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Zoé Valdés

Jean, Gérald, Éric, Roselyne, Manu y los otros...

Si alguna esperanza quedaba, la remodelación ha barrido con ella de un escobazo.

Zoé Valdés
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Si alguna esperanza quedaba, la remodelación ha barrido con ella de un escobazo.
Castex y Macron, en una imagen de archivo | EFE

"Anoche soñé con una bazuka rozada", escribí en las redes sociales. Recién ha habido remodelación en el Gobierno de Emmanuel Macron. Lean el magnífico artículo de Michel Onfray en su canal Michel Onfray TV. Si alguna esperanza quedaba, la remodelación ha barrido con ella de un escobazo.

No es que, como dice –entre otras cosas– el filósofo Michel Onfray, la elegancia se haya perdido. Lo que de verdad se ha perdido es la inteligencia y la decencia. Gobernar gobierna cualquiera, parece que ese sea el mensaje. Enriquecerse todavía más a costa de gobernar es lo que permanece.

El nuevo primer ministro, Jean Castex, advenido en medio de una inmensa popularidad de su antecesor, Édouard Philippe, ha sido alcalde de Prades y amigo de Nicolas Sarkozy. También fue el encargado de la desescalada, que aquí ha sido conducida con la misma inercia china que se ha ejercido durante la plaga del coronavirus: obediencia y a callar. Lleva el apellido de la calle de una de las oficinas de La Poste de mi barrio, y hasta ahí poco más. No hay nada más relevante que decir de él. Ah, sí, se expresa con una especie de acentuación extraña en la voz y con sus gesticulaciones exageradas y muecas pareciera anhelar vendernos la buena energía, la energía cool esa de los políticos europeos: la nonchalance. Que no es más que indolencia.

El nuevo ministro del Interior, Gérald Darmanin, tiene 37 años y ha iniciado su nuevo puesto con una acusación por violación, pendiente en los tribunales. Se preparan, desde el anuncio de su cargo, manifestaciones frente al ministerio en la Plaza Beauvau. Promete espectáculo sabroso y grandioso la Seguridad, y demás.

El nuevo ministro de Justicia, el abogado Éric Dupont-Moretti, al que llaman el Ogro de la Justicia francesa o L'Acquitteur, ha acquittado a violadores, pedófilos, asesinos y terroristas; además muestra invariablemente un rostro alterado, como inflamado por el alcohol o la ira contenida, que no es que tampoco la contenga demasiado. Su frecuencia en los platós televisivos es notoria. Otro que ha coqueteado con el famoseo desde su cargo de poder.

La nueva ministra delegada a cargo de la Ciudadanía, Marlène Schiappa, siendo ministra de Igualdad dictó una ley con tintes pro pedofilia que lleva su nombre. El periódico Le Monde tuvo que salir en su defensa, atajar el escándalo que se le encimaba antes de que se volviera todo más sombrío y enredado.

Roselyne Bachelot, ministra de casi todos los expresidentes, es la que, con setenta y tres años, ha hecho más carrera política. No es que sea sabia, es hábil y jacarandosa. En España será recordada por el affaire Nadal, al acusar de dopaje sin pruebas al atleta. Nada más y nada menos que a Rafael Nadal, un verdadero ejemplo del deporte; Bachelot fue condenada por difamación. En Francia trascendió por la compra desmesurada de una gran cantidad de vacunas inservibles cuando aquella famosa gripe, de la que no recuerdo el nombre, pues ya me pierdo entre tantas gripes y vacunas con las que nos quieren exterminar.

Bachelot, sin embargo, no es ni de lejos lo peor. Pese a su continua participación en la Caja Tonta Que Eructa, en la televisión, donde fue contratada como analista de lo que sea, y desde donde juró que jamás regresaría a la política. Pero jurar ya no significa nada tampoco. Ahí está entonces, de ministra de Cultura. Sus coloridos tonos de vestuario y maquillaje, su entonación gruesa y rococó de la voz y sus zapatones plásticos no dejan indiferente. Es probable que no haga un mal papel, es la menos peligrosa, siendo el animal político que ha sido. Y la cultura, hoy en día tan amaestrada, se maneja al tuntún, a ojo de buen cubero, y en su caso con la punta del pezón derecho.

Entre tanto, Emmanuel Macron no se prodiga. El presidente anda por allá arriba, distante y repantigado en su pedestal bonapartista o gaullista, según las épocas y sus deseos de apariencia, como bien comenta Onfray. Vamos que, para elegantón, él. Sólo que su amaneramiento lujoso nada tiene que ver con la verdadera elegancia. Al menos no con el tradicional chic estiloso a la francesa.

Y así vamos. P'atrás, como el cangrejo.

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