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Ni frío ni calor

La cuestión ahora no es cómo se va a controlar el gasto autonómico, sino cómo va el Estado a ayudar a las autonomías que se han gastado lo que no tenían y más.

Maite Nolla
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Ya me perdonarán pero no me imagino a este Gobierno –ni a ninguno– con la valentía necesaria para imponer sanciones a las comunidades autónomas en caso de que se pasen gastando. Me parece fenomenal que el Gobierno desarrolle la reforma veraniega de la Constitución, pero cuando se trata peor a Esperanza Aguirre que a los señores de CiU, a los que se abraza de forma "ostentoria" en el Congreso y se les colma de agradecimientos en el Consejo de Ministros, el barrunto es que la cosa va a ir por otro lado. Y es que en realidad el control a las autonomías no va a venir por lo que diga una ley; eso será para el futuro y que conste que yo estoy muy a favor. El problema de las autonomías es que se han quedado sin un duro y ése es su auténtico control. Por ejemplo, ya sé que el tema catalán aburre a las ovejas, pero si ustedes se preguntan por qué CiU y el Gobierno de Rajoy se deshacen en elogios mutuos después de tanta comedia y tanta mentira sobre lo que el Estado debe a Cataluña, los 759 millones, el pacto fiscal, las amenazas de referéndums y lo mucho que nos vamos a enfadar si nos imponen una "Loapa" encubierta, la respuesta la encontrarán en que el salvavidas inmediato de la Generalitat es España.

Y es que, como les decía, la cuestión ahora no es cómo se va a controlar el gasto autonómico, sino cómo va el Estado a ayudar a las autonomías que se han gastado lo que no tenían y más. Si la mayoría de ellas, empezando por la que quieran, sufre horrores para pagar las nóminas de sus propios funcionarios, no va a hacer mucha falta controlarlas. Ahora el problema no es el control, el problema es el rescate; bonito palabro que ha entrado en nuestras casas. Las comunidades endeudadas hasta arriba se controlan y sancionan solas.

Yo entiendo que el Gobierno acaba de llegar y que lo que se ha encontrado es suave; pero incluso al que quiera confiar en ellos se lo ponen muy difícil. Porque el control está muy bien, pero otra cosa es si el Estado puede obligar a una comunidad a no gastar en lo que no debe y sí en lo que debe, y ya nos ha dicho la vicepresidenta que eso no lo van a hacer. Es decir, si una comunidad decide mantener un aeropuerto para dos mil esquiadores que encima se largan a Andorra, pero tiene que cerrar un ambulatorio en verano por falta de personal, es cosa suya. La autonomía presupuestaria es sagrada, como se ha hartado de decir la vicepresidenta, no fuera a ser que Duran no lo hubiera oído bien. En definitiva, ni frío, ni calor, para variar.


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