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Un análisis lúcido del Estado Islámico

Si bien es un peligro claro e inminente, no convirtamos a estos fanáticos yihadistas vestidos de negro en superhombres de tres metros.

Max Boot
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Sin duda, el Estado Islámico [anteriormente conocido como Estado Islámico de Irak y el Levante] es una amenaza que va en aumento; de hecho, es la más inmediata que afrontamos en Oriente Medio. Y es una amenaza formidable, que ha tomado el control de un área del tamaño del Reino Unido en Irak y Siria. Se estima que sus combatientes pueden ser unos 17.000 y que, tras haber saqueado los arsenales iraquíes, están bien equipados con armas (muchas de ellas de fabricación norteamericana) y dinero. El Estado Islámico acaba de demostrar su alcance cada vez mayor al arrebatarle la base aérea de Taqba al régimen de Bashar al Asad, haciéndose así con el control efectivo de la provincia siria de Raqa, donde está situada su capital de facto. Pero no exageremos su poder.

El Guardian cita las palabras de un"diplomático regional" (quienquiera que sea):

El Estado Islámico es ahora la potencia militar más poderosa de Oriente Medio fuera de Israel. En unos pocos días pueden decidir resultados que a los rebeldes sirios les costaron dos años. Su capacidad contrasta radicalmente con la del régimen sirio, que sólo puede combatir las batallas de una en una y que ha de luchar tenazmente por cada triunfo.

En sus primeros dos meses de vida, el denominado Califato ha logrado un éxito sin parangón. Va camino de crear cimientos para crecer económica, militar y políticamente de forma sustancial. Es el grupo terrorista mejor equipado y más capaz del mundo. No se parece a nada que hayamos visto hasta ahora.

Es cierto que el Estado Islámico se ha convertido en el grupo terrorista más capaz del mundo, y que está muy lejos de ser un "equipo de instituto", como lo definió el presidente Obama. Pero analicemos ese logro con perspectiva. Como sostengo en mi libro Invisible Armies ["Ejércitos invisibles"], los grupos terroristas son, en general, menos capaces que las guerrillas, que, a su vez, son, en general, menos capaces que los ejércitos convencionales (tener armas de destrucción masiva puede trastocar esa jerarquía, pero, afortunadamente, el Estado Islámico no las tiene… aún). Casi todos los grupos terroristas aspiran a convertirse en guerrillas, las cuales aspiran a convertirse en ejércitos convencionales. En otras palabras, decir que un grupo es la fuerza terrorista más poderosa del mundo es como decir que un equipo de béisbol es el mejor de las ligas menores; no es lo mismo que insinuar que puede derrotar a los New York Yankees.

Es cierto que el Estado Islámico ha estado tratando de pasar de ser un simple grupo terrorista a una guerrilla, e incluso a un ejército convencional capaz de tomar y controlar territorios. También está intentando desarrollar una rudimentaria capacidad administrativa para todo el territorio que ha tomado. Y también ha estado avanzando de forma alarmante en cuanto a capacidad, pero muestra, asimismo, una considerable debilidad.

Véase, por ejemplo, lo fácilmente que fue expulsado de la presa de Mosul por soldados kurdos e iraquíes con ayuda de fuerza aérea estadounidense. Como he expuesto anteriormente, la decapitación de James Foley fue un acto más de desesperación, ideado para demostrar que el grupo aún posee relevancia. Lo mismo ocurre con la noticia de que acaba de ejecutar a su propio jefe de inteligencia en Alepo por sospechoso de ser un espía británico; sea o no cierta la acusación, es un signo de la debilidad del Estado Islámico y del grado en el que acusa la tensión hasta por la muy limitada contraofensiva que ha sufrido en el norte de Irak.

Mencionar al EI en la misma frase que a las Fuerzas de Defensa de Israel –unas de las fuerzas militares más profesionales y capaces del mundo, con 176.000 miembros en servicio activo, casi 4.000 tanques y 10.000 vehículos armados de combate, casi 700 aeronaves, 110 navíos y, no nos olvidemos, armas nucleares– es ridículo. Como fuerza de combate, el Estado Islámico ni siquiera es comparable a los ejércitos de Egipto, Jordania, Irán o Arabia Saudí (aunque este último sea el más débil del lote): cualquiera de ellos podría aplastar al EI si combatieran en sus respectivos territorios. El motivo por el que el grupo terrorista ha parecido tan formidable es que opera en el territorio de dos países, Siria e Irak, que han sufrido desastrosos desplomes de la autoridad de sus respectivos Gobiernos. Sus ganancias, hasta ahora, son más el reflejo de la debilidad de Bashar al Asad y de Nuri al Maliki que de su propia fuerza.

Si bien el Estado Islámico es un peligro claro e inminente para Estados Unidos y sus aliados, no convirtamos a estos fanáticos yihadistas vestidos de negro en superhombres de tres metros. Su antecesor, Al Qaeda en Irak, fue aplastado contundentemente en 2007-08 y podría serlo de nuevo si Estados Unidos se propusiera en serio destruirlo.

Por desgracia, por ahora no hay signo alguno de seriedad al respecto por parte de la Casa Blanca, que sigue vacilando mientras el Estado Islámico gana terreno. Cuanto más tardemos en enfrentarnos a él, más formidable se volverá y más difícil será desmantelarlo.

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