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Luis Herrero

La lógica del poder

¿Y si Sánchez para alargar su horizonte faraónico viera la conveniencia de pedirle a las urnas una mayoría más amplia? 

Luis Herrero
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¿Y si Sánchez para alargar su horizonte faraónico viera la conveniencia de pedirle a las urnas una mayoría más amplia? 
EFE

El del apego al poder es un argumento que impide reflexiones más audaces. Si partimos de la base de que Sánchez quiere perpetuarse en el trono de la Moncloa sea como sea, cualquier consideración sobre la fragilidad de la coyunda social comunista que nos gobierna o sobre la dificultad para entregarle al independentismo catalán todo lo que reclama a cambio de su apoyo en el Congreso de los Diputados, pongo por caso, se cae por su propio peso. ¿Llegará la sangre al río en la reyerta que enfrenta a socialistas y podemitas? No, claro. Se necesitan para seguir en el poder. ¿Se avendrá Sánchez a convocar el referéndum pactado que le exige Junqueras? Sí, claro. Sin ERC la mayoría parlamentaria se descoyunta y el Gobierno se queda en minoría. Está claro que hará lo que haga falta con tal de seguir en el poder. No mareemos la perdiz. Cualquier intento de encontrar argumentos que impugnen la conveniencia de agotar la legislatura es una manera estúpida de perder el tiempo. Vale. Acepto la mayor: Sánchez quiere seguir en el poder todo el tiempo posible y no hará nada que ponga en riesgo ese vehemente deseo de narcisismo personal. ¿Pero y si para alargar su horizonte faraónico viera la conveniencia de pedirle a las urnas una mayoría más amplia que le permita proyectar su mandato hasta 2026? 

Ya sé que las elecciones las carga el diablo y que las urnas son como los melones, pero un error de tiempo en política es peor que uno de gramática en literatura. Tan malo es adelantarse (que se lo digan a Sánchez por haber provocado la repetición electoral de noviembre de 2019) como llegar tarde. A mi me parece que se está dando una conjunción astral pintiparada para que el presidente del Gobierno decida cortar por la sano esta legislatura tan accidentada y nos mande a todos a votar. En el futuro inmediato le aguardan —pandemia aparte— cuatro retos de categoría especial. El primero, si los ordenamos por orden cronológico, es evitar que el incendio que se ha declarado en el banco azul acabe por arrasar la cohabitación con el sector que pastorea Iglesias desde su flamante y vacua vicepresidencia. Todas las crónicas que pormenorizan los detalles de esa batalla interna (especialmente buena la que firma Ketty Garat en Libertad Digital) coinciden en que, esta vez, la fricción no está sobreactuada y comienza a ser insostenible. Los más optimistas auguraban que las desavenencias comenzarían a atenuarse después de las elecciones catalanas. Salta a la vista que no ha sido así. Estos seis primeros días de resaca post electoral han avivado notablemente la ebullición del conflicto. La controversia en torno a las leyes de igualdad, el menosprecio podemita a la calidad democrática de nuestro sistema político, la violencia empleada para protestar por el encarcelamiento de Pablo Hasel —ese rapero matón que inyecta a las letras de sus canciones deseos homicidas contra todo lo que se mueve fuera de su pequeño mundo de odio a lo diferente—, las limitaciones de los precios del alquiler que pactaron ambos partidos durante la aprobación de los Presupuestos y el suma y sigue de reproches recíprocos de deslealtad y juego sucio son obstáculos que hacen cada vez más difícil la normalización de las relaciones bilaterales. Iglesias y Sánchez se reunirán esta semana para tratar de rebajar la temperatura del calentón, pero no hay ninguna garantía de que puedan conseguirlo. Si el encuentro acaba en fracaso, la grieta abierta en el casco del Gobierno se hará todavía más grande y la vía de agua acelerará el hundimiento de la coalición. 

El segundo reto es el que los independentistas catalanes colocarán encima de la mesa de diálogo tan pronto como se constituya de acuerdo al nuevo mapa de poder establecido por las urnas. Referéndum y amnistía. Nada de eso cabe en la Constitución, como acaba de recordar Carmen Calvo, y lo normal es que el tira y afloja que se establezca durante las conversaciones de igual a igual, de Gobierno a Govern, acabe enojando al electorado socialista, mayoritariamente contrario a satisfacer las demandas de los caudillos del procés. La fuerza negociadora de Junqueras es directamente proporcional a la debilidad del Gobierno. Si sus votos (los de ERC) no fueran necesarios para garantizar la estabilidad política de Sánchez, el curso de las negociaciones iría por otros derroteros. 

El tercer reto es vadear la turbulencia de la crisis que se nos viene encima. Según los expertos, las consecuencias más truculentas del destrozo económico se harán visibles a partir de 2022. El cuarto reto, por último, es conquistar el espacio de centro que las debacles de Ciudadanos y PP han convertido en tierra de nadie. Salta a la vista, después de lo que sucedió en Cataluña el 14-F, que los votantes que apuestan por la moderación han preferido quedarse en casa antes que salir al encuentro de Casado o de Arrimadas. Ninguno de los dos parece en condiciones de volver a ilusionar a esa porción del electorado que, tradicionalmente, inclina la balanza a un lado u otro del hemiciclo. Si Sánchez quiere recuperar el dominio del centro no le conviene dar tiempo a la derecha para que se reorganice. Ahora está hecha unos zorros y parece incapaz de salir airosa de un proceso electoral más o menos inmediato. Si el PSOE cortara amarras con Podemos —un lastre que le ancla a la orilla izquierda del río— y fuera capaz de levantarse de la mesa de diálogo blandiendo la defensa de la Constitución, y todo ello antes de que la riada de la crisis asole el país, la posibilidad de llevar a su molino a dos millones de abstencionistas no sería una quimera. Al menos, sobre el papel. 

Ya, ya. ¿Pero y si sale mal? ¿Y si el cántaro de leche se hace añicos en las urnas y después del escrutinio volvemos a la casilla de salida? ¿Para que arriesgar un disfrute del poder que no prescribe hasta 2024? Tal vez tengan razón. Frente a esa lógica no hay objeción posible.  

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