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Las relaciones entre EEUU y Arabia Saudí después de Abdalá

La muerte del rey Abdalá brinda una buena oportunidad para reflexionar sobre las largas y complicadas relaciones entre Estados Unidos y Arabia Saudí.

Max Boot
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La muerte del rey Abdalá brinda una buena oportunidad para reflexionar sobre las largas y complicadas relaciones entre Estados Unidos y Arabia Saudí.

No se trata, en absoluto, de una alianza evidente, simple o natural. Estados Unidos es la tierra de los libres; Arabia Saudí, una de las sociedades más represoras del planeta, un país en el que la gente no tiene poder de decisión alguno en la elección de sus líderes, y en el que los blogueros son azotados y a las mujeres se les impide conducir. Norteamérica se guía por los principios de la Ilustración; Arabia, por la corriente fundamentalista wahabista del islam.

Pero desde los años 40 del pasado siglo la suerte de ambos países ha estado estrechamente unida. Durante muchos años la relación podía describirse simplemente así: los saudíes nos dan petróleo, nosotros les damos seguridad. En general sigue siendo así; pese a que nuestra dependencia del petróleo saudí vaya a la baja y nos hayamos vuelto más autosuficientes en lo que respecta a la energía, Arabia Saudí continúa siendo el segundo mayor exportador de petróleo a Estados Unidos, por detrás de Canadá. Además, aún depende mucho de las armas y asesores militares estadounidenses, y, en última instancia, de una implícita garantía de seguridad brindada por Norteamérica, como se puso de relieve cuando el presidente George H.W. Bush envió tropas al reino en 1990 para defenderlo de una agresión iraquí.

En los últimos años, una serie de acontecimientos ha complicado mucho la relación. En primer lugar, por supuesto, el 11-S: 15 de los 19 secuestradores eran saudíes, al igual que el líder de Al Qaeda, Osama ben Laden. Eso reveló las perversas consecuencias de la ideología fundamentalista saudí, que hizo surgir al grupo terrorista más peligroso del mundo. Pero cuando Al Qaeda comenzó a atacar Arabia Saudí, los saudíes contraatacaron, movilizando su muy efectivo aparato represor para acabar con los atentados. Eso hizo que los saudíes recuperaran, poco más o menos, el favor estadounidense.

Y una década después del 11-S llegó la Primavera Árabe. Con el cambio abriéndose paso en Oriente Medio, los saudíes actuaron como los campeones de la estabilidad represora; desempeñaron un papel similar al de la Santa Alianza (Rusia, Austria y Prusia), que acabó con los levantamientos liberales del siglo XIX en Europa. Los saudíes incluso enviaron sus tropas al vecino Baréin para reprimir las protestas chiíes, igual que el zar envió a su Ejército a Hungría para mantener el dominio austriaco durante las revoluciones de 1848. Eso ofendió la sensibilidad estadounidense, pero no perturbó gravemente la alianza, porque Norteamérica también se mostraba ambigua respecto a los levantamientos de la Primavera Árabe, como demostró nuestra confusa política egipcia.

Ahora, sin embargo, entre Estados Unidos y Arabia Saudí está abriéndose una brecha muy diferente y, potencialmente, más grave, debido a las relaciones con Irán. El presidente Obama está empeñado en lograr una entente con Teherán. Está desesperado por conseguir un acuerdo sobre el programa nuclear iraní que allane el camino para un amplio reordenamiento en Oriente Medio, en el que Irán pueda convertirse en socio, en vez de enemigo, de Estados Unidos. Ello queda de manifiesto en el hecho de que Norteamérica esté haciendo tan poco por oponerse a la expansión imperialista iraní en Líbano, Siria, Irak o Yemen, entre otros lugares; en todo ello la Administración Obama ve, ingenuamente, a Irán y a sus peones como aliados contra el Estado Islámico y Al Qaeda.

Los saudíes tienen una opinión muy distinta. Odian a Irán, no sólo porque sea un Estado chií, y, por tanto, compuesto por infieles desde el punto de vista de los píos wahabíes, sino porque es un Estado revolucionario y expansionista que está desafiando al poder suní en toda la región. Y Arabia Saudí, como la mayor y más rica de las petromonarquías del Golfo, hace mucho que se considera la principal defensora de los suníes. Así, respalda a una serie de intermediarios en Irak, Siria, el Líbano y Yemen para que combatan a Irán y a sus peones. Por desgracia, hay muchas sospechas de que entre quienes han recibido apoyo saudí se encuentran yihadistas como el Estado Islámico y el Frente Al Nusra.

Los saudíes están que trinan con el presidente Obama y su flirteo con los mulás iraníes. Quieren que Estados Unidos bombardee Irán, no que firme un acuerdo con él. Y quieren que emprendaacciones más enérgicas contra protegidos de los iraníes, como Bashar al Asad, no que llegue a acuerdos y compromisos con ellos, como ha hecho el actual inquilino de la Casa Blanca.

Por mucho que me duela decirlo, mi país se equivoca y Arabia Saudí tiene razón. El acercamiento de Obama a Irán no saldrá bien; los revolucionarios iraníes que aún siguen clamando "muerte a América" no harán causa común con nosotros. Y el precio de flirtear con ellos es hacer que los suníes, sobre todo en Irak, Siria y Yemen, caigan más en brazos de los yihadistas.

Sí, desde el punto de vista moral no es que haya mucha diferencia entre Arabia Saudí e Irán: ambas son teocracias despóticas que resultan repugnantes a los valores norteamericanos. Pero desde el punto de vista estratégico Irán es una amenaza mucho mayor para Estados Unidos y sus aliados.

Una analogía que puede resultar útil es la de la Segunda Guerra Mundial: en ella tuvimos que elegir aliarnos con el mal menor (Stalin) para derrotar al mal mayor (Hitler). No habría tenido sentido hacerlo al revés, como propugnaban algunos en la extrema derecha en los años 30: en otras palabras, unirnos a Hitler contra Stalin. Pero eso equivale a lo que Obama trata de hacer actualmente. Estaría mejor aconsejado si se tapara la nariz y restaurara los lazos con los saudíes, que, por odiosos que resulten, son una apuesta mejor que los iraníes.

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