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Desmontando el mito macabro: por qué decimos realmente "me he salvado por la campana"

Aunque la creencia popular apunta a macabros ataúdes de seguridad, el motivo real se halla en el cuadrilátero del siglo XIX.

Aunque la creencia popular apunta a macabros ataúdes de seguridad, el motivo real se halla en el cuadrilátero del siglo XIX.
Flickr/Dominio público/Richard Huñis

Seguro que la has usado más de una vez: cuando suena el timbre justo antes de que el profesor recoja el examen o cuando una llamada interrumpe una pregunta incómoda. "Me he salvado por la campana" es una de esas frases hechas que repetimos casi sin pensar, pero cuyo origen ha generado más de una historia fascinante.

La expresión se utiliza para indicar que alguien se libra de un problema o peligro en el último segundo, generalmente gracias a un factor externo. Aunque durante años se ha popularizado una versión macabra sobre su origen, la explicación más aceptada es mucho más deportiva.

El origen real: el ring de boxeo

La teoría más sólida sitúa el nacimiento de la expresión en el boxeo del siglo XIX. En este deporte, cuando un púgil está a punto de ser noqueado y suena la campana que marca el final del asalto, el árbitro debe detener el combate. Ese sonido le concede un minuto de descanso para recuperarse. Literalmente, el boxeador ha sido "salvado por la campana".

El uso documentado de la expresión en la prensa deportiva anglosajona aparece ya en la década de 1890, y desde el cuadrilátero pasó rápidamente al lenguaje cotidiano para describir cualquier situación en la que el tiempo o el azar nos libra de un apuro en el último instante.

La leyenda urbana: los ataúdes con campana

La versión más extendida en internet, sin embargo, nos lleva a una historia mucho más oscura. Según esta teoría, en los siglos XVIII y XIX existía un temor generalizado a ser enterrado vivo debido a diagnósticos médicos imprecisos, especialmente en casos de catalepsia.

Para evitar tragedias, se habrían diseñado "ataúdes de seguridad" con una cuerda atada a la mano del supuesto difunto y conectada a una campana en la superficie. Si despertaba bajo tierra, tiraba de la cuerda y el vigilante del cementerio acudía al rescate. Así, la persona se "salvaba por la campana".

Aunque es cierto que existieron patentes de sistemas similares —como el ideado por Franz Vester en 1868—, no hay registros históricos fiables que documenten rescates reales mediante este método, ni pruebas sólidas de que la expresión naciera en ese contexto. La mayoría de los lingüistas e historiadores coinciden en que el origen deportivo es el correcto.

Una frase con doble vida

Aunque la historia de los ataúdes con campana resulta más impactante y cinematográfica, todo apunta a que debemos agradecer la expresión a un boxeador exhausto que logró sobrevivir a un asalto gracias al sonido salvador del final de round.

La próxima vez que te libres de una reunión interminable porque suena una alarma o entre una llamada providencial, recuerda que, lingüísticamente hablando, estás sobre un ring, no en un cementerio victoriano.

Otras frases con historias curiosas

Las expresiones populares son auténticos fósiles lingüísticos que esconden costumbres y creencias del pasado. Algunos ejemplos llamativos:

  • "Salvarse por los pelos": se cree que procede de la tradición marinera. Los marineros llevaban el pelo largo para que, si caían al agua, pudieran ser agarrados por la cabellera y rescatados.

  • "De Pascuas a Ramos": alude al largo intervalo entre el Domingo de Ramos y la Pascua del año siguiente, es decir, algo que ocurre muy raramente.

  • "No hay tu tía": en realidad proviene de "no hay atutía", un antiguo remedio medicinal elaborado con óxido de zinc. Si ni la atutía servía, no había solución posible.

  • "Poner los puntos sobre las íes": en la transición de la escritura gótica a la humanística, el punto sobre la "i" ayudaba a evitar confusiones; hacerlo era símbolo de precisión y claridad.

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