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Zoé Valdés

La resiliencia

Bien, por fin Marine Le Pen y su partido Rassemblement National, con Jordan Bardella como candidato, se han colocado como primera opción política en Francia.

Zoé Valdés
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Zoé Valdés - La resiliencia
EFE

La palabra resiliencia se puso de moda en Francia allá por la década de los 60, pero desde hará unos tres años se ha vuelto a echar mano de ella digamos que como tablita de salvación; poco tiempo después los españoles la copiaron, como casi todo lo que sale de Francia, que España cree que es bueno y va y lo copia. "La resiliencia", dice el mataburros, "es la capacidad de los seres humanos para adaptarse positivamente a situaciones adversas": el clásico "al mal tiempo buena cara".

Para los archiexpuestos millennials, resiliencia les vino como anillo al dedo, quizá se les ocurrió que podía ser una palabra de las de ellos, la retomaron, la hicieron de su propiedad, se aferraron enérgicos; tal vez porque creen que por su enigmática sonoridad pudiera dejar en ascuas a más de uno. Y eso es lo que adoran esta especie de brutos informados: epatar.

A mí la palabreja me rechinó desde que la oí por primera vez, conociendo incluso su significado en el sentido más amplio, social y cultural, me da más como una cosa muy de tejer redecillas con una enorme paciencia. Además, para colmo, rima, pues entonces eso: del gaznate no me pasa su altisonante ridiculez. No la trago.

Bien, por fin Marine Le Pen y su partido Rassemblement National, con Jordan Bardella como candidato, se han colocado como primera opción política en Francia. Por muy poco margen, es cierto, pero encabezan –qué duda cabe– la decisión electoral de los ciudadanos de este país. Pues sí, la hija de Jean-Marie Le Pen lo ha logrado. Nunca lo pensé. Esperaba más bien que fuese la sobrina de Marine, Marion Maréchal-Le Pen, la que un día no muy lejano alcanzara tan alto y envidiado récord. No sólo porque es la más preparada, sino porque el lazo no es tan directo con el viejo amargado de Le Pen, rasgo que denuncia y retrasa en más de una ocasión a la hija, como hija y como heredera política.

Más bajo no puede caer el Gobierno de Emmanuel Macron. Lo que no se produjo con Jacques Chirac, ni con Nicolas Sarkozy, ni con el tontolabo de François Hollande, se ha producido con el chico listo de la clase, con el banquero cultureta que anhelaba convertirse en dramaturgo y actor, terminó siendo un oscuro y astuto banquero bajo el ala protectora de los Rothschild pero que, de una vuelta de carnero, devino presidente de Francia.

A nadie, a ningún francés le pueden ir con el cuento de que ha sido un largo bregar para llegar a donde se ha llegado. Nananina. Se ha llegado a donde se ha llegado porque el Gobierno de Emmanuel Macron ha conducido a los obreros, a los agricultores, a los que producen y sostienen la economía, a la clase media y baja, a votar por quien les promete salir de Europa, volver a la especificidad francesa, pagar menos impuestos y acabar con el desempleo rampante. Pero, sobre todo, con quien les habla de frente y claro y no se anda por los tejados convirtiendo los euros en versitos de Ronsard (para robárselos poéticamente), y quien promete que cambiará las leyes relacionadas con los inmigrantes y las ayudas a los que llegan con la boca abierta como pichones y no aspiran más que a seguir con el pico abierto, sin planes de integración y sin proyectos sólidos de mejoría social, que sólo pasaría por una mejoría económica.

Ha sucedido, tampoco es para alarmarse. Porque más alarmante habría sido que hubiese ganado el comunista Jean-Luc Mélenchon, el amiguete de los tiranos, el admirador de Fidel Castro y el que se hace llamar a sí mismo el Hugo Chávez francés.

Ah, pero ha ganado una Le Pen, prepárense para oír por parte de los moralistas ideológicos los epítetos de "genocida", "fascista" y otros determinantes y reprobadores insultos. Eso sí, no lo ha logrado ella sola, ni sus aliados, ni siquiera sus votantes. Al triunfo la empujaron e impulsaron Emmanuel Macron y su Gobierno, así como los extremistas de la izquierda que llevan años socavando los valores culturales y sociales de Francia, entregando el país a los que lo odian, a los que lo ultrajan a diario y lo destrozan de diversas maneras.

Entonces, aprieten el trasero y a darle a los pedales, refúgiense en la tan manoseada resiliencia, en el tercero de sus aspectos, no en el compensatorio, tampoco en el del desafío (para lo que no están preparados todavía), sino en el de protección. Piensen que creer en uno mismo es de lo que sólo en algunos casos extremos se puede ser capaz, sin tanta alharaca, sin tanto debate de abatidos, ni mortandad sociativa, de sociedad y corporativismo.

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