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11-M: 17 años después, seguimos sin olvidar lo inolvidable

Gabriel Moris fue nuestra conciencia y cada año en el aniversario de la masacre se dirigía a los lectores de Libertad Digital para que la voz de las víctimas no quedara ahogada por el olvido y la mentira.

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Gabriel Moris fue nuestra conciencia y cada año en el aniversario de la masacre se dirigía a los lectores de Libertad Digital para que la voz de las víctimas no quedara ahogada por el olvido y la mentira.
Gabriel Moris y su esposa reciben a LD en su Casa | Nuria Richart

Desde que les conocí hace ya muchos años, cada 11 de marzo mi primer pensamiento cuando suena el despertador es para Gabriel Moris y su mujer, Pilar. Este jueves se cumplen 17 años desde que aquel fatídico atentado acabó con la vida de 192 personas, entre ellas la de su hijo Juan Pablo. Hoy, como cada año, le mandaré a Pilar un abrazo muy fuerte, pero, en esta ocasión, no podrá dárselo a Gabriel. 

Entre todo lo que este año de pandemia nos ha arrebatado está él. Luchó hasta el último minuto, pero a finales de marzo de 2020 -cuando apenas llevábamos unas semanas confinados- una terrible neumonía le ganó la batalla. Por eso, hoy más que nunca resuenan en mi cabeza aquellas palabras que nos dedicó con motivo del quinto aniversario de la masacre: “gracias por no olvidar lo inolvidable”.

Por aquel entonces -marzo de 2009-, Gabriel se encontraba ingresado en el Hospital de Parapléjicos de Toledo intentando lidiar con Guillain Barré, un síndrome que le sobrevino y que trató de robarle hasta el habla. No lo consiguió. A pesar de lo mucho que le costaba pronunciar cada palabra, Gabriel atendió a Libertad Digital para que algo quedase bien claro: al menos él no iba a cejar en su empeño en buscar la verdad.

Sus decenas de artículos e iniciativas en change.org dan buena cuenta de ello. Si hoy siguiera entre nosotros, no me cabe la menor duda de que habría escrito algo para remover conciencias, para recordar que, por muchos años que pasen, jueces y políticos seguirán teniendo una deuda pendiente con los 192 fallecidos y más de 2.000 heridos que dejó aquel 11M.

Enredados en mociones de censura, convocatorias electorales y datos del avance del coronavirus, hoy habrá quien ni siquiera se acuerde de un aniversario que, en cualquier otro país, ocuparía un lugar destacado. Yo, sin embargo, sigo sin olvidar lo inolvidable. Se lo debo a Gabriel, a Pilar, a su hijo Juan Pablo y a todas y cada una de las víctimas del mayor atentado de nuestra historia.

Éste fue el último artículo que Gabriel publicó en Libertad Digital:

Los trenes que cambiaron España

Juro que nada me gustaría más que dejar de escribir sobre este asunto. La promesa a mi hijo –vilmente asesinado–, mis deseos de justicia y mi amor a España me impulsan a teclear de vez en cuando, pidiendo algo tan elemental como la verdad y la justicia debidas, pero parece imposible lograrlo. Los que tienen la exclusiva de la investigación, el enjuiciamiento, la condena y la prevención de otra masacre similar deben de poseer razones sobradas para haber impuesto su verdad –la mentira–, el silencio y el olvido. Me gustaría conocer dichas razones.

Para mí, como para cualquier humano, un tren es un medio de transporte. Lo peculiar de nuestra moderna red ferroviaria es que los trenes de Cercanías de Madrid se utilizaran para truncar las vidas de tantas de personas. Todas eran gente normal que iba a cumplir con sus deberes cívicos. Ciento noventa y dos perdieron la vida. Los que la conservamos tenemos el deber de ser su voz. En la España del siglo XXI, el día once de marzo de 2004, unos trenes fueron el lugar elegido para matar inocentes y para ocultar el escenario de los crímenes.

Alguien puede pensar que he perdido el juicio, pero a mí no se me ocurre pensar así de los que cometieron los crímenes. Tampoco lo pienso de la cadena de profesionales que han conseguido que, 16 años después, se siga sin conocer a los autores y que éste siga siendo el gran enigma de la democracia española.

Los cuatro trenes en que viajaban las víctimas fueron achatarrados y apartados del alcance de cualquier posibilidad de verificación por parte de expertos. Se desconocen los responsables de ordenar la destrucción. Ni la instrucción, ni el juicio ni la sentencia cayeron en la cuenta de investigar en profundidad lo ocurrido con el escenario de los crímenes. Creo que nunca es tarde… Material no creo que falte, al menos para que salgan a la luz los autores de ese ataque a la Ley de Enjuiciamiento Criminal. Ni Jamal Zougam ni ninguno de los hipotéticos autores pueden ser responsables de esa tropelía. La responsabilidad recae plenamente en los representantes de nuestro Estado de Derecho. Ni en el accidente del metro de Valencia, cuyo juicio está en curso de reapertura, ni en el del tren Alvia de Santiago se incumplió la legislación en la conservación de los vagones afectados. Claro, un accidente no es un acto planificado como el atentado del 11-M.

No sólo es muy grave lo que antecede; la apuesta por tapar y olvidar los crímenes del 11-M ha permitido torcer el rumbo de España. Vamos a enumerar algunos de los cambios registrados en estos dieciséis años; algunos pueden ser irreversibles.

Para mí, el más grave es la división del pueblo español en buenos y malos. En mi opinión, esos fantasmas habían desaparecido, y así lo recogió la Constitución del 78. El hombre lleva consigo desde su origen la semilla de la bondad y la maldad, y desde nuestra libertad cultivamos una u otra, o ambas. Ningún grupo u organización puede arrogarse la exclusiva de la bondad, la maldad solemos verla siempre en el otro, nunca en nosotros.

El abandono del Estado de Derecho de sus deberes para investigar, juzgar y condenar el 11-M, así como el no establecimiento de un plan de medidas preventivas, es una realidad, como mínimo, incalificable. Esto demuestra su total desprecio a las víctimas y al pueblo español. Este comportamiento seguro que no será muy bien apreciado ni por nuestros socios comunitarios ni por los países más serios y fiables de la comunidad internacional. En España, en cambio, ni los buenos ni los malos hacen juicios sobre el mismo. Tampoco mueven un dedo para obligarles a salir de este calculado o interesado mutismo.

El mencionado olvido de su primer deber, la seguridad de sus ciudadanos, ha ido acompañado de una relación más que amistosa con la banda terrorista ETA y sus fieles apoyos; ello desde el 14-03-2004. Recordemos el atentado de la T-4 y siguientes. Herri Batasuna fue blanqueada en Estrasburgo y sufrimos al menos tres atentados mortales contra la Guardia Civil y un cobrador de autopista. El bar Faisán, la excarcelación y homenajes a etarras completan un panorama que roza lo diabólico o la esquizofrenia.

La España de las Autonomías asimétricas y la nueva generación de estatutos de autonomía han propiciado la balcanización de la nación más antigua de Europa. El objetivo parece ser transformar la milenaria Hispania en diecisiete miniestados más o menos dispersos en una Europa franco-alemana. El Plan Ibarreche, la proclamación de la República catalana y la nueva Babel creo que son evidencias que ni el Estado ni el pueblo que lo sostiene pueden asumir como muestra de modernidad o de progresía. La pérdida total de valores no puede ser nunca símbolo de modernidad ni de progreso.

La corrupción generalizada, los clientelismos autonómicos o estatales, la fundada quiebra de credibilidad de la justicia, junto con la falta de medios de comunicación veraces e independientes, la pasividad y desunión de las víctimas y el pueblo español conforman un panorama poco halagüeño para nuestra convivencia presente y futura.

La desaparición de los trenes del 11-M fue, sin duda, un factor importante de los males que nos afligen a los españoles.

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