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Vuelve la guerra de las ballenas

El gobierno japonés anunca que se retira de “Comisión Ballenera Internacional” (CBI) y que va a retomar las actividades de caza masiva de cetáceos.

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Pesquero de ballenas Yushin Maru. | Efe

En los años ochenta del pasado siglo el mensaje "Salvar las ballenas" se convirtió en un verdadero icono de la lucha de este movimiento. La presión de las flotas balleneras había disminuido notablemente, pero la decisión por parte de Japón de volver a pescar algunas especies de cetáceos ¿o habría que decir "cazar"? ha vuelto a abrir las viejas heridas.

El gobierno japonés acaba de anunciar que se retira de la llamada "Comisión Ballenera Internacional" (CBI) y que va a retomar las actividades de caza masiva de estos mamíferos marinos tras haber reducido hasta mínimos sus capturas durante los últimos treinta años.

Las intenciones japonesas son tan firmes que hasta se ha puesto fecha al límite de las actuales moratorias: Japón saldrá de la CIB el próximo mes de junio y un mes después los cañones arponeros volverán a disparar para reanudar la llamada "actividad comercial".

Sólo dos países se han mostrado reticentes a la hora de acatar las recomendaciones internacionales que vienen pidiendo durante décadas el final de la actividad ballenera: Japón y Noruega, ambas implicadas culturalmente en la caza de cetáceos. Noruega se mostró más flexible, pero para los japoneses es casi una cuestión de honor y por tanto es muy difícil convencer a sus autoridades para que acepten las presiones internacionales.

Las intenciones de dichas autoridades se manifiestan a largo plazo, ya que el ejecutivo nipón defiende que se trata de una actividad que "hay que transmitir a las siguientes generaciones", ya que forma parte de la "riqueza cultural japonesa".

No hace falta decir que la respuesta verbal de los medios ecologistas no se ha hecho esperar, y que se anuncian medidas contra la reanudación de la caza masiva comercial de cetáceos. Particularmente crítico ha sido el gobierno australiano, que dice mostrarse "extremadamente decepcionado" por las declaraciones de sus no lejanos vecinos.

Tras la adopción de la moratoria en la caza comercial de ballenas en 1986, cuando algunas de las especies diana se encontraban en verdadero peligro de extinción, Japón trató de escapar del acuerdo internacional afirmando que "continuaría la actividad ballenera no con fines comerciales sino científicos": una verdadera burla impropia de un país que, en tantos otros aspectos, muestra una especial sensibilidad con la Naturaleza.

Los intentos de control que siguieron a este incumplimiento de los acuerdos internacionales para tratar de demostrar que no era cierto el supuesto "científico" de la pesca japonesa merecerían un guion literario o cinematográfico; se llegó a controlar el ADN de la carne que se ofrecía en los mercados para demostrar que procedía de ejemplares obtenidos mediante la supuesta pesca científica, y que no terminaban en el laboratorio, sino en las carnicerías especializadas.

Aunque el número de ballenas cazadas con "fines científicos" se redujo bastante en comparación con el de pasadas campañas comerciales, los constantes descubrimientos sobre la falsedad de los argumentos nipones motivaron la intervención, el año 2014, del Tribunal Internacional de Justicia, que ordenó al Gobierno de Tokio que cesará la pesca de ballenas; de nada sirvió, ya que tal determinación fue ignorada alegando motivos económicos y culturales.

Las organizaciones científicas, no sólo las ecologistas, llevan décadas tratando de crear zonas de reserva en los mares australes a las que las ballenas puedan acudir en sus migraciones naturales para poder reproducirse. Hasta aquí las perseguían los supuestos científicos japoneses, que ahora tendrán que descubrir sus verdaderas intenciones si acosan a los cetáceos.

A mediados de los años sesenta la actividad ballenera japonesa era verdaderamente febril y llegaba a capturar cerca de 25.000 ballenas al año: hay que reconocer que tras la Segunda Guerra Mundial, en plena depresión económica japonesa, al consumo de carne de ballena era una de las principales fuentes alimentarias para la población, pero posteriormente había disminuido tanto que ya nadie puede alegar que se trate de un recurso imprescindible.

En siglos pasados uno de los principales perseguidos entre los cetáceos era el cachalote, conocido como "ballena espermática", y no por su carne, sino sobre todo por una sustancia contenida en el interior de su cráneo conocido como "ámbar gris" que era utilizado para la fabricación de perfumes. La novela de Edgard Melville titulada Moby Dick, de lectura obligada para los adolescentes amantes de la naturaleza de hace unas décadas y posteriormente llevada al cine, narra las hazañas de un cachalote blanco de supuesta ferocidad extrema. Al parecer se basa en hechos reales.

Una de las formas de lucha contra la actividad ballenera en las últimas décadas del siglo pasado fue el llamado "turismo ballenero" que se inició cuando un avispado emprendedor habitante de la costas suroeste de los Estados Unidos, montó una caseta en la playa provista de un telescopio en una zona especialmente adecuada para observar el paso de cetáceos: "vea una ballena por un dólar", era el reclamo publicitario, y supuso un alivio para los gigantes del mar al demostrar que una ballena viva podía valer más que una ballena muerta.

Parece muy complicado defender a las ballenas australes tras la repentina decisión japonesa; en el Hemisferio Norte los últimos países balleneros, Noruega e Islandia se muestran más receptivos a la protección integral, que podría contemplar la excepción de autorizar a los pueblos islandeses que necesitan los productos balleneros para su supervivencia.

En definitiva, la "Guerra de las ballenas" acaba de reanudarse y no resulta fácil mostrar optimismo sobre el futuro de las especies objeto de pesca. Las ballenas son cetáceos con barbas, que son estructuras filtradoras para retener el krill, un pequeño crustáceo que forma la base de su dieta; otro gran grupo son los cetáceos con dientes, como los delfines o los cachalotes: estos últimos, expertos en buceo a grandes profundidades donde capturan los calamares gigantes de los que se alimentan principalmente.

Recordemos que cuando tanto nos admiramos ante el gigantismo de los dinosaurios, mostrado por sus fósiles, un animal viviente, la Ballena azul, es la criatura más grande que jamás haya habitado nuestro planeta en toda su historia: el naturalista Linneo, pionero en el establecimiento de la clasificación de los seres vivos, tuvo un rasgo humorístico al nombrar a esta gigantesca criatura como Ballenoptera musculus, que quiere decir "ballena ratoncito".

En definitiva hay que dirigirse nuevamente a las organizaciones científicas internacionales con la petición clásica: "Salvad las ballenas", aunque confesamos que no con demasiado optimismo, al menos en lo referente a las especies más perseguidas.

Miguel del Pino Luengo es biólogo y catedrático de Ciencias Naturales.

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