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Miguel del Pino

Coronavirus, Pedro Sánchez y Ramón y Cajal

Siempre es noble regalar, pero es necesario recordar a don Pedro Sánchez Castejón que muchísimos españoles sobrenadan en la miseria.

Miguel del Pino
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Siempre es noble regalar, pero es necesario recordar a don Pedro Sánchez Castejón que muchísimos españoles sobrenadan en la miseria.
Retrato del capitán médico Santiago Ramón y Cajal. | Museo del Ejército.

Acabo de escuchar al presidente Sánchez los detalles acerca de un regalo de diez millones de euros con el que ha agraciado a una serie de organizaciones internacionales de evidente afinidad ideológica con sus planteamientos, con la finalidad de que la pandemia del coronavirus no afecte de manera especial a colectivos desfavorecidos o discriminados.

La exageración de la pronunciación del idioma inglés por parte del presidente español hace difícil recordar los nombres de tales organizaciones, pero lo que queda claro en el mensaje es que cubriremos sus objetivos todos-todas y juntos-juntas.

Siempre es noble regalar, y desde el punto de vista de la satisfacción personal, dar es mucho más gratificante que recibir, pero es necesario recordar a don Pedro Sánchez Castejón que muchísimos españoles sobrenadan en la miseria y algunos de ellos ni siquiera han cobrado en su totalidad los prometidos ERTES.

De manera simultánea algunos políticos tratan de reivindicar a uno de los más eminentes científicos españoles. Santiago Ramón y Cajal, Premio Nobel, español de pro y auténtico genio, no sólo desde el punto de vista científico sino también desde el humanístico.

Dos años después de la concesión al sabio del Premio Nobel de Fisiología y Medicina por su Teoría de la Neurona (1905), Cajal fue nombrado director del Laboratorio de Investigaciones Biológicas, perteneciente a la Junta de Ampliación de Estudios, creada por Alfonso XIII con el objetivo de becar a jóvenes investigadores para que completaran su formación en el extranjero. Demostró en tal ocasión una vez más su altísimo concepto de la responsabilidad social que no sólo no debe excluir a los investigadores, sino que les obliga de manera muy especial.

Cuando con motivo de su nombramiento se le preguntó si no debería solicitar un mayor sueldo al menos homologable al de otros directores de instituciones de cualificación similar, Don Santiago respondió lo siguiente: "No, porque no ansío vivir en la opulencia, y porque columbro a través de cada moneda recibida la faz curtida y sudorosa del campesino que en definitiva es quien financia los lujos que muchas veces suponen nuestras investigaciones".

No estaría de más grabar en piedra esta máxima del genio y colocarla bien visible en el Parlamento para hacer reflexionar a nuestros políticos sobre el carácter sagrado de esos fondos que manejan, a veces con alegría, otras con manifiesto desacierto, como ha ocurrido en las compras de material supuestamente protector para los sanitarios.

Como es natural hay que situar la frase de Ramón y Cajal en su momento histórico; no se trata de devaluar la necesidad imperiosa actual de financiar proyectos científicos y médicos, sino de relacionar financiación científica y esfuerzo de los trabajadores, todo lo contrario al tristemente célebre "El dinero público no es de nadie".

Precisamente la gran asignatura pendiente de la España del principio del siglo XX era la nunca abordada reforma agraria, de manera que no es extraño que la intuición y el patriotismo del Nobel español enfocara el esfuerzo necesario en el rostro sudoroso de un campesino.

No se puede decir que la posteridad haya sido generosa con la memoria de Ramón y Cajal, cuyos méritos no se remontan sólo a sus descubrimientos científicos, sino a una intachable conducta moral que llegó a la abnegación en su participación en la Guerra de Cuba. Poco después de su muerte, su automóvil que con tanto esfuerzo había adquirido, fue requisado por los milicianos que asaltaron su residencia de la calle Alfonso XII de Madrid tras amedrentar al ama de llaves, que había quedado vigilando la vivienda y el laboratorio.

Tampoco la actualidad se muestra agradecida con la memoria del genio: el palacete a que nos referimos, lindante casi con el Museo Nacional de Antropología, habría sido la sede ideal de un museo en su recuerdo, ya que mantenía íntegra su estructura y las dependencias en una planta superior donde se encontraba el laboratorio.

Resultó imposible que el inmueble fuera adquirido por el Estado y hoy día están a punto de finalizar las obras que lo van convirtiendo en un bloque de apartamentos de lujo; entretanto los libros, los microscopios y en definitiva los recuerdos de nuestro glorioso científico se guardan en cajas apiladas en los pasillos de algunos centros de investigación, de manera que piensen los políticos lo que dicen cuando tratan de reivindicar su memoria.

El principal descubrimiento de Ramón y Cajal fue el de la célula nerviosa, en tiempos en que, aunque ya se admitía que los tejidos están formados por células, se hacía excepción con los centros nerviosos, que se suponían integrados por una materia pastosa. Cajal no sólo descubrió con sus geniales técnicas de tinción las estrelladas células nerviosas llamadas neuronas, sino que también intuyó su funcionamiento.

La "Teoría de la neurona" de Cajal establece que la neurona es la unidad funcional del tejido nervioso, y estableciendo la "Ley de la polaridad dinámica", aclara que esa célula, de forma estrellada y con una serie de prolongaciones, tiene una zona por donde recibe los estímulos y otra por donde los emite hacia la célula siguiente. El sabio interpretó perfectamente lo que sus preparaciones microscópicas le habían permitido observar.

Las frases de enorme trascendencia social pronunciadas por el genio en referencia a los dineros públicos a que nos referíamos al comienzo, se recogen en una obra de madurez de Cajal titulada "El mundo visto a los ochenta años". Realmente no tiene desperdicio.

Miguel del Pino Luengo es biólogo y catedrático de Ciencias Naturales.

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