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Luis Herrero

La crisis

Podemos y ERC siguen siendo los pilares de Frankenstein y a Sánchez le abuchean cada vez con más entusiasmo en los actos públicos a los que acude.

Luis Herrero
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Podemos y ERC siguen siendo los pilares de Frankenstein y a Sánchez le abuchean cada vez con más entusiasmo en los actos públicos  a los que acude.
Imagen del último Consejo de Ministros. | EFE

Es absolutamente imposible no haberse enterado de que hay una crisis de Gobierno en el horno. Lo han publicado, a la vez, todos los medios de comunicación del país. Será después de la concesión de los indultos y pretende darle un segundo aire a la legislatura, cada vez más difícil de sobrellevar para un Sánchez debilucho que comienza a hundirse en las encuestas. Entiendo que un presidente de capa caída quiera hacer algo para salir del hoyo, pero es absurdo que lo publicite con tanta antelación. Hay quien sostiene que lo hace para que dejemos de hablar de sus apaños con los caudillos del procés, que tanto daño le hacen, aunque a mí me parece que tenernos entretenidos durante más de un mes dándole vueltas a su debilidad política, subastando los nombres más chamuscados del banco azul, sería una pésima idea.

Tampoco alcanzo a entender qué sentido tiene una remodelación gubernamental en este momento. Tal vez lo tendría si Sánchez estuviera considerando un cambio de rumbo, pero no parece que las explicaciones vayan por ahí. Hay tres razones que explican, a mi juicio, el retroceso electoral que detectan los sondeos. La primera, la gestión de la pandemia. La segunda, la identidad de los socios que le garantizan la estabilidad parlamentaria. Y la tercera, su desgaste personal ante la opinión pública. Todo lo que no vaya encaminado a taponar esas tres vías de agua acabará convirtiéndose en una mera operación de maquillaje. Darias sustituyó a Illa y nada cambió. Podemos y ERC siguen siendo los pilares de Frankenstein y a Sánchez le abuchean cada vez con más entusiasmo en los actos públicos a los que acude.

Puede ser que la curva de contagios no se encabrite como en olas anteriores y que las vacunas mantengan a raya la ferocidad del virus, pero la gestión de la crisis sanitaria sigue cortada por el mismo patrón: oscurantismo informativo, improvisación, ausencia de autocrítica y beligerancia con las autoridades autonómicas ajenas al PSOE. Aún seguimos sin conocer el número real de fallecidos, las razones que paralizaron las reformas legislativas que hubieran ayudado a las Comunidades Autónomas a adoptar medidas de control más eficaces, los criterios de administración de las segundas dosis a los vacunados con AstraZeneca o los argumentos que han llevado al ministerio de Sanidad a imponer sus criterios, manu militari, en el Consejo Interterritorial de Salud. Los ciudadanos sanan, pero no olvidan. No hay crisis capaz de subsanar ese hecho.

Los indultos están a la vuelta de la esquina, como antesala al restablecimiento de una mesa de diálogo en la que los partidos independentistas van a seguir reclamando la amnistía y la autodeterminación. ¿De qué sirve sustituir a Carmen Calvo, quemada por los desencuentros de Pedralbes, si quien ocupe su puesto —Ábalos, Lastra o cualquier tapado que salga de la chistera— va a tener que retomar el chantaje donde ella lo dejó? Si el Gobierno retrocede y los separatistas avanzan en sus pretensiones, las encuestas hundirán a Sánchez más todavía. Y si sucede lo contrario, ERC le hará pagar en el Congreso su falta de receptividad. Por muchos ministros que cambien, el desgaste —por una vía o por otra— seguirá haciendo de las suyas. Tampoco hay crisis capaz de subsanar ese hecho.

Sánchez se ha vuelto un hombre antipático. Su descarado propósito inicial de utilizar la pandemia en beneficio propio (no había fin de semana en que no apareciera a todas horas en televisión) y su decisión posterior de quitarse de en medio, pasándole la patata caliente a los presidentes autonómicos en los momentos más comprometidos, le han retratado como un político oportunista que solo busca colgarse medallas. Ahora también quiere colgarse la de la resolución del mal llamado conflicto catalán, aunque para ello tenga que descoser las costuras de la ley. Puede que la concesión de los indultos burle los controles del Tribunal Supremo, pero los del cuerpo electoral los tiene cerrados a cal y canto. Da igual lo que le haya prometido Iván Redondo a cambio de hacerse con el control de las llaves de Ferraz tras el trajín de la crisis. La magia no existe. A un pimpampum de feria no se le puede reconvertir en un candidato de fortuna.

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