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El PP de hoy no está a la altura de sus muertos

Aquel PP moderado, reformista y digno ha sido suplantado por un PP paralítico, inmovilista, indigno y corrupto.

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Se cumplen veinte años del miserable asesinato de Alberto Jiménez Becerril, teniente de alcalde del Ayuntamiento de Sevilla y su esposa, Ascensión García Ortiz cuando volvían a su casa tras estar reunidos con compañeros y amigos en un bar del centro próximo a la Giralda. Temprano madrugó la madrugada del día 30 de enero de 1998. Seguramente el objetivo de los sicarios no eran ellos, pero se trataba de matar a gente del PP, a quiénes fuera y cómo fuera. Era el partido del gobierno. Representaba en el País Vasco y Cataluña una bandera nacional de una estatura moral considerable con Jaime Mayor Oreja, María San Gil, Carlos Iturgáiz…y muchos otros no tan relevantes pero dispuestos a morir si hacía falta. Los mataban y mataban, los volvían a matar y su convicción democrática y su sentido de España no decaía ni exigían ni perpetraban la ley del Talión ni se arrodillaban. Los criminales sabían que el PP andaluz era el consuelo y el refugio de muchos militantes y dirigentes del PP vasco. Se trataba de intimidarlos vía Andalucía.

Veinte años después, el asesinato de Alberto y Ascen sigue siendo una referencia identitaria de aquella actitud íntegra, noble y decente que por entonces representaba aquel PP. Pero ni en Andalucía ni en el resto de España, el PP es lo que era y hoy, cuesta decirlo, no está a la altura de sus muertos. Me refiero al PP oficial, a la estructura de partido, al inmenso bubón burocrático y aparatista que ha terminado degenerando su causa y sus fines. Debe dejarse al margen a un electorado y a unos afiliados que, en Andalucía han sido crecientemente resistentes, valerosos y respetuosos con los valores y comportamientos democráticos. Camino llevan de estar casi cuarenta años en la oposición al régimen implacable del PSOE andaluz que les ha llamado de todo, desde fascistas y franquistas a señoritos y capitostes y que los han dejado fuera de todo lo que han podido. Lo único que va a lograr desvencijarlos es el comportamiento de sus prebostes.

Aquel PP era admirable. Tanto que llegó a conseguir que muchas personas que en nuestra juventud estuvimos en la órbita intelectual y sentimental de las izquierdas, hartos de mandonismo y corrupción de un PSOE incapaz de regenerarse y regenerar nada, depositáramos nuestras ya tísicas esperanzas en su gobierno de 1996. No fuimos ni dos ni tres. Fuimos muchos. El libro de Javier Somalo y Mario Noya, Por qué deje de ser de izquierdas, es un buen resumen de aquel clima de cambio, de aquel atreverse a las claras, superando calumnias y falacias sin cuento, a apoyar a un PP honorable, decoroso y con altura de miras como forma de reconducir la ya bastante enferma democracia española. Y lo hicimos.

Pero, al borde inminente del veinte aniversario del asesinato de Alberto y Ascen, puedo certificar, por mi mismo y por las personas que hicieron lo que yo en aquellos años, que el nuevo PP, el PP que siguió a los atentados del 11-M de 2004, fecha crucial, ya no está a la altura ni de España ni a la de sus propios muertos. No podría describir con precisión cómo ha ocurrido, pero estoy completamente seguro de que el aquel PP moderado, reformista y digno, con sus defectos y tics, que los tenía, ha sido suplantado por un PP paralítico, inmovilista y, ya en demasiadas ocasiones, indigno y corrupto.

Descansen en paz, Alberto y Ascen, con todas las víctimas, y volvamos a atrevernos, por todos ellos, los asesinados por los enemigos de la nación y de la democracia, a encontrar nuevas vías para la regeneración que necesitamos.

 

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