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Miguel del Pino

¿Cuántos lobos hay que matar?

Después de muchos años de ecología tengo la respuesta: ninguno.

Miguel del Pino
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Después de muchos años de ecología tengo la respuesta: ninguno.
Lobo | Pixabay/CC/Alexas_Fotos

Como casi siempre en lo referente a nuestro lobo ibérico (Canis lupus signatus), la polémica se genera permanentemente en las pocas comunidades ibéricas en que sobrevive el lobo. ¿Hay que dar batidas y autorizar las matanzas de lobos para evitar que causen perjuicios a los ganaderos? Si la respuesta fuera afirmativa ¿cuántos hay que matar?, ésta es la eterna pregunta.

Como siempre será la derecha la que organice la matanza y autorice las cacerías, porque, una vez más, la "ecologista izquierda" hará de buena y se opondrá, de manera que nuevamente se comerá la merienda, como con las cotorras de Madrid y en tantas otras ocasiones.

¿Cuánto vale un lobo?

Si estuviera suficientemente desarrollada una economía ecológica, habría que poner en valor cada ejemplar de cada una de nuestras especies silvestres, mucho más aún si pertenecen a endemismos, es decir, a animales que sólo existen en España y que añoran en otros países de nuestro entorno europeo porque ellos, o nunca las tuvieron o ya las han exterminado. El lobo, el lince ibérico entre los mamíferos, y el águila imperial y el urogallo entre las aves son ejemplos suficientemente significativos.

Habría que valorar, no en términos de romanticismo o de conservacionismo ecológico, cada uno de los ejemplares de nuestras especies-joya; y en el caso de las predadoras, comparar esta cantidad con la suma de la valoración de las especies-presa sobre las que inciden, con especial sensibilidad por los intereses de los ganaderos que soportan su presión para inmediatamente indemnizarlos: así de sencillo.

Se equivocan los ganaderos de las sierras loberas si creen que con la extinción de los últimos lobos con los que conviven sus ovejas, sus terneras o sus potrancas, verán florecer sus intereses económicos: todo lo contrario; desposeídos del atractivo natural, o mejor, de las plusvalías que la fauna silvestre española supone para sus territorios, serán olvidados por la Administración y correrán serio peligro de pasar a formar parte de la tristeza de la España despoblada. El lobo, mucho mejor que sus ovejas, podría salvarles de ello.

¿Puede ser rentable el lobo?

¿Han oído hablar del turismo ecológico? ¿De la riqueza que puede suponer para una comarca tener especies silvestres como el lobo, el oso, el águila imperial o el lince entre el inventario faunístico de sus territorios? ¿Saben que sólo en el Reino Unido hay más de un millón de licencias de observadores de aves entre sus ciudadanos?

A los cazadores, que habitualmente respetamos como lo que deben ser, aliados de la conservación de la naturaleza, hay que decirles muy claramente que la muerte de una especie emblemática nunca puede ser objetivo de su actividad. Si en un momento determinado hubiera que eliminar una manada por atacar al hombre ¡cosa jamás demostrada en España!, deberían ser los guardas forestales quienes lo hicieran, por una simple cuestión ética. Ni un solo animal ibérico de las características del lobo o del lince debería ser jamás cazado como parte de una actividad deportivo-venatoria: ellos mismos - los cazadores auténticos - deberían considerar, por poco que amen a la naturaleza, que tal circunstancia sólo podría inspirar verdadera pena.

A los ganaderos que soportan la pérdida de cabezas de su ganado, generalmente ovino, por la presión de las manadas de lobos de su entorno, hay que decirles que sus rebaños también, como el lobo, son necesarios para el monte, porque pastan la hierba y limpian el suelo, y porque contribuyen a evitar la despoblación humana, que es el mayor problema ecológico de nuestros espacios naturales. Deben ser indemnizados, con justicia y con agilidad, sin la dichosa burocracia que termina por hacer inútiles las medidas si éstas se retrasan; y no sólo por las reses muertas, también por las que resulten lesionadas.

Y a la Administración hay que pedirle que gestione, por ejemplo: subvencionando a los ganaderos la electrificación de los cercados de los pastizales o la construcción de refugios y apriscos nocturnos, que se aseguren de que dispondrán de mastines, que son los mejores controladores del lobo y que en los montes loberos habrá la suficiente población de presas silvestres para el lobo, por ejemplo de corzos, que disuada al cánido de acercarse al ganado. Dicen los campesinos que saben de esto: "Si en el monte hay corzo, el lobo comerá corzo"… y tienen razón.

No se puede matar un solo lobo porque la unidad funcional de su especie, que es social, no es el individuo, sino la manada, de manera que si abate algún ejemplar aislado el resto del grupo se desestabiliza, se dispersa y se convierte en un problema mayor, de manera que hay que matar manadas enteras, es decir, exterminar, así de claro.

Somos muchos los españoles que, vivamos en el campo o en la ciudad, queremos que nuestros impuestos contribuyan a la correcta gestión de la naturaleza, y que se garantice, entre otros muchos derechos, el de saber que nuestra fauna sigue siendo la más diversa, rica, y bella de toda esa Europa que quiere darnos lecciones de ecología con sus Directivas. Con mis impuestos, me encanta que se indemnice a los ganaderos, pero que no se mate ni un solo lobo, ni uno solo, repito.

Y ahora vendrán las críticas, pero las recibiré de frente, sin ponerme de perfil, porque por algo no soy un político.

Miguel del Pino Luengo es biólogo y catedrático de Ciencias Naturales.

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