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Es hora de aniquilar al Estado Islámico

¿Hasta dónde está dispuesto a llegar Obama?

Max Boot
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La decapitación grabada del periodista estadounidense James Foley revela tanto la barbarie como la debilidad del Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL).

La barbarie es evidente: cómo describir si no el asesinato minuciosamente coreografiado y televisado de ese inocente reportero secuestrado en Siria. Ello no hace sino confirmar lo que el coronel del Ejército Joel Rayburn, uno de los más perspicaces observadores de Irak que hay, había dicho previamente: que el EIIL es una versión de Oriente Medio de los Jemeres Rojos. En suma, es un culto a la muerte que cometerá crímenes inimaginables contra la humanidad a menos que se le detenga.

¿Y qué hay de la debilidad del Estado Islámico de Irak y el Levante? Eso también lo mostraba el vídeo, una pobre respuesta a los reveses militares que ha sufrido el grupo durante la semana pasada, en la que la milicia kurda de la peshmerga recuperó la presa de Mosul con ayuda de fuego norteamericano (y muy probablemente de las Fuerzas de Operaciones Especiales estadounidenses, aunque su implicación no se ha hecho pública). Recuerden la última vez que Al Qaeda asesinó públicamente a un periodista norteamericano: mi colega del Wall Street Journal Daniel Pearl, asesinado a comienzos de 2002 en un momento en el que, gracias a la ofensiva estadounidense en Afganistán, Al Qaeda se batía en desbandada. Jalid Sheik Mohamed mató a Pearl por la misma razón por la que algún fanático del EIIL ha asesinado a Foley: para dar sensación de fuerza. Pero esas medidas desesperadas lo que hacen en realidad es transmitir… bueno, desesperación, y, lejos de intimidar a nadie, lo único que hacen es redoblar la determinación del mundo civilizado a aplastar a este grupo de genocidas yihadistas.

Lo que hace falta ahora no son enérgicas condenas del asesinato de Foley, y mucho menos una campaña de hashtags. Lo que hace falta es una estrategia político-militar para aniquilar al EIIL en vez de limitarse a desportillar los bordes de su floreciente imperio. Hace poco esbocé en el Spectator londinense cómo debería ser semejante estrategia. Resumiendo, ésta requerirá comprometer a unos 10.000 asesores y miembros de Operaciones Especiales estadounidenses, amén de una reforzada fuerza aérea, para colaborar con elementos moderados tanto en Irak como en Siria (lo que incluye no sólo a los peshmergas kurdos, sino a tribus suníes, a elementos de las Fuerzas de Seguridad iraquíes y al Ejército Libre Sirio) en la ejecución de una gran ofensiva que expulse al Estado Islámico de Irak y el Levante de sus recientemente conquistados bastiones. El hecho de que Nuri al Maliki esté dejando el poder en Bagdad elimina un grave obstáculo para una campaña semejante.

Ahora es, simplemente, cuestión de recursos y de decisión por parte de Estados Unidos y de sus aliados. Eso, por supuesto, sigue siendo la gran incógnita: ¿hasta dónde llegará Obama? En las últimas semanas ha querido aplicar una interpretación libre de su mandato original para las fuerzas estadounidenses en Irak, que era proteger a los norteamericanos en Erbil y Bagdad. Pero, aparte de proteger a los yazidíes y reconquistar la presa de Mosul, seguimos necesitando una estrategia para aniquilar al EIIL. Puede hacerse, y si se hace bien será la mejor respuesta al salvaje asesinato de James Foley; de hecho, será la única respuesta digna.

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