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Las protestas y la oposición en Venezuela

No hay sino una empresa necesaria e impostergable para la salvación del país: el derrocamiento del régimen chavista.

Xavier Reyes Matheus
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El primado de Henrique Capriles entre la oposición de Venezuela ha sido hasta ahora artículo de fe, sin que haya faltado, para mantenerlo, una férrea censura que clamaba por la necesidad de evitar la fragmentación de fuerzas contra el chavismo y de exhibir una línea de irreprochable talante democrático. Las recientes protestas estudiantiles, sin embargo, han demostrado que el liderazgo no se impone, sino que se gana; y que no es una cualidad abstracta, que valga lo mismo ante cualquier escenario y en cualquier época y lugar, sino que se mide por el reto que tenga enfrente. A estas alturas, buena parte de los venezolanos ha descubierto que no hay sino una empresa necesaria e impostergable para la salvación del país: el derrocamiento del régimen chavista.

Sin embargo, las recientes manifestaciones de calle, y el giro que han tomado los discursos de Leopoldo López y de María Corina Machado, siguen topando con las regañinas de ciertos analistas, adversarios de "salidas desesperadas" porque ellos, a lo que parece, guardan la piedra filosofal de la política y están en capacidad de hallar frente al chavismo un hilo de Ariadna tejido con el triple talento de Talleyrand, de Gandhi y de César Millán, el encantador de perros de la televisión. Así que han puesto el grito en el cielo con estas protestas que –copio textualmente de un artículo aparecido en El Diario de Caracas– ignoran la imposibilidad de "forzar los procesos políticos"; las ven como "espejismos", y condenan lo que es puro arrebato, puro dolor de patria (claro: ¿qué importancia tiene eso para estos maquiavelos posmodernos?). Aún más: culpan a los líderes que acompañaron las protestas de "usar a los estudiantes como carne de cañón". Maduro, desde luego, no lo diría mejor.

Pero, en primer lugar, lo cierto es que los estudiantes no son idiotas como para que nadie los utilice. A muchos se les ha oído gritar estos días: "No vine por Capriles,/ no vine por Maduro,/ somos estudiantes que queremos un futuro". Otros llevaban una pancarta que decía: "Mamá, salí a luchar por Venezuela. Si no vuelvo es que me fui con ella". Saben que enfrentan a una dictadura sanguinaria y, por lo tanto, que se exponen a la represión y a la muerte.

Claro que no es un objetivo fácil, y que por más valientes que se inmolasen su éxito no está garantizado. Pero entonces, ¿hay que desahuciar estas luchas, aunque otras del mismo tipo han conseguido desbancar hasta a los regímenes más brutales de la tierra? ¡Ah! Es que no hay que "forzar los procesos políticos". ¿Y qué proceso político hay en Venezuela, salvo la instalación de un totalitarismo que da patente al delito para cobrarse 25.000 vidas al año, y que ha abismado al país en las mayores carencias? ¿Es que hay otro proceso político? Porque si quienes hacen tales advertencias se refieren a los logros de la Mesa de la Unidad Democrática, a la vista están. Que las protestas de calle sirvan o no, está por verse. En cambio está fuera de toda duda que el juego electoralista de los partidos sólo ha valido para blindar al chavismo como una democracia constitucional proclive al diálogo y al entendimiento (o si no, ¿para qué entonces insiste Capriles en pedir todo eso al régimen de Maduro?).

Carne de cañón han sido los votantes que fueron convocados por la MUD a unas elecciones que de antemano se sabían fraudulentas; que siguieron a Capriles cuando este prometió que no reconocería la usurpación de Maduro, y que luego lo han visto sentado a sus pies en el palacio de Miraflores, llamándolo "presidente" (a propósito de las protestas Capriles ha corrido a advertir que "no queremos un golpe de Estado". ¿Pero y Maduro no era, según él, "el ilegítimo"? ¿Y cómo podría ser, entonces, golpe de Estado un movimiento que pretendiera deponer del poder a un usurpador y a un tirano?). Capriles, que nunca ha reconocido públicamente que en Venezuela hay una dictadura (así, con ese nombre), porque si no no se explicaría que él y los suyos concurran a elecciones para procurar sus carguitos en alcaldías y gobernaciones, y para que salgan de gira por los platós de Europa y de Estados Unidos a presentarse como los Mandelas venezolanos. Porque resulta que ellos son los únicos demócratas (ellos y Maduro, claro, que les deja ir a elecciones), y en cambio los que protestan en las calles son los golpistas y "radicales".

En fin: las protestas serán reprimidas, los estudiantes masacrados, y los profetas del establishment opositor podrán tener la satisfacción de sentenciar, desde la superioridad de su comedimiento, que era un camino a ninguna parte (cuando en cambio no bastan los innumerables fraudes electorales contra los que se han estrellado para hacerles admitir lo mismo de su cacareada "estrategia"). Pero la verdad está ahí, es una sola, y es esta: que en los últimos quince años Venezuela jamás ha estado tan cerca de su libertad como en abril de 2002, cuando el pueblo en la calle dio aquel famoso golpe que luego tanto le han afeado los leguleyos del tres al cuarto, con su estúpida reprobación de los "atajos" y su cuento sobre Carmona, sobre la mano negra de Aznar, sobre "los fascistas" y toda esa memez. Fiesta nacional habría que haber declarado aquel día si en él se hubiera conseguido cauterizar esa amenaza pública, ese aparato criminal, esa máquina de miseria que ha sido el chavismo. Lo demás sí que han sido espejismos, engaño, paja: la candidatura de Arias Cárdenas (un compadre de Chávez que se lanzó como su primer adversario electoral), la de Rosales, las de Capriles; las legislativas que aun con más votos opositores no sirvieron para frenar el avance de la aplanadora chavista, y total es que ahí tiene Maduro su ley habilitante, y en el Congreso les parten la nariz impunemente a los diputados de oposición ante la mirada mafiosa de Diosdado Cabello.

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