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Así se escribe la historia

Según Ranzato, mi conclusión "constituye una posición –más que de un juicio– cuya parcialidad y falta de fundamento, casi totales, no viene al caso discutir aquí". Ni aquí... ni en ninguna parte, hasta ahora. ¡Y yo que llevo años esperando esa discusión!

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El señor Gabriele Ranzato me acusa en su libro de "superficialidad y agresividad", de falta de "rigor, equilibrio y respeto por los interlocutores", de cultivar "el desafío, la provocación, épater le bourgeois, el sensacionalismo (...) Usando el tono agresivo que ha utilizado, Moa... ha regresado, y de forma banal, al cliché de las dos Españas".

Bien, pudiera ser. Pero el lector imparcial tiene derecho a saber si estas opiniones de Ranzato son un simple amontonamiento de palabras o tienen algún sentido, y para darles sentido su autor tendría que haber expuesto algún caso revelador de mi "agresiva provocación". No lo hace, claro. Y para acabar de explicar la situación a sus lectores también tendría que haber mencionado la actitud de mis críticos, cosa ineludible en un historiador; pero tampoco muestra interés en cumplir esta elemental exigencia informativa.

Lo cierto es que desde el primer momento propuse un debate intelectual sobre estas cuestiones y, en respuesta casi unánime, los hegemónicos historiadores progres y su entorno sindical y periodístico han exigido la censura de mis libros y mi silenciamiento en los medios de difusión, llegando a pedir la cárcel para mí a raíz de mi libro Años de hierro. Todo el plato aderezado con la desvirtuación de mis posiciones y los más bajos y agresivos (estos sí) ataques personales, y hasta acusándome de "victimismo" cuando yo protestaba. La señal la dio Tusell, a quien Ranzato llama "capaz y equilibrado" y de quien afirma, con falsedad, que "había polemizado con Moa en términos bastante duros". Ni duros ni blandos, Tusell fue quien empezó pidiendo mi silenciamiento y siguió aprovechando la censura impuesta por El País a mis réplicas. He aquí de qué pasta están hechos estos demócratas

Así pues, se me ha respondido, como ha denunciado Stanley Payne, con el espíritu de la Rusia de Stalin. El profesor Ranzato no puede ignorar estos datos tan reveladores como notorios y denunciados, gracias a que permanecen algunos medios de masas y periodistas libres. Sin embargo el riguroso, equilibrado y respetuoso profesor opta por mantener a sus lectores a oscuras, o bien encuentra tan natural semejante "crítica progresista" como inadmisible que yo haya replicado a ella, quizá con dureza pero sin caer nunca en sus métodos.

En ese desprecio por los hechos y por el debate libre reincide mi crítico cuando escribe: "Moa no se resiste a alinearse con la parte franquista casi sin reservas. Las palabras conclusivas de su libro son inequívocas: 'No me parece exagerado decir que la victoria de Franco en la guerra civil salvó a España de una traumática experiencia revolucionaria, y que su régimen la libró de la guerra mundial, modernizó la sociedad y asentó las condiciones para una democracia estable. Con todos sus elementos negativos, y a pesar de la imagen nefasta cultivada por sus enemigos en estos años últimos, su balance final me parece muy positivo, e infundada la mayoría de las críticas a él que hoy circulan como verdades inconcusas'."

El señor Ranzato puede criticar en serio mis palabras, y eso estaría muy bien, pero ¿lo hace? Como cabía esperar, ni lo intenta. Según él, mi conclusión "constituye una posición –más que de un juicio– cuya parcialidad y falta de fundamento, casi totales, no viene al caso discutir aquí". Ni aquí... ni en ninguna parte, hasta ahora. ¡Y yo que llevo años esperando esa discusión! Además, lejos de ser una "posición", mi punto de vista resulta de un largo y pormenorizado análisis que nunca han logrado rebatir mis críticos, los cuales prefieren, por razones poco esotéricas, los "debates"al modo totalitario.

No menos chistosa queda otra afirmación de nuestro historiador: mis "provocaciones" estarían inclinando a los intelectuales progresistas, por reacción, a posturas extremas y a reivindicar ciegamente la república como origen de la democracia actual. Esto le parece –¡menos mal!– un error, pues admite que la democracia republicana pecó gravemente. Pero en realidad, y salvo algún empecinado, nadie ensalza hoy la república o a Azaña como modelos inspiradores casi sin tacha, según ocurría pocos años ha. Y este cambio, aun si un tanto vergonzante, se debe sobre todo a mis estudios; y perdóneseme la inmodestia después de tener que soportar tanta "crítica".

Si nuestra democracia no viene de la república, debe proceder del franquismo. Para constatar esta evidencia basta considerar de donde salieron el Rey, Suárez, Fernández Miranda, los procuradores de la reforma posfranquista... o tantos de los antifranquistas retrospectivos. Pero esa evidencia la rechaza el profesor Ranzato, que no logra entender cómo tal cosa fue posible. En consecuencia pretende hacer borrón y cuenta nueva, romper con la historia y dar la democracia por empezada desde cero. Un poco al estilo de Azaña o del Frente Popular, cuyos errores él mismo analiza, aunque de modo muy insuficiente. Y así escribe la historia.

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