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Sangre de Vox en Barcelona

En Cataluña, un lazo te puede costar una multa y una camiseta roja, la vida.

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EFE

Cataluña es un polvorín. No hay fin de semana sin incidentes en las calles, agresiones, escraches y amenazas. El pasado sábado, con ocasión del mitin de Vox, varias personas fueron salvajemente atacadas y gravemente heridas en las inmediaciones de la Plaza de España de la capital catalana. Acudían al acto con banderas rojigualdas.

Ni la alcaldesa de la ciudad, Ada Colau, ni el presidente de la Generalidad, Quim Torra, han condenado los hechos. La sangre en el asfalto de un ciudadano que recibió una pedrada en la cabeza, la conmoción de una mujer también herida, los moratones de un anciano vejado y apaleado por los valientes "antifascistas", todo eso no tiene cabida en el relato de la revuelta de las sonrisas.

Cataluña es tierra hostil para Vox, igual que para el PP y Ciudadanos. Ni siquiera el PSC tiene garantizado el ejercicio de los más elementales derechos políticos en la región, a pesar de los públicos y denodados esfuerzos de sus dirigentes por congraciarse con el separatismo y blanquear su violencia y odio desbocado.

Pasear con una camiseta de la selección española, con una bandera nacional atada al cuello de camino a una manifestación legal o con algún símbolo distintivo de España no es aconsejable en ningún punto de la geografía catalana. Se dice que la actitud de los Mossos es diferente a la del golpe de Estado, que ahora hacen lo que pueden para evitar linchamientos y males mayores.

El separatismo en pleno se muestra crítico con las actuaciones de la policía autonómica en la represión de los CDR y los muchachos de Arran, las juventudes de la CUP. En las imágenes hay veces que se aprecia a algún mozo que blande la porra de arriba abajo y no de manera lateral y por debajo de la cintura, como establecen las normas del Parlament, cuando algún mamarracho embozado trata de partirle el alma con una valla. La Consejería de Interior ha abierto varias investigaciones contra sus agentes al respecto.

Sea como fuere, el despliegue de los Mossos para proteger el acto de presentación de Vox en Barcelona sirvió para impedir una masacre. Igual que cuando la organización por la equiparación salarial entre policías Jusapol montó un acto en la Ciudad Condal el pasado otoño. O como cuando un grupo de entidades y partidos constitucionalistas quiso celebrar la Constitución hace cuatro meses.

El problema de la seguridad y el orden público en Cataluña es que están en manos de unos dirigentes políticos que alientan una violencia contra los partidos rivales que tienen que contener los Mossos que están bajo sus órdenes. Y la eficacia de la policía regional es su coartada.

Ha declarado el abogado Javier Melero, que defiende al exconsejero de Interior Joaquim Forn, que decir que en el proceso no hubo violencia es hacerse trampas al solitario. Melero tiene un prestigio. Defendió a Mas por el 9-N y no es independentista. En una entrevista en El Punt-Avui ha deslizado que violencia, haberla, la hubo, pero no con la suficiente entidad como para configurar los delitos de rebelión y sedición sino, a lo sumo, una "incitación a los desórdenes públicos". Aquello de que "las calles serán siempre nuestras" y "fuera las fuerzas de ocupación", pero de farol.

Sería exactamente lo mismo que sucede ahora en Cataluña, pero con la diferencia de que en este momento no hay en el horizonte un referéndum, sino tres elecciones y una sentencia. Los simpatizantes en Cataluña de los partidos constitucionalistas son piezas de caza para los CDR y los autodenominados "antifascistas", todos ellos soberanistas del rito del derecho a decidir, la inmensa mayoría separatistas.

El voluminoso aparato propagandístico del nacionalismo catalán sostiene dentro y fuera de España la ficción de que los líderes golpistas son unos pacifistas de tomo y lomo, mientras que seguidores de Mahatma Junqueras y el Che Puigdemont campan a sus anchas por Cataluña amedrentando a la población no nacionalista y pateando a los ciudadanos que se atreven a acudir a una manifestación de Vox un sábado al mediodía.

Se dice que el partido de "ultraderecha" ha logrado su objetivo, disturbios en Barcelona en su primer gran mitin en la calle por la prohibición de Colau de usar el Palau Sant Jordi. Muy bien los Mossos, ponderan dirigentes constitucionalistas. Hay incluso una detenida que ha ingresado en la cárcel por atentado a la autoridad. La Guardia Urbana cifró la asistencia en cinco mil personas y la prensa local determina que Vox ha pinchado en Barcelona. Las agresiones, los heridos graves, no suscitan la más mínima atención.

Han pegado a particulares por llevar una bandera española en la vía pública barcelonesa, pero el quid de la cosa es que la Junta Electoral Central prohíbe los lazos amarillos en los edificios públicos y que TV3 llame "presos políticos" a los encausados por el 1-O. En Cataluña, un lazo te puede costar una multa y una camiseta roja, la vida; que te puedes pasear por Madrid con una estelada sin problemas, pero no se puede hacer lo mismo con una bandera española en Barcelona.

A lo mejor Melero es un fenómeno y tiene razón en lo de que el delito que cometieron sus patrocinados no fue más que un par de llamadas a la insurrección, pero de buen rollo. En ese caso, el delito sigue en activo, porque es eso y no otra cosa lo que hacen Torra y Colau, una "incitación a los desórdenes públicos" según la fina descripción del letrado Melero respecto al golpe de Estado de septiembre y octubre del 17.

A diferencia de lo que ocurrió en Madrid con la manifestación separatista, los partidarios de la unidad de España no pueden manifestarse tranquilamente en Barcelona. Las cargas de los Mossos no son contra las arremetidas de hordas de martínez el facha en los actos independentistas sino contra los jordis y orioles por la república en las manifestaciones españolas en Cataluña.

Los separatistas más templados lamentan los ataques a Vox, la caza al facha en Cataluña, todo aquel que no crea que la república existe y ose decirlo. La violencia real perturba la consistencia de la cortina de humo del supremacismo tolerante y el golpismo pacífico, del nacionalismo sensato y la convivencia en Cataluña.

En cuanto al pinchazo que refiere la prensa barcelonesa, los cinco mil asistentes de la manifestación de Vox en Barcelona derramaron como mínimo tanta sangre como las víctimas del 1-O.

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