
Todos hemos escuchado alguna vez que el rosa es el color de las niñas y el azul el de los niños. Lo hemos creído como una verdad inmutable, hasta el punto de que nos resulta llamativo ver a un hombre con una camisa rosa. Sin embargo, si hubieras viajado al año 1900, la escena habría sido radicalmente distinta. Hubo un tiempo en el que el rosa era considerado un color decidido y fuerte, mientras que el azul era un tono delicado y refinado. La respuesta a este cambio no está en nuestra naturaleza, sino en los despachos de los expertos en marketing del siglo XX.
El siglo XIX: Cuando el rosa era un 'mini-rojo' masculino
Si observamos cuadros de familias reales anteriores al siglo XX, es muy probable que veamos al príncipe heredero vestido de rosa. No se trataba de un error estético. Antiguamente, el rojo era el color de los reyes por su simbolismo de poder y el alto coste de su tinte. El rosa se consideraba simplemente un 'rojo de baja graduación', una versión juvenil y vigorosa asociada a la guerra y al éxito sucesorio.
Por el contrario, el azul se identificaba inequívocamente con la Virgen María. Se asociaba a la pureza del cielo y a la delicadeza virginal. Incluso figuras históricas como la reina Victoria de Inglaterra aparecen en sus retratos de infancia luciendo cintas azules, el tono 'femenino' por excelencia de la época. De hecho, hasta bien entrado el siglo XIX, la mayoría de los bebés vestían sencillamente de blanco por una razón práctica: era el único color que soportaba los lavados intensos con lejía.
El punto de inflexión: Guerras y marineritos
La inversión comenzó hacia 1920, tras la Primera Guerra Mundial. Los uniformes militares abandonaron los colores vistosos como el rojo o el amarillo en favor del camuflaje y los tonos apagados. El rojo dejó de ser el color de la gloria bélica y el rosa perdió su vínculo con la masculinidad tradicional.
A esto se sumó un cambio en la moda infantil: se popularizaron los trajes de marinerito, lo que introdujo el azul en el armario de los niños. Simultáneamente, el descubrimiento de tintes sintéticos abarató el azul, mientras que el rosa empezó a ofrecerse a las niñas bajo la nueva narrativa de que 'cada hija es una princesa', asociándolas con la delicadeza de ese lujo real ahora rebajado y accesible.
El marketing agresivo y el 'impuesto rosa'
Tras la Segunda Guerra Mundial, el marketing terminó de sellar el destino de estos colores. Los fabricantes de ropa y grandes almacenes estadounidenses detectaron una oportunidad de oro: si lograban que los padres asociaran un color específico a cada género, impedirían que la ropa se heredara entre hermanos de distinto sexo. Si tenías un niño y luego una niña, ya no servía el vestuario anterior; debías comprar un catálogo nuevo por completo.
En los años 50, figuras como Mamie Eisenhower popularizaron el rosa como símbolo de la feminidad doméstica. En los 80, la llegada de las ecografías permitió a las marcas bombardear a los padres con productos personalizados mucho antes del nacimiento. El rosa y el azul se convirtieron en las etiquetas de identidad más rentables de la historia del consumo.
¿Hacia una era de colores neutros?
En los últimos años, el crecimiento de los movimientos por la igualdad y la educación sin estereotipos ha empezado a borrar estos límites. Muchas marcas vuelven a apostar por colores neutros como el verde o el gris, buscando suprimir diferencias binarias.
Entender que estos colores son construcciones sociales —con apenas 60 o 70 años de vigencia— nos ayuda a ver la moda con otros ojos. Al final del día, los colores son solo frecuencias de luz; fue el mercado el que decidió ponerles género para asegurarse de que nuestras cestas de la compra nunca estuvieran vacías. ¿Cambiará de nuevo la tendencia? Quizás en unas décadas, nuestros hijos vistan de verde y nuestras hijas de marrón, demostrando que en la moda, nada es para siempre.

