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El sorprendente motivo por el que jamás podrás hacerte cosquillas

El cerebelo filtra el contacto propio al predecir el movimiento. Este mecanismo de defensa anula la reacción táctil si el estímulo es previsible.

El cerebelo filtra el contacto propio al predecir el movimiento. Este mecanismo de defensa anula la reacción táctil si el estímulo es previsible.
Cosquillas | Flickr/CC/sukiweb

Las cosquillas tienen algo de misterio. Basta con que alguien te roce las costillas, las axilas o la planta del pie para que tu cuerpo reaccione de inmediato: risas incontrolables, espasmos o movimientos involuntarios para apartarte. Sin embargo, si intentas provocarte esa misma reacción a ti mismo, el resultado suele ser decepcionante. Por mucho que lo intentes, no funciona. No hay carcajadas ni sobresaltos.

La explicación no está en los dedos, sino en el cerebro. Desde el punto de vista científico, las cosquillas no están relacionadas con el placer, sino con un mecanismo de defensa que alerta al organismo ante posibles amenazas inesperadas. Y en ese sistema hay una pieza clave que impide que podamos hacernos cosquillas a nosotros mismos: la capacidad del cerebro para anticipar lo que va a ocurrir.

Cuando otra persona nos toca, el cerebro no sabe exactamente dónde, cuándo ni con qué intensidad llegará ese estímulo. Esa falta de previsión genera una respuesta inmediata del sistema nervioso. El cuerpo reacciona con risa o con movimientos bruscos porque interpreta ese contacto inesperado como una señal de alerta. Sin embargo, cuando el contacto lo producimos nosotros mismos, el cerebro ya sabe lo que va a pasar. La sorpresa desaparece, y con ella también la reacción.

El cerebro que lo predice todo

Una investigación de la Universidad de Linköping, en Suecia, publicada en 2019 en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences, analizó qué ocurre en el cerebro cuando alguien recibe cosquillas y cuando intenta provocárselas a sí mismo.

Para ello, los científicos pidieron a varios voluntarios que se tumbaran dentro de una máquina de resonancia magnética que registraba su actividad cerebral. Primero se les pidió que se acariciaran suavemente el brazo. Después, un miembro del equipo realizó el mismo gesto sobre los participantes.

Al comparar las imágenes obtenidas en ambos casos, los investigadores detectaron una diferencia clave: cuando una persona se toca a sí misma, el cerebro reduce la actividad en una parte de la corteza cerebral relacionada con la percepción táctil. En otras palabras, el propio cerebro atenúa la sensación antes de que llegue a convertirse en una respuesta física.

El cerebelo, el ‘spoiler’ del cerebro

La clave de este fenómeno se encuentra en el cerebelo, una región situada en la base del cráneo que se encarga de coordinar los movimientos y anticipar sus consecuencias.

Cada vez que decidimos mover una parte del cuerpo, el cerebro envía dos señales distintas. La primera se dirige a los músculos para ejecutar el movimiento. La segunda, conocida como ‘copia de eferencia’, se envía al cerebelo como una especie de aviso previo.

Esa señal funciona como un pronóstico interno. Le dice al cerebro qué movimiento vamos a realizar y qué sensación táctil debería producirse. Gracias a esa información, el cerebelo puede predecir exactamente qué vamos a sentir antes incluso de que ocurra.

Cuando el cerebro detecta que el estímulo proviene de nosotros mismos, reduce automáticamente la intensidad de la señal sensorial. De este modo filtra lo que considera irrelevante. Es un mecanismo fundamental para evitar un exceso de información sensorial.

El filtro que nos protege del ruido del cuerpo

Este sistema de predicción es esencial para que el cerebro pueda centrarse en estímulos realmente importantes. Si procesáramos con la misma intensidad todos los roces que produce nuestro propio cuerpo —la ropa al caminar, los pies contra el suelo o el movimiento de la lengua al hablar— viviríamos sometidos a un bombardeo constante de sensaciones.

El cerebelo actúa como un filtro que elimina esos estímulos previsibles. Al saber que el toque proviene de uno mismo, el cerebro decide que no representa ninguna amenaza y reduce drásticamente la respuesta neuronal. Por eso no podemos hacernos cosquillas: el cerebro ya ha anticipado la sensación y la ha neutralizado antes de que llegue a sorprendernos.

Cuando el cerebro se equivoca

Curiosamente, algunos experimentos han demostrado que es posible ‘engañar’ a este sistema de predicción. Investigadores del University College de Londres diseñaron una máquina que permitía a los voluntarios hacerse cosquillas utilizando un dispositivo mecánico.

Cuando el movimiento de la máquina coincidía exactamente con el movimiento de la persona, no ocurría nada. Pero si introducían un pequeño retraso de apenas 200 milisegundos entre la acción del participante y el roce del dispositivo, los voluntarios comenzaban a sentir cosquillas.

Ese diminuto desfase es suficiente para que el cerebelo no pueda predecir la sensación con precisión. La sorpresa reaparece y el cerebro reacciona como si el estímulo viniera del exterior.

En cierto modo, la incapacidad de hacernos cosquillas es una señal de que nuestro sistema de control interno funciona correctamente. Es la prueba de que el cerebro distingue perfectamente entre nuestras propias acciones y las que proceden del mundo exterior. Y aunque eso arruine cualquier intento de provocarnos cosquillas a nosotros mismos, también nos permite centrarnos en lo verdaderamente importante: lo inesperado.

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