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Marcel Gascón Barberá

Tsunami de progreso en Oriente Medio

Los Acuerdos de Abraham ya están empezando a dar frutos.

Marcel Gascón Barberá
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Los Acuerdos de Abraham ya están empezando a dar frutos.
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La foto que encabeza este artículo fue tuiteada el 3 de diciembre por el corresponsal de asuntos de aviación del diario israelí Yediot Ahronot, Itay Blumental. Está sacada de una de esas webs que nos permiten ver en tiempo real cómo se mueven los aviones, y es una muestra, pequeña pero elocuente, del formidable impacto que tendrán para todas las partes los llamados Acuerdos de Abraham firmados entre Israel y –hasta ahora– dos países del Golfo bajo los auspicios de Trump.

Asombroso e increíble: tres líneas aéreas israelíes, El Al, Arkia e Israir, operan esta mañana vuelos comerciales directos desde el aeropuerto Ben Gurion a Dubai”, tuiteó el periodista en referencia al aeropuerto de Tel Aviv desde el que partían los vuelos.

Hace apenas unas semanas no había un solo vuelo directo entre Israel y los Emiratos Árabes Unidos (EAU). Hoy varias aerolíneas israelíes, emiratíes y de otros países operan numerosos vuelos comerciales diarios entre los aeropuertos de Tel Aviv y Dubái, una muestra de lo vibrante de las relaciones recién establecidas entre los dos países y del potencial que acaba de desatarse.

El primero de los Acuerdos de Abraham que están haciendo esto posible se materializó el pasado mes de agosto. Entonces, los EAU se convirtieron en el tercer país árabe en normalizar relaciones con Israel. Egipto, en 1979, y Jordania, en 1994, firmaron previamente acuerdos de paz con el Estado judío. Pero las relaciones de Israel con esos dos países vecinos son más bien formales o de cooperación en asuntos estratégicos vitales para las dos partes. Más que cooperar de manera entusiasta y en todos los campos, como ha empezado a hacerlo el emirato del Golfo, Jordania y, sobre todo, Egipto han aceptado la relación con Israel como algo inevitable. Más que deseable, su relación con Israel les ha sido impuesta por la cercanía geográfica, la historia reciente y la correlación de fuerzas en la zona.

Por eso no es aventurado decir que los EAU se convirtieron en agosto en el primer país árabe en normalizar plenamente sus relaciones con Israel. Entre los efectos del acuerdo forjado por Trump está el haber abierto la puerta a nuevas alianzas de ese tipo entre Israel y el mundo árabe. Otro estado del Golfo Pérsico, el reino de Baréin, siguió los pasos de sus vecinos emiratíes en el mes de septiembre y ya mantiene también relaciones plenas con el Gobierno de Jerusalén. 

El tercer país en sumarse al grupo de nuevos amigos israelíes de la Liga Árabe fue Sudán, que firmó la normalización con Israel en octubre y camina hacia las plenas relaciones con el antiguo enemigo sionista. Lo hace a un ritmo más lento, debido, en parte, a la condición de Estado terrorista y paria que se ganó a pulso en el pasado bajo el mando del depuesto Omar al Bashir y que hoy aspira a superar.

Es indudable que estos acuerdos son parte de un efecto dominó que le está cambiando la cara a una región cada vez más unida contra la agenda de injerencia a través del terrorismo de Irán. Los pactos de Israel con estos países hasta ahora hostiles ponen fin a una anomalía histórica que solo desde el cinismo o el prejuicio ideológico o antisemita puede atribuirse al conflicto con los palestinos. Los Gobiernos árabes apenas tendrían relaciones unos con otros si de verdad estuvieran preocupados por la forma en que otro Estado trata a un grupo de población árabe. La severidad con que el mundo árabe en bloque ha juzgado hasta ahora a Israel tiene su explicación en el señalamiento del Estado judío como chivo expiatorio para tapar o justificar todos sus fracasos, y no en lo que sufren o hayan sufrido los palestinos, que ni siquiera son los árabes más maltratados de la zona pese a vivir bajo una autoridad no árabe.

El paso adelante dado por los pioneros árabes del entendimiento con Israel puede compararse en mérito, capacidad transformadora e importancia con los actos de valentía de quienes, en contextos de tribalismo medieval, contraen matrimonio con hombres o mujeres de la otra tribu. Los tres acuerdos son dinamita para multitud de prejuicios culturales, ideológicos y religiosos. Su voladura ya ha empezado con el alud de de beneficios para todas las partes que están generando. Estos beneficios son particularmente palpables en el caso de la normalización con los EUA, que fue la primera y es en consecuencia la más madura.

El pasado 1 de diciembre, representantes del Gobierno israelí anunciaron en una reunión pública online con integrantes de la comunidad judía emiratí que esperan que unos 10.000 turistas israelíes visiten el país del Golfo cada mes. El primer grupo llegó al emirato a principios de noviembre en un vuelo impensable hasta hace poco, pese a que Dubái y Tel Aviv están más cerca que, por ejemplo, Madrid y Cracovia, adonde una multitud de españoles volaba cada año antes de la pandemia. Mientras tanto, Israel espera recibir al año unos 100.000 turistas emiratíes entre temores de que no queden satisfechos con la calidad de los hoteles debido al lujo al que están acostumbrados en casa.

Según otra estimación oficial, medio millar de empresas israelíes de sectores en los que Israel es el país puntero, como el de la innovación tecnológica o el de la agricultura, invertirán hasta final de año en los EAU. El deshielo ya ha llevado a una explosión de la cooperación en materia cultural, artística, periodística y simplemente humana entre israelíes y emiratíes, que antes tenían los contactos directos simplemente vetados.

Como se ha visto desde que se firmara ese primer acuerdo, la mera eliminación de barreras antinaturales que no tienen más base que el prejuicio y el miedo al otro es un terreno inmensamente fértil para el progreso de individuos y pueblos a través de la cooperación, la competición y el ejemplo. Los exuberantes resultados que ya está suponiendo superar la absurda obstinación antiisraelí serán, con toda probabilidad, una influencia positiva en la región. Una influencia que arrastrará a otros pueblos y dirigentes, quizá también palestinos, a abrazar la vía de la concordia con el actor más dinámico y exitoso de la zona en beneficio de la paz, la amplitud de horizontes y la prosperidad de todos.

Esta vía de la cooperación y la concordia está siendo recibida con esperanza y entusiasmo por muchos sudaneses cansados del mensaje de odio, rencor y división que sus gobernantes han sembrado durante décadas a costa de sus propias libertades y posibilidades materiales. Así lo revela un reportaje publicado recientemente por el Times of Israel desde Jartum, donde el periódico preguntó a varios sudaneses sobre los acuerdos alcanzados por su Gobierno con el de Israel. Todos saludaban la nueva amistad con Israel y celebraban el florecimiento que, para un país pobre como Sudán, puede suponer abrirse a la inversión y la ayuda del pujante Estado judío.

Ese espíritu de optimismo y apertura hacia el que siempre se le había presentado al pueblo sudanés como el enemigo lo expresó mejor que nadie Ahmed, un soldador al que entrevistó el ToI. “El anterior Gobierno no hacía más que promover ideas de odio y extremismo”. Este trabajador de Jartum lamentó la indiferencia de las autoridades hacia “la vida cotidiana de sus ciudadanos”, y dijo que muchos sudaneses como él están “hartos” de discursos grandilocuentes. “Dejadme primero que dé de comer a mi familia”, concluyó Ahmed, que está convencido que la apertura hacia Israel es “una excelente oportunidad” para el desarrollo de Sudán en materia de agricultura, infraestructuras, tecnología y conocimiento.

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