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Pedro de Tena

Teoría del barranco

Si Redondo quiere tirarse a un barranco con su jefe, hay en España cientos de ellos, algunos con nombres muy sugerentes, como el de los Desesperados.

Pedro de Tena
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Resumamos. Un barranco o despeñadero, que así se llama también, es la entraña que hay en el fondo de un tajo entre montañas, más o menos escarpadas y siniestras, por donde alguien, animal o humano, se cae por, se tira, o es tirado al, se precipita hacia, se estrella sobre, perece en o de dónde despeña. Esto último viene a cuento por lo de los bandoleros españoles que solían usarlos como matadero. Por ejemplo, el aragonés "Cucaracha", en la sierra de Alcubierre. Hablar de barranco es hablar de peligro. Sabido es que en los barrancos, como en los toros, habita mucha muerte.

Hace unos días, Iván Redondo dijo textualmente en español, que no en euskera, que se tiraría a un barranco por el determinado líder Pedro Sánchez. Se ha dicho que eso de desbarrancarse por su jefe lo ha plagiado de no sé qué serie original made in USA. Esta vez lo del plagio es un error. Lo de tirar o tirarse por el barranco es muy español. De hecho, en El Quijote se menciona que los barrancos (o derrumbaderos) son lugares de donde despeñan, y de paso despenan, ojo al matiz de nuestro genio, a ciertos amos no apreciados.

Incluso el desbarrancar como método de exterminio del adversario es tan de algunos españoles que el propio Gerald Brenan menciona el caso de 512 personas de la derecha malagueña arrojadas por los milicianos al Tajo de Ronda. Fue poco antes de la caída de la Málaga republicana en manos de Franco. Aquel deshonor tan sospechoso dio paso a un juicio por traición en el que uno de los señalados fue Largo Caballero. Tampoco se libró Prieto. (Ya sé que hubo otros barrancos horribles, como el de Víznar, pero de ellos se ha hablado mucho más.)

Lo importante es que al referirse a Sánchez, Redondo adjunta la palabra barranco. Es decir, asoció el nombre de Pedro Sánchez al inquietante sustantivo "barranco". Hace ya muchos años, en los primeros años del régimen franquista, la injustamente olvidada esposa de Julián Marías, Dolores Franco, escribió un libro titulado originalmente España como preocupación. Por tanto, su cubierta rezaba: "Dolores Franco. España como preocupación". Los avispados asesores del régimen franquista adujeron que relacionar "Dolores", "Franco" y "España como preocupación" invitaba a componer conexiones peligrosas entre "Franco", el jefe del Estado, con los Dolores y con España como preocupación. Su censura terminó titulando el libro España como preocupación en la literatura. Lo contó el propio Marías, pero mucho después. En 1980.

Por ello, mi teoría de este barranco es que el gurú monclovita ha cometido un grave error de cálculo y sensibilidad facilitando la asociación de su determinadísimo jefe, Sánchez, y la idea de "barranco". La maldad íntima de muchos españoles puede sindicar ambas palabras en vuelos metafóricos inesperados y dañinos. Por ejemplo, el pérfido Javier Somalo ya ha hablado de Colón, la plaza, como el barranco de Sánchez. Añádase que alguien puede barruntar que si Redondo se tira a un barranco por su jefe, es que puede estar obedeciendo una de sus órdenes, algo infame, o que su inconsciente ha emitido un "acto fallido" porque presiente que lo que están haciendo con España conduce a un barranco.

Esto último es muy grave porque resultaría, de ser cierta la presunción, que su jefe, y él mismo, saben que están tirándonos a todos como nación por un barranco pero que no le importa porque lo único que valora de la persona que preside el gobierno es su "determinación". No es relevante que tal firmeza lo sea para el bien, para el mal, para lo venial o para lo mortal. Lo que ha seducido al encubierto Ministro de Propaganda es la resolución, la fijación, la obsesión de un jefe inmune a todo virus que le contagie receptividad hacia lo que la mayoría de los demócratas españoles, incluso algunos de su propio partido, piensan sobre el barranco por el que pretende precipitarnos.

Si lo que quiere Redondo es tirarse a un barranco con su jefe, hay en España cientos de ellos, algunos con nombres muy sugerentes, como el Barranco de los Desesperados. Estoy en condiciones de facilitarle una lista de todos los barrancos españoles y parte de los europeos, elaborada por especialistas y disponible en la red. Alguno, como las Cascadas de Irusta, están bien cerca de San Sebastián. Si lo prefiere más al Sur, el Barranco del Lobo, junto a Melilla, todavía española, y de triste recuerdo nacional, está libre. Hay otros muchos posibles como destino fatal: el del Infierno, o el de su Boca, que es otro; también el de Espantaperros, cómo no los de Despeñaperros y claro, el de las Buitreras, el de la Mala Espina, el sugerente del Salto de los Catalanes… Cientos. O sea, que para elegir tiene si lo que quiere es tirarse a uno.

Pero otra cosa bien distinta es que la tan estimada determinación de su jefe sea tirarnos a los todos los que deseamos vivir en la democracia, por imperfecta y mejorable que sea, de la España constitucional por un barranco que nos descuajeringue como nación. Ya sé que una de las posibles y malévolas conexiones que nuestras neuronas pueden establecer es que la mención del "barranco" en este discurso sea una manera sutil de que vayamos asimilando que ese es el único futuro que nos espera y, por cierto, mucho antes de 2050. Pero Iván Redondo, con ese lapsus, estudiado o no, nos ha advertido con claridad que hay un barranco que puede identificarse con Pedro Sánchez. En esta teoría del barranco, el asesor ha confesado a dónde conduce la determinación de su idolatrado manijero. Freud sea alabado.
Habrá otras explicaciones. Recuerden, por ejemplo, la canción del hombre que se volvió caimán, un caimán muy singular con cara de ser humano, un caimán que se fue, se fue, para ¡Barranquilla¡, ciudad colombiana entre barrancas que se despeñan hacia el Caribe, frente a Cuba y junto a Venezuela. Ahí lo dejo, para alimento de otra teoría sobre el barranco de Redondo.

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