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Rajoy cree que sí puede, pero no todos

Tal vez haya sido una de las semanas más complejas para el Ejecutivo, a buen seguro con los índices de voto más paupérrimos desde el 20-N

Pablo Montesinos
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Querida Ketty

Cuando la prima de riesgo se elevaba por encima de los 600 puntos y el país parecía abocado al rescate, el Gobierno instó a la calma y pidió no olvidar a la "España real" que trata como puede de salir adelante, y pelea todos los días, a todas horas, por encontrar un puesto de trabajo. Un año después, los mercados ya no son el problema, pero esa España real empieza a perder la paciencia ante un presidente que, según interpretan incluso en las filas populares, "se ha tapado los oídos" ante las reclamaciones del pueblo.

Tal vez haya sido una de las semanas más complejas para el Ejecutivo, a buen seguro con los índices de voto más paupérrimos desde que accedieran al poder, a la vista de los comentarios de quienes manejan las encuestas. "Son alarmantes", dijo gráfico un ministro a nuestro periódico. Con la gente cada vez más enfadada, incluida esa base de votantes que, hasta la fecha, siempre han votado azul, un asesor reconocía: "Están siendo unos días terribles, sin medias tintas".

Mariano Rajoy claro que es consciente de esta pérdida de confianza, pero dice que la "asume" porque, se reafirma, no hay otro camino que el escogido. El domingo, en la Alhambra, tuvimos la oportunidad de verle y estar próximos a él. Dos días antes, la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros había salido "desastrosa", admiten ahora. "Más paro, más recesión y pocas reformas", resumían sin pudor en el propio PP. Pero el presidente transmitió una imagen de energía, de confianza en sí mismo, mucho mayor a la de su equipo.

A las bravas, Rajoy transmitió la idea de que puede y de que España acabará saliendo de ésta, a pesar de sus propias previsiones. En ocasiones fue muy vehemente, gesticulaba, movía los brazos, en ese mensaje de que el Gobierno sigue fuerte y la crisis no le hará zozobrar. Me vino a la cabeza la noche electoral de las elecciones europeas de 2008. Entonces, puro en mano, recordó cuántos le habían dado por un cadáver político, y vaticinó lo que después acabaría ocurriendo: su incursión en la Moncloa. Ahora está en el poder, todo es mucho más complejo, pero seguro que está deseando entonar el "ya se lo dije".

Precisamente, a esa forma de ser, a esa gélida forma de responder a las crisis más difíciles de gestionar, se acoge su núcleo duro. Su guardia pretoriana. "Aguantó y no pidió el rescate como tantos y tantos le pedían. Ahora, España no es Grecia o Portugal", destacan. Pero en el PP empiezan a ser varios, bastantes los que dan por perdido el juego, y han caído al abatimiento. Como prueba, las crónicas que esta semana hemos ido publicando en Libertad Digital, en consonancia con otros medios escritos. "El pesimismo invade los círculos de poder del PP", "el PP se tapa los oídos en público y se lamenta en privado"... La puntilla fue el rapapolvo de los empresarios, público, con micrófonos delante.

Francamente, espero que el presidente tenga razón y sepa "adónde va". Me consta que se va a avanzar en el programa de reformas, y me aseguran que el adelgazamiento de la administración será real. Y tiene fecha límite: antes del mes de julio. "Primero hemos tenido que arreglar todo lo destruido por Zapatero. No ha sido fácil. Recuperar la confianza en España ha sido muy difícil, con cifras maquilladas. Hemos reducido el déficit público, hemos aplicado una reforma financiera esencial. ¡Hemos hecho muchas cosas! Una vez hecho esto, vamos a la segunda parte del plan. Estamos en ello", me intenta convencer. La España real espera, y sólo hace falta tomarse unos vinos con amigos y familiares para darse cuenta de que no van a aceptar muchas más promesas huecas.

Esperando noticias de la casa socialista, besos, Pablo

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