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Luis Herrero

Más difícil todavía

El fracaso que obliga a repetir las elecciones se produce porque ninguno de los tres caminos que hay para salir del atolladero resultó del agrado de Sánchez.

Luis Herrero
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El fracaso que obliga a repetir las elecciones se produce porque ninguno de los tres caminos que hay para salir del atolladero resultó del agrado de Sánchez.
EFE

Lo normal, si viviéramos en unas condiciones de razonable estabilidad, es que el bacalao del 10-N ya estuviera vendido. A estas alturas ya sabríamos lo que nos espera: victoria muy insuficiente del PSOE y operaciones aritméticas aún más complicadas que las del 28 de abril para lograr un gobierno estable. El fracaso que ha obligado a repetir las elecciones se ha producido porque ninguno de los tres caminos que señalaron las urnas para salir del atolladero resultó del agrado de Sánchez. Ni quiso intentar un acuerdo con Ciudadanos (mayoría absoluta) por miedo a que Rivera le mandara a hacer gárgaras, ni quiso plegarse a las exigencias de Podemos para formar un auténtico gobierno de coalición apoyado desde fuera por ERC y PNV (mayoría suficiente) por miedo a caer en manos de amistades peligrosas, ni quiso acercarse al PP para negociar un plan de acción, en lo nacional y lo económico, que le permitiera gobernar en solitario.

Lo normal —insisto, si la normalidad formara parte de nuestro paisaje— sería que dos de esas tres vías ya no fueran transitables en el mes de noviembre. El bofetón de Ciudadanos dinamitará la primera y el recalentamiento de la pesadilla catalana hará lo propio con la segunda. Ya hemos visto cómo se las gasta el independentismo catalán en los días previos al temible octubre (segundo aniversario del 1-O, sentencia del procés, juicio a Torra por desobediencia…). El Parlament fijó el itinerario —desobediencia institucional, expulsión de la Guardia Civil, solicitud de amnistía y ejercicio del derecho de autodeterminación— y los CDR, en connivencia con Torra, propusieron la metodología: asaltos, destrozos con explosivos, bloqueo de carreteras e inutilización de la red de telecomunicaciones. El Gobierno, le guste o no, tendrá que dar respuesta a esa declaración de intenciones. ¿Alguien cree que en medio de esa partida habrá hueco para un acuerdo de investidura?

Sin el apoyo independentista, aunque sea por vía de la abstención, lo más probable es que a Sánchez no le salgan las cuentas. Lo último que sabemos es que la suma de PSOE, Podemos, Más País y PNV se queda a cinco escaños de la mayoría absoluta. Y, para complicarlo más, ahora la interlocución con lo que está a la izquierda del PSOE tiene que conciliar a dos antiguos amigos devenidos adversarios casi irreconciliables: Iglesias y Errejón. Si a Sánchez no le dejaba dormir la expectativa de tener que sentar en la mesa del Consejo de Ministros al alter ego del líder podemita, ¿cómo podrá conciliar el sueño si tiene que hacerle hueco al ego del alter, y además en compañía del compañero de viaje que se apeó del carro en una bifurcación del camino para hacerle la competencia? En política se ven milagros de toda clase y condición, pero que de esa suerte de ejército de Pancho Villa saliera un Gobierno estable sería el más prodigioso de todos.

Así que, de los tres caminos que señalaron las urnas hace cinco meses para salir del atolladero, solo quedaría al alcance de Sánchez el de la abstención patriótica de la derecha a cambio de un plan de acción asumible por ambas partes. ¿Difícil? ¡Mucho más que eso! La única esperanza razonable para salir de este bucle es que las urnas de noviembre, contra todo pronóstico, abran una ruta novedosa. Y eso solo puede pasar por un crecimiento notable del PSOE o por un crecimiento titánico del PP. Las encuestas no contemplan ninguno de esos dos supuestos, aunque no los descartan del todo. Casado ya roza los 100 escaños. Sube 30. Necesitaría otros treinta para tener opción de ganar las elecciones. ¿Pero cuál debería ser su discurso para consumar la proeza? ¿Bajar el tono, como está haciendo, ante el desafío independentista? Eso sería lo mejor que puede pasarle a Rivera. Y si Rivera sube, por extraño que pueda sonar, Sánchez recuperará una salida.

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