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La felicidad de los españoles

Que los españoles se encuentren satisfechos con su vida no significa que lo estén con todas su facetas.

Mikel Buesa
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Para los economistas, la medida de la calidad de vida ha sido por lo general un enigma, a pesar de que buena parte de sus reflexiones teóricas hacen referencia a ella. La dificultad de encontrar un indicador adecuado del bienestar individual ha hecho que se recurra a la más fácil contabilidad de los ingresos personales, dando por supuesto que, si no de una manera completa, al menos sí de una forma determinante, el dinero da la felicidad. Sin embargo, los estudios sobre este asunto señalan que la felicidad es compleja y que la sensación que los individuos tienen acerca de su satisfacción con la vida se forma a partir de diferentes factores. Si hubiera que hacer una síntesis, se podría decir que, como en la canción que escribiera en 1941 el argentino Rodolfo Sciammarella, aunque no en el mismo orden, los tres más fundamentales son el amor, la salud y el dinero.

Ahora, dentro de la Encuesta de Condiciones de Vida, el Instituto Nacional de Estadística se acaba de adentrar por primera vez en este asunto publicando el Módulo de Bienestar correspondiente al año 2013. Lo primero que nos dice el INE es que una mayoría de españoles se encuentra razonablemente satisfecho con su vida, de modo que, en el promedio nacional, la nota que se alcanza es 6,9; más o menos lo mismo que lo que señalan los estudios europeos para el conjunto de los habitantes de la Unión. Esa puntuación es el resultado de agregar las valoraciones de quienes aprueban su propia vida –el 90, 3 por ciento– y quienes la suspenden –el 9,7 por ciento–. Y si se entra a indagar dónde se gestan las diferencias entre unos y otros se puede comprobar que hay más felicidad entre los jóvenes que entre los viejos, entre los que tiene unos ingresos más elevados, entre los han llegado a los niveles educativos superiores y entre los que tienen un empleo frente a los que están parados o son inactivos. Curiosamente, los hombres son igual de felices que las mujeres, no existen diferencias de género en este asunto.

Que los españoles se encuentren satisfechos con su vida no significa que lo estén con todas su facetas. En particular, la satisfacción es más elevada que el promedio general en lo que respecta a la vivienda que cada uno ocupa –no existiendo diferencias significativas según la edad, el sexo, los ingresos, el nivel educativo o la actividad laboral– y a las relaciones personales que mantiene con sus congéneres –aunque en este caso hay diferencias en favor de los más jóvenes, las personas de mayores ingresos y las que tienen un título universitario–. Conviene apuntar que aunque las relaciones personales alcanzan una elevada puntuación (7,8 en el promedio), la confianza en la mayor parte de las personas es significativamente menor (6,3), debido sobre todo a que un tercio de los españoles dan a este concepto sólo un aprobado, y un sexto lo suspenden. Y en esto no hay diferencias relevantes entre unos y otros. Dicho de otra manera, parece que en España la existencia de desconfianza hacia los otros afecta poco a la satisfacción con las relaciones sociales.

También hay aspectos para con los que la satisfacción se reduce sensiblemente con respecto al nivel general. A este respecto, los españoles desaprobamos claramente algunas instituciones que son esenciales en la configuración de la sociedad. Las más repudiadas son las que configuran el sistema político. Éste sólo aprueba para el 18,3 por ciento de la población y es suspendido por un amplísimo 81,7 por ciento, alcanzándose así una nota media de 1,9. Es importante observar que esta reprobación se extiende de manera generalizada sobre todos los estratos de la población, con diferencias muy pequeñas entre ellos, de modo que si hubiera que destacar a los menos disconformes sólo hablaríamos de los mayores que están jubilados y los que tienen más ingresos, aunque en ambos casos la nota que conceden no supera el 2,3.

Otra institución severamente cuestionada por los españoles es el sistema judicial, para el que la confianza puntúa con un promedio de 3,1. En este caso, son dos tercios de los ciudadanos los que suspenden a los jueces, y en el tercio restante resultan mayoritarias las puntuaciones de aprobado raspado. Parece como si resurgiera el viejo refrán, que el Instituto Cervantes considera en desuso, expresando ahora nuestra desconfianza en la justicia: "Pleitos tengas y los ganes". Una desconfianza que, como en la política, se palpa en todos los segmentos de la población española, singularmente, por su percepción más negativa, entre los más pobres, los de menor nivel educativo y los parados.

Sólo la policía, con un aprobadillo, cuenta con el beneplácito de los ciudadanos. Con un 5,4 de nota media, la confianza en las fuerzas de seguridad aparece más valorada cuanto mayor es la edad de los preguntados y más altos son sus ingresos y su nivel educativo. Los jubilados son los españoles que más ponderan la labor policial; y, frente a ellos, los parados y los más jóvenes son los únicos que la desaprueban, aunque su nota de 4,9 en promedio roza el aprobado. Se ve que los viejos tópicos acerca de la gente de orden en España continúan vigentes, aunque de una manera muy atenuada, pues con la enorme extensión de las clases medias han ido desdibujándose las fronteras entre unos u otros estratos de la población.

En los demás aspectos de la satisfacción personal los promedios que anota la encuesta del INE se acercan al más general. Es el caso del trabajo, el tiempo disponible o el entorno de áreas verdes en la zona en la que cada uno vive. Y también, aunque con un menor nivel, de la situación económica. Aquí la nota media es de 5,8 y hay casi una cuarta parte de la población que la suspende. La satisfacción con cómo va la economía crece linealmente con el nivel de ingresos y el educativo, pero no con la edad, pues son los más jóvenes y los más viejos los que la puntúan mejor. Esta circunstancia se da también entre los ocupados y los jubilados, pero no entre los parados, que son quienes, lógicamente, peor la valoran.

La satisfacción con la vida es un asunto que, como los lectores habrán advertido, tiene muchas caras. Unas proporcionan más felicidad y otras menos, aunque los españoles nos consideramos en general razonablemente satisfechos. Nuestros gobernantes deberían tomar nota de los resultados de este estudio del INE a fin de orientar mejor su política. Tal vez así pudiera aumentar nuestra felicidad, aunque de momento me inclino pensar en esto con escepticismo. Ello que lleva a evocar los versos escritos hace un milenio por el gran poeta persa Omar Jayam:

Por el destartalado mesón que es este mundo,
cuyas únicas puertas son la noche y el día,
¡qué de altivos sultanes fastuosos y opulentos
pasaron un instante y luego se marcharon!

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