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Zoé Valdés

Patriotismo

Sin ningún tipo de complejo, los estadounidenses salieron a festejar con la bandera de aquel país una fecha que en general simboliza el derecho a la libertad.

Zoé Valdés
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Como desde hace ya varios años, todos los de mi exilio, estuve muy atenta a la celebración del 4 de julio, Día de la Independencia Norteamericana, en diversos lugares de Estados Unidos. Sin ningún tipo de complejo los estadounidenses, y hasta los que todavía no lo son, salieron a festejar con la bandera de aquel país una fecha que en general simboliza el derecho a la libertad, y a la democracia, no sólo en EEUU, también en el mundo. Hasta los que no hubieran lucido jamás una bandera española en la espalda se fotografiaron con la enseña norteamericana sobre los hombros.

En Francia, y sobre todo en España, el uso de la bandera lleva una carga de vergüenza ajena, como de asquito. La gente se acoca y achica y hasta manifiesta su desprecio por un trapo que según algunos los etiqueta y los rebaja. En Francia sólo vi banderas, un mar de banderas, cuando ganaron el mundial de fútbol en 1998. En España ya sabemos que hasta la han eliminado de numerosos actos oficiales en algunas regiones separatistas.

En Cuba la bandera ha sido muy choteada, o sea, burlada. Por el castrismo primero, claro está. Quién si no. La bandera cubana ha representado por más de 58 años lo más horrendo de esa tiranía, sin que los cubanos protestaran por ello. Por eso no me extraña que los venezolanos la quemen públicamente, porque para ellos es el símbolo nefasto de los odiados invasores. Aun cuando la bandera cubana fue creada por un militar venezolano, Narciso López, en Nueva York, en 1850. A los cubanos del exilio los ha molestado la quema de la bandera por parte de los venezolanos. A mí no, puedo entenderlos. No me molesta, aunque me duela. Cuando los venezolanos votaron por el castrismo, también a mí me dieron ganas de quemar banderas venezolanas, pero no lo hice. No, qué pereza, que dirían los colombianos.

Yo padezco especial sentimentalismo por la bandera de La Demajagua, por la que cosió Candelaria Figueredo, la abanderada llamada cariñosamente Canducha. Aquella espléndida bandera creada por Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria.

Cuando el padre de Candelaria, Pedro Figueredo y Cisneros, preguntó a su hija:

"¿Te atreves a ser la abanderada que el día 18 recorrerá las calles de Bayamo?", la joven Canducha se puso en pie y respondió: "Nada me haría más feliz que dar mi vida y mi sangre por la redención de la Patria".

Y Canducha no sólo cosió la bandera, también se convirtió en la más bella y corajuda de las abanderadas.

Pero aquellos fueron otros tiempos. Hoy los jóvenes cubanos, los kubanoides, no piensan ni en la bandera ni en la madre de los tomates.

La bandera cubana ha sido hasta meada y eyaculada en supuestos filmes de arte mortíferos (por aburridos), y en espantosas performances onanistas. La bandera no significa nada, reitero, para la mayoría de los cubanos de la isla. Como ha dejado de significar para muchos españoles y para los franceses, que sólo se acuerdan de ella cuando Francia gana en el fútbol o, por el contrario, para denigrarla.

Por eso he puesto especial atención en la celebración del 4 de Julio en América. En esa América tan alabada y cantada por tantos rockeros norteamericanos. Lo que no sucedería jamás ni por asomo en España ni en Francia. Imaginen lo que le caería encima a Loquillo si compusiera una canción a España alabando su bandera al estilo de James Brown o de Bruce Springsteen. Pues como les cuento, observé, y contrario a los años de Obama, en los que la fecha patria se convirtió más en un acto de guataconería y adulación al presidente y a su entorno familiar que al país mismo, este año –tengo que subrayarlo– he agradecido la discreción del presidente Donald Trump y de su familia, que permitió que los actos fuesen dedicados a la concentración esencial y específica en lo que importa: la libertad y la felicidad del pueblo estadounidense.

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