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Rafael L. Bardají

La guerra de Putin

¿Seguiremos negando lo evidente o nos levantaremos ante las agresiones de Moscú?

Rafael L. Bardají
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¿Seguiremos negando lo evidente o nos levantaremos ante las agresiones de Moscú?

El mundo contemporáneo se basa en la cultura televisiva, no en la estratégica. Por eso abundan las emociones fuertes y fugaces y hay muy poca retentiva y memoria. Hace un tiempo el espanto se centraba en la guerra de Siria; luego los ojos fueron a parar al califato instaurado por el Estado Islámico en Irak; antes de ayer, todo era Israel y Gaza; desde anoche, Ucrania vuelve a los telediarios.

Sin ir más lejos, este mismo lunes las milicias separatistas prorrusas derribaban un avión de transporte ucraniano en la provincia de Luganks, y el miércoles, a apenas 24 horas del derribo del Boeing 777 de Malaysia Airlines, un caza Su-25, también ucraniano, era abatido con un misil aire-aire, supuestamente desde otro caza ruso, sobre Donetsk.

Y es que, aunque de manera inadvertida y sin repercusión mediática, la guerra en Ucrania venía claramente escalando en violencia en las últimas semanas. El pasado domingo un centenar de vehículos blindados y de transporte de tropas rusas cruzaba la frontera en Lugansk. Y no era la primera vez que ocurría algo así.

Antes, cuando fuerzas militares, tanques, blindados, soldados cruzaban la frontera de un país vecino sin el consentimiento de éste, se llamaba invasión y ataque. Que es lo que han venido gritando las autoridades de Kiev desde hace meses. Sin embargo, ni los Estados Unidos de Obama ni los miembros de la UE, al menos los más importantes, han querido verlo así y siempre han hablado de hacer "esfuerzos por desescalar la tensión", un eufemismo para la inacción.

No deja de ser una paradoja que, cuando nos encaminamos a la celebración del 25 aniversario de la destrucción del Muro de Berlín, nos veamos de nuevo inmersos en un clima de tensión con Rusia, la heredera de la URSS. Pero es así. El objetivo de reiniciar (reset) la relación US-Rusia del presidente Obama pronto se vio frustrado por la política de realismo, intereses y poder de Vladímir Putin. Sólo el constante deseo de escapar a cualquier conflicto llevó a que Estados Unidos y sus aliados de la OTAN hicieran la vista gorda en lo que fue la primera gran expresión imperial y violenta de Putin, su agresión sobre Georgia para anexionarse Abjasia y Osetia del Sur con total impunidad.

Las alarmas volvieron a saltar cuando, en la supuesta Disneylandia que es Europa, Putin recurrió de nuevo a la pura y dura política de poder y se anexionó Crimea, el pasado mes de febrero, a la vez que instigaba a otras zonas de mayoría rusa a seguir los pasos de los independentistas de Crimea.

Lo que siguió lo conocemos bien: presencia militar no declarada, unidades especiales camufladas y sin insignias, equipamiento y armas para los rebeldes prorrusos, etc. Nada de cuanto impusiera Putin sobre el terreno parecía alterar sus relaciones con los líderes occidentales. Cierto, no se le dejó ser el anfitrión de la reunión del G-8 en Sochi, pero durante el mundial de Brasil no ha dejado de acercarse a Merkel y otros dirigentes para convencerles de las bondades de su plan de paz, imponiéndose como el líder que desea la paz y alcanzar un acuerdo satisfactorio para una guerra que califica de civil y de la que culpa a Kiev.

El ataque contra el vuelo MH17 se produce justo un día después de que esa ofensiva de encanto y finura de Vladímir Putin fracasara en buena medida y los Estados Unidos y la UE acordasen imponer nuevas sanciones contra Rusia, esta vez de mayor calado y que afectarán a empresas energéticas (Rosneft y Novatek, aunque no a la suministradora de gas a Europa, Gazprom), a dos bancos importantes (VEB y Gazprombank, pero sin tocar todavía aquellos directamente relacionados con Putin: Sberbank y VTB) y algunas compañías de armamento.

Sabemos que el misil que derribó el 777 era un SA-11 de origen ruso, si no ruso directamente. Y si es cierto lo que han filtrado algunos agentes de inteligencia americanos, se tendría constancia del cruce de una unidad rusa de dichos misiles anoche, desde suelo controlado por los rebeldes pro-rusos. Pero esto no es oficial. Ni creo que lo sea nunca, pues sería un claro casus belli con el que nadie quiere tener que lidiar.

La pregunta que está en el ambiente es si este ataque responde a una estrategia deliberada de Putin de seguir imponiendo sus términos o, por el contrario, ha sido una equivocación o consecuencia del descontrol de algunas unidades de rebeldes pro-rusos. Es lógico, pero quizá no sea relevante. La pregunta crítica es qué va a pasar a partir de ahora. ¿Seguiremos negando lo evidente o nos levantaremos ante las agresiones de Moscú?

La descripción que ha hecho el presidente americano de este ataque no apunta a la contención. Ha hablado de una "atrocidad de proporciones indescriptibles", a la vez que ha afirmado que la investigación del siniestro será larga y compleja. Y ha hecho un llamamiento a un alto el fuego entre las partes. Sin decir cuáles. Los europeos no han estado mucho mejor.

Esta tragedia podía haber provocado un ataque de seriedad en los miembros de la OTAN que les llevara, por ejemplo, a enviar instructores y armas al Gobierno de Kiev. La UE podría en su consejo de ministros de Exteriores del martes condenar explícitamente a Rusia por su papel imprescindible en este ataque. Pero no lo hará, porque los ministros, con Margallo a la cabeza, preferirán condenar a Israel y no enfadar a Putin.

El derribo del avión malasio podría ser el detonante de una nueva política occidental hacia Ucrania y Rusia, pero mucho me temo que sólo va a producir más presiones para que Kiev y los rebeldes alcancen un acuerdo. Sobre las bases de Putin, no sobre las de Kiev. Y es que, olvidada la Guerra Fría como una reliquia del pasado remoto, Europa y la América europea de Barack Obama prefieren que Putin imponga su orden y recree sus esferas de influencia a tener que recurrir a la confrontación y la contención, o incluso la disuasión. Todo lo que en el pasado se hizo contra una URSS fuerte y ahora da miedo acometer frente a una Rusia débil y en plena implosión.

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