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Maliki debe irse

Maliki ha presidido la desintegración de Irak; no merece un tercer mandato.

Max Boot
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No contento con hacerse con el control de Faluya y Mosul, el Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL) sigue avanzando de victoria en victoria. En una ofensiva relámpago -la versión terrorista de un blitzkrieg-, sus combatientes se han hecho ahora con el control de Tikrit, ciudad natal de Sadam Husein, y de Baiyi, sede de la mayor refinería de petróleo de Irak. Podemos suponer que, a continuación, avanzarán sobre Baquba, capital de la provincia de Diyala, y luego sobre la propia Bagdad. De hecho, en algunos aspectos, la batalla por Bagdad ya ha comenzado, pues el EIIL atenta regularmente con coches bomba en la capital y, como represalia, grupos extremistas chiíes en cometen atrocidades contra suníes inocentes. El Triángulo Suní está cayendo rápidamente en manos de un grupo tan radical y violento que incluso el líder de Al Qaeda, Aymán al Zawahiri, lo desautorizó.

Lo más desolador de todo puede que sea que el Ejército iraquí parece estar desmoronándoseante los continuos ataques que recibe. Sus soldados evacuaron Mosul tan deprisa que muchos dejaron atrás sus uniformes. Obviamente no vieron, y mucho menos emularon, el episodio del pasado domingo de Juego de Tronos, en el que una asediada guarnición de la Guardia de Noche lograba repeler a una horda salvaje mucho más numerosa. En Irak, los salvajes están en marcha y hay poco que pueda detenerlos antes de que alcancen el corazón del territorio chií.

En ocasiones anteriores he señalado que esto no tenía por qué ocurrir, que esta angustiosa situación podría haberse evitado si el presidente Obama hubiera dejado tropas estadounidenses en Irak después de 2011. Pero no lo hizo. ¿Y ahora qué? En el Wall Street Journal del miércoles, Ken Pollack, miembro de la Brookings Institution, brinda algunas ideas imaginativas para unasreformas que podrían transformar el sistema político iraquí a fin de capacitarlo para enfrentarse a esta amenaza.

Por ejemplo, defiende "una enmienda constitucional que imponga un límite de dos mandatos para el presidente y el primer ministro", “un nuevo Gobierno de unidad nacional, que incluya a un dirigente kurdo como ministro de Defensa y a un líder suní de uno de los partidos de la oposición como ministro del Interior”, y “una reforma constitucional que redefina el poder Ejecutivo iraquí, con Seguridad y Asuntos Exteriores bajo control del presidente, y Economía e Interior bajo el del primer ministro”.

Son buenas ideas, pero es poco probable que se pongan en práctica, como reconoce el mismo Pollack, dado el estado actual de la política iraquí y la debilidad de la influencia norteamericana en Irak en estos momentos. En vez de presionar para que se lleven a cabo unos cambios de tanta envergadura, Estados Unidos haría mejor en presionar para que hubiera un nuevo primer ministro. El partido de Maliki salió vencedor de las elecciones legislativas de abril, pero carece de los votos necesarios para formar Gobierno en solitario. Necesita el apoyo de otros partidos, especialmente de los chiíes y de los kurdos. Estados Unidos debería emplear la influencia que le quede para evitar que ello suceda.

Maliki ha presidido la desintegración de Irak; no merece un tercer mandato. El país necesita desesperadamente un nuevo líder. Hasta que ese cambio se produzca, no tiene mucho sentido enviar más ayuda estadounidense que, si podemos juzgar a raíz de lo sucedido en Mosul, es probable que acabe armando a los insurgentes.

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