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El secreto que esconden los bordes de las monedas y que casi nadie conoce

Lo que nació como un sello de integridad para proteger el peso en plata sobrevive en el euro para ayudar a la identificación táctil de cada valor.

Lo que nació como un sello de integridad para proteger el peso en plata sobrevive en el euro para ayudar a la identificación táctil de cada valor.
Unsplash/Towfiqu barbhuiya

Si sacas una moneda de un euro o de 50 céntimos y recorres su borde con la yema del dedo, notarás pequeñas estrías perfectamente alineadas. Ese detalle, conocido como canto estriado o canteado, parece hoy un simple rasgo de diseño o una ayuda para identificarlas al tacto. Sin embargo, su origen está lejos de lo estético: nació como una medida desesperada para frenar uno de los fraudes más extendidos y dañinos de la historia económica, el llamado "clipping" o recorte de moneda.

Durante siglos, el valor del dinero no dependía de la confianza en un banco central, sino del metal que contenía. Las monedas estaban hechas de oro o plata y su precio equivalía prácticamente a su peso. Esto abrió la puerta a una práctica tan sencilla como lucrativa: limar o raspar mínimamente los bordes de las piezas para quedarse con pequeñas cantidades de metal precioso. A simple vista, la moneda parecía intacta y seguía circulando con el mismo valor nominal, pero en realidad pesaba menos. Multiplicado por cientos o miles de monedas, el botín era considerable.

Cuando el valor estaba en el peso

La invención de la moneda suele atribuirse a los Lidia en torno al siglo VII a.C., y desde entonces griegos, romanos y reinos europeos perfeccionaron el arte de la acuñación. Durante buena parte de la historia, el sistema funcionó bajo una lógica clara: el valor estaba en el metal, no en el dibujo grabado.

El problema del recorte se convirtió en una amenaza real para las economías europeas. Monedas con menos contenido de oro o plata circulaban junto a otras intactas, generando desconfianza, inflación y pérdidas para comerciantes. Algunos mercaderes comenzaron a pesar las piezas para asegurarse de que mantenían el peso correcto, pero incluso ahí surgía la picaresca: básculas manipuladas y disputas constantes.

Las penas podían ser severas —en la Inglaterra del siglo XVII el recorte se consideraba alta traición—, pero ni siquiera el castigo frenaba del todo el fraude. Si la ley no bastaba, la solución debía venir de la técnica.

La revolución del canto estriado

La clave llegó con la mecanización de la acuñación. A partir del siglo XVI y, sobre todo, en el XVII, las nuevas prensas permitieron fabricar monedas más uniformes y añadir marcas complejas en el borde. Así nacieron las estrías: cualquier intento de limar el canto hacía desaparecer el dibujo, dejando en evidencia la manipulación.

Uno de los grandes impulsores de esta medida fue Isaac Newton, quien en 1696 fue nombrado responsable de la Royal Mint. Durante su etapa al frente de la institución, impuso estándares estrictos de calidad y promovió el uso sistemático del canto estriado para proteger la integridad de la moneda. Gracias a estas innovaciones, resultaba mucho más difícil recortar metal sin dejar rastro visible.

El dentado actuaba como un auténtico "sello de seguridad". Si las marcas no estaban completas o aparecían borrosas, la moneda podía rechazarse de inmediato. Con ello se devolvía parte de la confianza perdida en el sistema monetario.

Por qué seguimos notando esas rayas

Hoy las monedas ya no contienen cantidades significativas de oro o plata. La mayoría están fabricadas con aleaciones de bajo coste como el cuproníquel o el acero recubierto. Recortarlas carece de sentido económico. Aun así, el canto estriado ha sobrevivido por varias razones.

En primer lugar, por accesibilidad: permite a las personas con discapacidad visual distinguir denominaciones al tacto. De hecho, cuando se diseñó el euro en los años noventa, el Banco Central Europeo trabajó en criterios que facilitaran la identificación táctil de monedas y billetes.

En segundo lugar, por tradición y estética. El relieve forma parte de nuestra idea de lo que debe ser una moneda "auténtica". Y, por último, sigue teniendo una función práctica: un borde mal definido puede delatar una falsificación fabricada de forma rudimentaria.

La próxima vez que sientas esas pequeñas rayas en el bolsillo, recuerda que no son un adorno casual. Son el vestigio de una larga batalla entre la picaresca de los recortadores y el ingenio técnico —impulsado incluso por uno de los mayores científicos de la historia— para proteger el valor del dinero.

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