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No se van a saltar sólo las formas

Las formas de Podemos resultan exasperantes no sólo por lo que tienen de groseras, sino por su mezcla de chulería y de victimismo.

Xavier Reyes Matheus
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EFE

Hace unos años, visitando una feria de libros en Caracas, quise comprar en una caseta algunos títulos que me gustaron. Eran publicaciones de la Presidencia de la República, y al preguntar su precio me dijeron que se daban gratuitamente, pero que debía escribir un correo electrónico identificándome y justificando las razones de mi interés. Así hice, y al cabo de un tiempo me llamaron por teléfono para decirme que fuera a recoger los libros al palacio presidencial. Decidí tomar un taxi para llegar hasta Miraflores, que se encuentra en una de las zonas más caóticas del centro, rodeado de favelas y sobre una avenida que a veces resulta intransitable. Una vez allá, me acerqué al soldado de la puerta para preguntar por la oficina de las publicaciones. El militar me miró de hito en hito, como a quien pregunta por una dirección equivocada. Sin idea ninguna sobre aquella dependencia, consultó con un compañero al que tampoco le sonaba de nada. Me dijeron que esperase mientras buscaban por radio a alguien que les pudiese decir algo. Estando, pues, en ello, vi de pronto que la verja del palacio se abría para dar salida a una camioneta pick up con la música puesta a todo volumen; de pie, en la parte trasera, iban varias personas, pero llamaba la atención especialmente una mujer con sombrero que vestía una camiseta corta, dejando a la intemperie el ombligo.

Si aquella suerte de carroza de carnaval me había resultado inapropiada en la sede de la jefatura del Estado, lo que vendría de inmediato me iba a hacer quitarle importancia. Los soldados parecían haber encontrado al fin alguien que los informase, y me pedían que rodeara el palacio para dirigirme a la Fundación del Pueblo Soberano, donde me aguardaban para entregarme los libros. Cuando llegué allí, lo que encontré fue una gran cantidad de gente sentada en sillas, como si esperasen en una consulta médica. Frente a ellos un mostrador, atendido, cómo no, por un militar. Cuando me acerqué a él para contar lo mío, el soldado se hallaba enzarzado con una señora que le recriminaba agriamente su negligencia: "¡Es el tercer día que vengo esta semana –le decía–, y mi hijo ya no puede esperar más: tiene que operarse de urgencia". Junto a ella, otra mujer intentaba también hacerse oír: le habían prometido una casa, y, como la anterior, estaba harta de presentarse a reclamarla. El soldado explicaba a todas que se estaba trabajando en ello; que tenían que ser pacientes. Pero una de las señoras amenazó: "¡Si yo le contara esto a Chávez...!". La otra estaba de acuerdo: el Comandante habría resuelto aquello en un pispás, y su indignación frente a tanta incompetencia sería grande. No pude enterarme de nada más, porque de inmediato me hicieron pasar y me cargaron con dos cajas de libros, ambas selladas. De vuelta a casa, me di cuenta de que me habían dado sólo algunos de los títulos que había pedido, y que en cambio venían en el paquete cosas sobre Rosa Luxemburg o sobre Ezequiel Zamora –un montonero venezolano del siglo XIX– que habían metido por su cuenta.

Una sensible diferencia entre España e Hispanoamérica en cuanto a la desafección de la gente por las instituciones es que en la primera el Estado mantiene su credibilidad como Administración, aunque se halle totalmente desprestigiado como expresión del poder político. Quizá se le achaque al funcionariado lentitud y falta de iniciativa, y puede que Hacienda proyecte una imagen inquisitorial y voraz, pero eso sucedería siempre y en cualquier parte: lo importante es que las personas van a hacer sus trámites en las oficinas públicas sin tener que pensar primero si tienen algún pariente o conocido que, bien desde dentro de la cadena de mando, bien desde fuera como un gestor, les facilite lo que de otro modo sería imposible obtener. El caso de Venezuela revela que las masas percibían a Chávez justamente así: no como el titular de una institución del Estado, sino como el compadre con el que cada cual contaba, y que a Dios gracias estaba revestido de poder suficiente como para conceder hasta los favores más difíciles.

Probablemente, lo que mantiene en pie la imagen del Estado como máquina administrativa es que en esta función todo se tramita con arreglo a un protocolo, esto es, a una manera predeterminada de hacer las cosas. El respeto a esos protocolos es síntoma de que hay en la sociedad una conciencia igualitaria, pues con ellos se garantiza que, para beneficiarse de la atención pública, todo el mundo debe pasar necesariamente por los mismos procedimientos. Por el contrario, el sistema venezolano acostumbra a la gente a pensar en términos netamente egoístas (es decir, inciviles), porque se desconfía de la eficacia de los canales regulares dispuestos para la generalidad del público, y se prefiere echar mano de los medios con los que buena o malamente cuente cada quien. La arbitrariedad y el desorden generan un esquema de insolidaridad en el que cada ciudadano debe buscar la forma de atraerse exclusivamente para sí la atención de un poder caprichoso, sobornable o indiferente.

A los populistas, sedientos de mando y de la adoración del tumulto, este sentido holístico del respeto a las formas les viene de perlas para unirse con sus prosélitos en la empática comunidad de la canalla. Por eso se esfuerzan por abolir esos otros protocolos que no tocan ya a la vida administrativa, sino al decoro y la respetabilidad de las instituciones. Excitan así el ánimo de las masas porque con ello vienen a sugerir, precisamente, que si pueden saltarse los procedimientos en aquello que parece más solemne también podrán saltárselos en lo burocrático y en lo presupuestario; para eso son unos tíos majos. De aquí que a los populistas la gente les crea capaces de cumplir promesas irrealizables: porque imagina que, si depende de un colega el llevarlas a cabo, no hay formalidades ni más consideraciones de las que preocuparse. ¿No iba a poder enrollarse el amigo Iglesias para garantizarles aquí, a los compis, una rentita básica?

Las formas de Podemos resultan exasperantes no sólo por lo que tienen de groseras, sino por su mezcla de chulería y de victimismo. Un pastiche de poses contradictorias, que no extraña si se piensa que el líder del partido aspira a ser una síntesis de Fidel Castro, Andrés Velencoso, Chomsky, Jesús Quintero, Varoufakis, Nacho Vidal, el papa Francisco y Belén Esteban. Pero, con él y sus acólitos desplegando en el parlamento todo el repertorio de estrategias destinadas a conectar con la gente, España tiene por delante un festival de la más estomagante demagogia posmo: happenings, camisetas y banderas diversas; insultos soeces mezclados con el afectado miramiento que pretende dejar patente la igualdad de miembros y miembras, pero que no cree que señoría y señorío tengan nada que ver. Lo peor sin embargo es que, si ese estilo se consagra y aumenta sus réditos políticos, el país avanza hacia una relajación de cuanto supone un freno a la arbitrariedad y, óigase bien, a la corrupción. En un arriesgado e inútil viaje de circunnavegación, los que han buscado huir del peculado y del caciquismo que veían a la derecha encontrarán que la ruta de la extrema izquierda desemboca en el mismo punto. La diferencia, eso sí, es que con los de esa orilla pueden perder hasta el barco.

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