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Pablo Planas

En el nombre del padre, del hijo y del tongo

Pujol no tiene nada que declarar por lo que ha superado el trámite parlamentario como cruza la frontera de Andorra: sin problemas, apenas sin detenerse. La primera parte de su discurso fue la del violinista en el tejado, con enternecedoras alusiones a su padre, "depurado en 1939", y a David Tennembaum, el socio al que definió como un "judío askenazi". Entre ambos, a base de simpatía y vista, construyeron una gran fortuna. Por Cataluña, claro. Se necesitaban dólares para importar algodón estadounidense y egipcio para los telares de Tarrasa y allí estaban "el Pujolet" de la bolsa y Tennembaum, dispuestos a cubrir las necesidades en divisas de los industriales del textil.

En plena instrospección, llegó a decir que su padre le admiraba, pero temía que su carrera política le obligara a huir del país. De ahí que "cediera" a Marta Ferrusola un capital que ya no es una "herencia", como el pasado 25 de julio, sino un "legado". Había que quedar bien con la familia, con su hermana Maria y su cuñado, que aún no salen de su estupor. No había pasado ni un cuarto de hora de intervención y ya estaba claro que Pujol saldría a hombros del "Parlament". Y sin decir casi nada, salvo que los 140 millones de pesetas en dólares de 1980 para Marta y sus hijos se convirtieron en mucho más en el tránsito entre Suiza y Andorra a causa de las devaluaciones de la antigua moneda.

A la vuelta de las intervenciones de los grupos, salió el Pujol de sus grandes tardes de gloria, el político agreste, el gran moralista, el hombre sin tacha, el mesías del catalanismo. Todo apariencia, fuegos artificiales, carraspeos, tics, golpes en la mesa y su habitual despliegue gestual. Había "elecciones libres", clamaba. "Si hubiéramos sido tan corruptos no las habríamos ganado", declamaba. Puro teatro, un "remake" de los noventa. Tongo en el fondo y fingimiento en las formas.

El hecho de que su hijo mayor, Jordi Pujol Ferrusola, saliera de la Audiencia Nacional el pasado 15 de septiembre sin medidas cautelares explica la inocua intervención de Pujol y perfila los trazos de negociaciones y acuerdos bajo mano. Su confesión no responde ni a presiones políticas, ni a investigaciones judiciales, ni a estrategias procesales, deslizó. Fue un acto "moral". Tal como él mismo dijo, necesitaba desnudarse en público. Su hijo entró en la Audiencia con la cabeza gacha y la abandonó a paso ligero. Casi como su padre, que abandonó la escena levitando. Fue su última vez, la retirada definitiva. Y para satisfacción no sólo de CiU y ERC, se abstuvo de tirar de la manta. De momento, no le hace falta.

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