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Por qué el Yemen seguirá siendo un caos

Si las fuerzas aéreas estadounidenses logran expulsar al EI de la localidad, será una victoria para Irán y sus peones.

Max Boot
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Las noticias de que las fuerzas iraquíes han conquistado Tikrit deben ser tomadas con precaución: ya se ha cantado victoria antes sin que llegara a materializarse. Y si de verdad los combatientes del Estado Islámico han sido expulsados de Tikrit, el triunfo será de las milicias chiíes respaldadas por Irán, que constituyen la inmensa mayoría de las fuerzas atacantes y que, pese a lo que afirma Estados Unidos, no se han retirado. Así, si las fuerzas aéreas estadounidenses logran expulsar al EI de la localidad, será una victoria para Irán y sus peones.

Sea cual sea su impacto, la ofensiva sobre Tikrit lleva aparejada una importante lección para la ofensiva egipcio-saudí que está llevándose a cabo en el Yemen: concretamente, que no basta con golpear a tus enemigos desde el aire, como están haciendo los saudíes con la milicia huzi apoyada por Irán. El éxito militar requiere un asalto de fuerzas combinadas, es decir, ha de haber tropas terrestres que aprovechen la apertura creada por las modernas fuerzas aéreas. En Tikrit, como ya se ha mencionado, la mayor parte de dichas fuerzas terrestres son milicias apoyadas por Irán. ¿Qué sucede en el Yemen?

Allí hay tropas que permanecen leales al depuesto presidente Abd Rabuh Mansur Hadi y que están combatiendo a los huzis en las calles de Adén, pero no está claro en absoluto que, ni aun con el apoyo aéreo saudí, puedan hacer retroceder a las milicias huzis, por no hablar de Al Qaeda en la Península Arábiga, que también constituye una gran amenaza, aunque los saudíes no se estén centrando en ella de momento. Puede que haya coordinación entre los ataques aéreos y las tropas terrestres de Hadi, pero de momento no lo parece. Y puede que los saudíes estén brindando apoyo con armas y adiestramiento a dichas tropas, pero tampoco lo parece.

Lo que parece es que los saudíes están bombardeando de forma bastante libre y no demasiado precisa. Los últimos informes señalan que las fuerzas aéreas saudíes han atacado el campo de refugiados de Al Mazraq, causando la muerte de al menos 19 personas, entre ellas mujeres y niños. Si los que lanzaron esas bombas hubieran sido aviones israelíes, lo habrían descrito como un crimen de guerra, y se habría presionado a Naciones Unidas para detener ese bárbaro ataque. Como son saudíes, la comunidad internacional no dirá ni hará demasiado, pero sigue existiendo un riesgo real de que, al causar víctimas civiles innecesarias, los saudíes disuadan a posibles aliados y los empujen en brazos de los huzis o de Al Qaeda en la Península Arábiga en busca de protección.

Los saudíes y los egipcios que los ayudan han amenazado con enviar fuerzas terrestres para limpiar el Yemen, pero no parece que lo estén haciendo, al menos de momento, y puede que dé lo mismo. Todos hemos visto las dificultades que, durante la última década, han tenido las tropas estadounidenses –las mejores del mundo– en su lucha con las guerrillas de Irak y Afganistán. No hay motivos para creer que el reto de pacificar el Yemen, un conocido país sin ley, vaya a ser menor, pero hay muy buenos motivos para temer que las tropas egipcias y saudíes no tengan, ni de lejos, la capacidad de combate de las fuerzas estadounidenses.

Los saudíes, básicamente, carecen de experiencia en combate, y la que tienen los egipcios se debe a operaciones de seguridad interna contra los Hermanos Musulmanes y diversos grupos yihadistas del Sinaí. Es algo muy distinto tratar de desplegar fuerzas en un país extranjero –de acuerdo, un país fronterizo con Arabia Saudí, pero que queda a 1.400 km de El Cairo– y acabar con una insurgencia extranjera. Los egipcios lo intentaron por última vez en el Yemen en los años 60, y perdieron, con un coste de 25.000 bajas. El peligro es que si saudíes y egipcios actuaran sobre el terreno y la campaña les fuera mal, la consiguiente reacción podría desestabilizar el régimen de Sisi y a la familia real saudí.

El temor a acabar en un atolladero bien podría disuadir a saudíes y egipcios de enviar fuerzas terrestres al Yemen, pero a falta de una intervención exterior es difícil ver cómo va a ser posible derrotar a los huzis, y menos aún a Al Qaeda en la Península Arábiga, y pacificar el país. La mejor apuesta sería que Estados Unidos, en colaboración con los saudíes y otros aliados, invirtiera mucho más tiempo, energía y recursos en el adiestramiento de las tropas de Hadi de los que se han empleado hasta ahora, pero esos programas de adiestramiento son algo a largo plazo, y es poco probable que dieran resultado a menos que el régimen por el que luchan las tropas se considere legítimo de forma mayoritaria, lo que, probablemente, no ocurre en el caso del Yemen. Hadi, al fin y al cabo, llegó al poder tras el derrocamiento del anterior dictador, Alí Abdulá Salem que antaño luchó contra los huzis pero que ahora está aliado con ellos.

Por desgracia, el Yemen es un caos, y probablemente lo siga siendo. Lo mejor sería que los saudíes, mediante una juiciosa actuación de su fuerza aérea, pudieran evitar que Irán consolidara su control del país. Pero si los saudíes tienen realmente una estrategia para derrotar a los huzis (¡y a Al Qaeda!) y pacificar el Yemen siguen guardándolo muy en secreto.

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