y lo que es peor, dijo lo de siempre.

Luis Herrero
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El PP ha hecho con su corteza lo que hacen los malos restauradores cuando pierden comba con la clientela: adecentar el local, darle un look más moderno, acortar el largo de falda de las camareras y sustituir la base musical del sonido ambiente, sin preocuparse demasiado de lo fundamental, que es mejorar la materia prima y las habilidades culinarias del chef. La conferencia política deja ese rastro. Luces de neón, taburetes en el escenario, cañones de luz en lugar de atriles y artistas en mangas de camisa obligados a gesticular como marionetas de hilo para sobrevivir al tormento escénico de un discurso sin papeles.

Hemos visto a jóvenes promesas arrellanarse en sus asientos como si estuvieran en un bar de copas, pero sin copas. A ministros braceando en la oquedad del proscenio tratando de sustituir con la mímica de un monologuista del club de la comedia el empaque oratorio de una buena corbata. A ilustres conocidos relegados al patio de butacas cazando al vuelo micros inalámbricos para merecer el premio de un minuto de gloria. A ilustres carrozas de la zona vip, con tantos trienios en el currículum como tallas de americana en el vestidor, ciando como posesos, en la indumentaria y la impostura, para disimular las marcas de la brecha generacional. Y, en la figuración, tanto a los jóvenes que de verdad lo eran como a los jóvenes que se afanaban por parecerlo haciendo un esfuerzo meritorio para atraer la atención del público que se asomaba al interior de la carpa del Ifema. Pasen y vean.

Lo único que no hemos visto en el momento de la verdad es a la estrella del espectáculo, pasado el turno de los teloneros y la novedad de la coreografía, con un repertorio distinto. No se puede decir que Rajoy estuviera ni mejor ni peor. Estuvo como siempre. Y lo que es peor, dijo lo de siempre. Así que a la hora de hacer balance la pregunta es de cajón: ¿tiene sentido tanta seda para vestir a la mona del refrán?

Habrá quien piense lo contrario pero a mi me parece que la tímida idea de renovación que trataron de escenificar los diseñadores del nuevo PP en la jornada del viernes quedó sepultada por el discurso inmovilista del caudillo del viejo PP en la jornada del sábado. Y no sólo por el peso específico que tienen las acciones incontestadas del líder del partido, que seguirá siendo abrumador mientras no haya nadie con arrestos para llevarle la contraria, sino también por la escasa convicción con que fueron defendidas las novedades que los más audaces pretenden introducir en el prontuario de esa nueva derecha que Jorge Moragas trata de poner en circulación por presunto encargo de su jefe.

Ni la defensa del principio "un hombre, un voto" como ceremonia funeraria previa al entierro del dedo divino, ni la limitación de mandatos a ocho años, ni la prohibición a ocupar más de un cargo al mismo tiempo, ni la reforma de la ley electoral para acudir en socorro de la lista más votada -por ceñir la lista a las reivindicaciones más aireadas estos días en la prensa- fueron fruto de un mínimo debate, ni profundo ni superficial, que diera la sensación de responder a una demanda debidamente estructurada. Más bien parecieron ocurrencias particulares que algunos oradores aislados hicieron planear por el auditorio como meras hipótesis de trabajo sin más énfasis que el de la retórica inflamada de sus propios discursos.

Nadie midió el grado de aceptación de cada propuesta. Nadie las explicó, ni las discutió, ni las enmendó, ni las votó. Y, para colmo, nadie pareció tener prisa por darles carta de naturaleza. Todo lo que se nos dijo es que cobrarían forma, si ha lugar, como propuestas formales, en el próximo Congreso de principios de año, cuando la suerte electoral haya quedado echada y el futuro de Rajoy ya no dependa de sí mismo. Échale un galgo. Es decir, que a la hora de la verdad sólo fueron guiños decorativos tan inventariables en el capítulo del atrezzo como el nuevo logotipo, las luminarias de neón, los taburetes sin atril o los cañones de luz que persiguen como cabezas calientes a oradores descamisados.

Tal vez las cosas hubieran sido distintas si Rajoy, en vez de haberse atrincherado en su discurso de siempre, le hubiera hecho un poco de caso a la ración de novedad que sus jóvenes cachorros trataron de llevar al ánimo de la concurrencia. Tal vez un aval genérico en un párrafo cualquiera, o a lo mejor una referencia fugaz en alguna oración subordinada, o por lo menos un gesto de simpatía en alguna morcilla improvisada de su parlamento hubiera bastado para que los votantes percibieran que el líder del PP hacía suya la demanda de cambio que anunció la trompetería del acto. Pero no hubo tal. Ni siquiera de pasada.

Es patente que una parte del partido quiere ir por un lado y Rajoy por otro. Cada loco, con su tema. Ha quedado claro que frente a la obstinada apuesta del discurso del miedo hay cierta demanda interna de algo más pero esa demanda, según hemos visto este fin de semana, está desgraciadamente condenada a la melancolía de la desesperanza. Hace falta ser raro del carajo para dar alas a un discurso de renovación y acto seguido cargárselo de un silencioso tijeretazo. Tan raro como para alimentar expectativas de cambios, tras el batacazo municipal, y jibarizarlas a continuación con tres retoques salidos de la nueva camada o como para dejar libre el espacio para que se infiltren las amenazas populistas y regeneracionistas de Podemos y Ciudadanos y erigirse después en su ángel exterminador. Los alimentó con su desidia y ahora quiere desnutrirlos con la invocación del caos. Para glosar de un bajonazo ese tipo de rarezas se suele recurrir a la versión breve de un conocido refrán: genio y figura. Pero se omite, a menudo, el segundo verso. Si yo fuera Rajoy no banalizaría la omisión del atajo.

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