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Tomás Cuesta

Carmena y amén

Es natural que, con San Isidro en puertas, Aguirre quisiera tocar pelo. Y a fe que lo ha logrado. Con poderío, con majeza y con Sandra León como sobresaliente.

Tomás Cuesta
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Desde que Libertad Digital pusiera en evidencia un amaño perverso entre las públicas virtudes y los vicios domésticos de Manuela Carmena, la izquierda cimarrona se ha quedado sin habla y la alcaldable de Podemos, al parecer, sin lengua. Cabría pensar que estamos, en el mejor de los supuestos, ante un episodio más de esa telenovela de recuelo que liga a la esposa cándida y el marido calavera en torno al guion de siempre. Él trampea en las cuentas y ella, por su parte, ni siente ni padece, ni sabe ni protesta.

El discreto lector -"mon semblable, mon frère!"- que elige este periódico para seguir estando al día cuando anochece en tantos medios tiene aún fresco, sin duda, el desarrollo de los hechos. El marido de marras fue titular, ha tiempo, de un notorio y boyante estudio de arquitectos que trató de enfrentarse al crack de la vivienda podando los salarios según menguaban los proyectos. Hasta ahí, nada obsceno; nada que echarle en cara; nada que huela mal aunque a algunos les duela.

El problema aparece cuando, metido a soltar lastre, incurre en un rosario de argucias fraudulentas y cuando sus empleados le llevan ante el juez después de casi un año sin percibir ni un euro. ¿Jueces vienen? Que vengan, teniendo una jueza en casa las togas no amedrentan. Ni siquiera te achantan si, como hiciera nuestro héroe, le has traspasado previamente la empresa a la parienta a fin de escurrir el bulto y atrincherarte en la insolvencia.

Tan flagrante es el caso, tan zafio, tan mostrenco que todo hijo de vecino con afición por el derecho lo incluiría en el capítulo de alzamiento de bienes. Y marraría el tiro, ay, de plano, de medio a medio. ¡Pues sólo faltaría, a estas alturas de la historia, con la carcunda acogotada y el paraíso en ciernes, que Manuela Carmena, una de las vestales del progreso, se convirtiera en jueza y parte de un mezquino alzamiento!

Así que punto en boca, chitón, mutis, silencio. Silencio a discreción, a espuertas, a voleo. No contaban, empero, con que Esperanza Aguirre no acepta que le den la callada por respuesta y que iba exigir explicaciones a quienes se encarnizan con las que ella ofrece. Ni con que, aprovechando la ocasión que una primicia informativa le servía en bandeja, salpimentase la campaña a fuerza de mordiente.

A despecho de aquellos que, en su propio partido, le aconsejaban ir con tiento y atemperar la apuesta, no ha bajado la voz ni ha puesto sordina al verbo. Por contra sí que ha puesto en un vergonzoso brete a los que se dedican a contemplar el mundo en el espejo deformante de una moral de conveniencia. A esos mismos que, luego, ejercen de fiscales siendo legos en leyes y absuelven o condenan sin proceso y sin pruebas.

Es natural, al cabo, que, con San Isidro en puertas, la candidata Aguirre quisiera tocar pelo. Y a fe que lo ha logrado. Con poderío, con majeza y con Sandra León como sobresaliente. Carmena y amén. Si no canta, que rece.        

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