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La olvidada guerra de Afganistán

¿Qué hará Trump con este conflicto eterno?

Max Boot
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EFE

La Guerra de Corea ha sido llamada a veces la Guerra Olvidada, pero sin duda tiene una lugar protagónico si se la compara con nuestra guerra en curso en Afganistán. Ésta, que dura ya más de quince años, es probablemente la guerra más larga de la historia estadounidense (si no se cuentan los 300 años de las Guerras Indias como un único conflicto). EEUU sigue teniendo aproximadamente unos 8.400 soldados en Afganistán, asesorando a las fuerzas locales y bombardeando a los talibanes, pero rara vez merece algún comentario en la opinión pública.

Sólo de vez en cuando algo relacionado con Afganistán atrae una mínima atención en EEUU, y sólo entre quienes ya siguen muy de cerca las noticias de ese país. El último caso fue el inexplicable ataque con explosivos en el fuertemente vigilado complejo gubernamental en la ciudad de Kandahar, en el que murieron al menos ocho personas y otras diez resultaron heridas cuando una delegación diplomática de Emiratos Árabes Unidos se encontraba reunida con el gobernador de Kandahar. (Se rumorea que los explosivos se ocultaron en unos cojines, lo que hace pensar que fue obra de alguien de dentro).

El embajador emiratí resultó herido, y también el gobernador de Kandahar. Entre los muertos se cuentan Abdul Alí Shamsi, el vicegobernador de Kandahar, precisamente el tipo de reformista tecnócrata y joven del que depende el futuro del país. Era consciente de los riesgos de ser vicegobernador –dos de sus predecesores fueron asesinados por los talibanes en los últimos años–, pero aceptó el trabajo de todas formas. Ahora ha pagado el precio final por su servicio público.

Existen pocas dudas de que las condiciones de seguridad se han ido deteriorando, especialmente en el sur, donde las fuerzas de EEUU lograron un gran avance frente a los talibanes antes de que el presidente Obama las retirara insensata y prematuramente. Ahora, como un eco del redespliegue de las fuerzas de EEUU en Irak tras otra desacertada retirada, 300 marines estadounidenses están volviendo a sus antiguas posiciones en la provincia de Helmand, que abandonaron en 2014, para ayudar a las fuerzas afganas. La situación en Helmand, desde hace tiempo un feudo talibán, es particularmente peligrosa, ya que la capital de la provincia, Lashkar Gah, está constantemente en riesgo.

El Ejército y la Policía afganos están luchando con valentía, pero se ven lastrados por la rampante corrupción y están sufriendo importantes bajas –según The Wall Street Journal, "más de 15.000 en los primeros ocho meses de 2016, incluyendo más de 5.500 muertos". El WSJseñalaba después:

Un liderazgo débil y la alta tasa de bajas han desplomado la moral entre las fuerzas convencionales, y las autoridades dicen que los insurgentes controlan ahora más territorio que nunca desde 2001.

No hay un peligro inmediato de que la capital del país, Kabul, caiga, pese a la capacidad de los talibanes de perpetrar ataques de gran envergadura en ella, y gran parte del oeste y del norte están relativamente seguros por la simple razón de que el Talibán es un movimiento pastún y no hay demasiados pastunes en esas regiones. Pero buena parte del sur y del este sí corren peligro. Su pérdida podría llevar a los insurgentes a las puertas de la capital.

Junto a una variedad de asuntos, en la bandeja de entrada de Donald Trump estará Afganistán desde el mero día 20. ¿Mantendrá el compromiso de EEUU ? ¿Lo reducirá? ¿Lo aumentará? ¿Y seguirá manteniendo las políticas –más permisivas– sobre el uso de la fuerza aérea instituidas por la Administración Obama en los últimos meses, o las hará aún más permisivas, reduciendo con ello la importancia de evitar bajas civiles?

Dado que dos altos cargos de Trump –el secretario de Defensa, Jim Mattis, y el consejero de Seguridad Nacional, Mike Flynn– han servido en Afganistán en calidad de generales, hay bastantes probabilidades de que presionen para redoblar los esfuerzos estadounidenses por hacer retroceder a los talibanes. Pero el país está harto de la guerra y Trump hizo campaña con un programa casi aislacionista y denigró el nation-building. Por eso cuesta imaginar que aumente significativamente la implicación de las tropas estadounidenses, como hizo el presidente Obama cuando tomó posesión del cargo. (El número de tropas estadounidenses aumentó más del triple con Obama, hasta los 100.000 efectivos).

Pase lo que pase, será una pequeña y temprana prueba para el enfoque de Trump sobre política exterior, que, como suele suceder, se está viendo eclipsado por otros asuntos más sexies.

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